32
Eden
Miro el teléfono como si fuera una bomba de relojería y en muchos sentidos puede que sea así. Una emocional, desorbitada... peligrosa.
Y sé que debería rechazarla sin ni siquiera mirar la pantalla dos veces, pero también que no voy a hacerlo. No puedo.
Descuelgo, la valentía se esfuma, no digo nada.
Alex lo nota y me da ese segundo de silencio que no sabía que necesitaba antes de hablar.
—Hola, Eden.
Maldita sea, su voz. Creo que nunca podré olvidarla.
Niego con la cabeza porque quiero responder, quiero preguntarle si está bien y también quiero que no me importe. Chicago consiguió que aprendiera a ser Eden sin Alex, pero no consiguió que Alex dejara de importarle a Eden.
—No hace falta que digas nada —continúa y su tono se vuelve más calmado y al mismo tiempo más ronco—, lo entiendo. Nada de esto debe de ser fácil para ti y todo es culpa mía. Me merezco que Eden Sunshine Lockhart me dé un poco de hielo.
Bajo la cabeza para ocultar la sonrisa que se está formando en mis labios ¡porque no debería estar ahí!
—Solo quería que supieras que no voy a rendirme. No porque no crea que tienes derecho a tomar tus propias decisiones. Lo tienes y a mí me toca respetarlas. Pero también he entendido que lo que teníamos era especial, mejor, y no quiero perderlo.
Los recuerdos vuelven sin que nadie los invite, lo segura que siempre me sentí a su lado, lo cuidada. Alex siempre conseguía que sintiese que importaba sin tener que cambiar, sin tener que esconder nada, exactamente como soy.
—¿Te asomas a la ventana, Lockhart? —suena a pregunta, pero, en realidad, es una provocación.
Frunzo el ceño y camino hasta una de las ventanas del salón, corro la cortina y ahí está, en la acera frente a mi edificio, bajo la nieve, tan guapo que suena a fantasía.
Sonríe. Su sonrisa engreída, divertida, llena de seguridad. La sonrisa que sabe de sobra que es mi preferida.
Y yo me siento como si estuviese a punto de llegar a la señal que indica el punto de no retorno y no estoy preparada, ni siquiera sé si quiero estar ahí. Y si fuera así, tendría que ser algo que decidiese yo, no él. Perdió ese derecho.
—Yo ya sabía que lo que teníamos era especial, mejor, Alex —repito dejando que esa rabia, ese dolor antiguos, vuelvan a latir—, y tú me lo quitaste.
No dejo que diga nada más, cuelgo y me alejo de la ventana.
Necesito un segundo pero no me lo doy. Mejor ser funcional.
Ceno, me pongo el pijama, trabajo un poco. Llamo a Kaitlyn, a Mellow, y veo dos capítulos de la serie de moda. Sin embargo, una vez que está todo hecho, la ventana me sigue llamando como si fuera el imán más poderoso del mundo y yo estuviese hecha de pedacitos de hierro.
Me acerco caminando despacio, aunque en realidad no necesito asomarme para saber que Alexander está ahí.
De todas formas lo hago y lo veo, al otro lado de la calle, quieto, exactamente donde estaba la última vez, como si estuviese llevando a cabo la misión de un héroe romántico, como si, teniéndome cerca, aunque fuese así, fuera la única manera en la que quiere estar.
Resoplo y mi vista va hasta la placa calefactable junto a la pared, un recordatorio de que fuera está haciendo muchísimo frío y está nevando todavía más fuerte.
Niego con la cabeza. De pronto estoy muy enfadada. Las cosas no tendrían que ser así. Me marché por un motivo y es injusto que un año después no deje las cosas donde él mismo decidió que tenían que estar.
—¿Eden? —pregunta Ted sorprendido al otro lado.
No lo culpo. Es tardísimo.
Trago saliva.
—Sí, soy yo —me obligo a contestar—. Se trata de Alexander. Tienes que llevártelo.
No me ando con rodeos. Las cosas son como son, intentar dibujarlas de otra manera no va a cambiarlas. Eso lo aprendí a la fuerza hace mucho.
Ted resopla. Hay quien podría decir que cansado, pero yo sé que lo que está es triste y muy preocupado.
—¿Dónde está?
—En la acera frente a mi edificio. Está nevando y hace frío. No tiene buen aspecto.
—Porque está convaleciente —responde Ted y el corazón me tropieza en el centro del pecho—. Tuvo una bronquitis severa, pero no se quedó en casa el tiempo suficiente para curarse. Puede que haya empeorado.
—Llévatelo —insisto. Mi voz suena más brusca de lo que pretendía, pero es que ahora, además de enfadada, estoy preocupada, y es algo muy difícil de gestionar porque los dos sentimientos están orientados hacia la misma persona.
—Puedo intentarlo, pero no va a funcionar. Desde que le mandaron ese anuncio y él reconoció tu forma de dibujar en la ilustración, solo piensa en arreglarlo.
—¡Pero es que yo no le he pedido que lo haga!
Estallo y sé que no es justo que lo haga con Ted, pero la frustración también está asomando, como la tristeza, y tampoco es lo que quiero. ¡Es injusto! ¡Él eligió! ¡Yo me marché! Hice mi parte, así que ¿qué demonios hace aquí?
—No quiero verlo.
Un segundo de silencio.
—Lo sé.
—Y no quiero que esté aquí, como un alma en pena a lo canción de Michael Bolton.
—Lo sé.
—Puedo presentarme allí e intentar llevármelo, pero los dos sabemos que no va a aceptar, así que entonces tendrías a dos tíos mirando tu ventana en lugar de uno.
—No es justo.
—Créeme, eso también lo tengo claro.
Aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea. Hace un año habría dado cualquier cosa por verlo así, tenerlo así, pero ahora... ya... siento que no vale.
—Tengo que colgar.
—Espera —me pide cuando ya estoy separándome el teléfono de la oreja.
—¿Qué?
Se queda callado y lo conozco lo suficiente para saber que ahora mismo está repitiéndose todas las razones por las que no debería seguir hablando.
—Sé que te hizo mucho daño —miro a mi alrededor, a ningún sitio en realidad— y que es muy injusto, pero, por favor, no...
—Si sabes que me hizo daño y es injusto, no deberías terminar esa frase —lo interrumpo.
Yo no cambié nuestra dinámica ni nos puse en una situación imposible. Ni siquiera me fui de aquí odiándolo y montando una escena, así que nadie tiene el derecho de pedirme que las cosas sean como antes.
—Tienes razón. No te enfades conmigo —añade y, aunque no lo veo, sé que está fingiendo un pucherito, el muy malvado.
—Te lo mereces, pero no lo haré —contesto.
—Gracias, peque.
Nos despedimos y cuelgo.
Vuelvo a mirar hacia la ventana pero no me asomo. Si quiere estar ahí, que lo haga.
Me pongo a dibujar. Quiero ignorarlos a él y a la ventana, a la nevada, a la calle entera, pero no soy capaz y tengo que obligarme a apartar la mirada una decena de veces.
Un par de horas después me obligo a levantarme para irme a la cama. Mañana tengo que madrugar.
Sin embargo, la maldita ventana sigue ahí, inmisericorde, como un funcionario público francés en una novela de Alejandro Dumas.
—Tendrías que estar metiéndote en la cama ahora mismo, idiota —me riño, pero ya me estoy acercando.
Me asomo. Sigue ahí. Nuestros ojos se encuentran y por un momento tengo la peligrosa sensación de que el gris oscuro se ilumina.
Tiene la cara alzada y da igual que tenga el pelo un poco más largo, la barba de un puñado de días, las mejillas rojas por el frío y la expresión cansada por las horas que lleva en esa acera, sigue siendo guapísimo.
«Demasiado para su propio bien», le encantaba decir a su abuela.
Tomo una bocanada de aire. Hace mucho que dejé de preguntarme por qué pasó lo que pasó y, con franqueza, el dolor se había hecho tan ínfimo que podía pasarme días sin sentirlo, pero con él a un puñado de pasos, queriendo una redención que aquí no va a encontrar, todo parece diferente, más pesado, más complicado.
De pronto empieza a toser. Al principio parece normal, pero al cabo de unos segundos tiene que dar un paso para poyarse en la farola con una mano a la vez que se inclina tratando de recuperar el aliento.
Sigue tosiendo y acaba cayendo rodillas en la nieve sin poder recuperar la respiración normal.
Yo recuperó el móvil de la mesa y llamo a una ambulancia. Me dicen que está de camino. Cuelgo. Eso es socorro básico, lo que una persona decente haría, lo que le debería a cualquier ser humano.
Pero, sin registrar el movimiento en mi mente, mi pie golpetea contra el suelo una y otra vez, sin apartar la mirada de él.
La tos vuelve más fuerte. Le fallan las fuerzas y se desploma consciente en el suelo.
La fiesta.
Camille.
La ambulancia.
Mis pies se hunden suavemente en la nieve con cada pisada. El corazón me late cada vez más deprisa, más enfadado. No tendría que estar haciendo esto. He llamado a una ambulancia. He cumplido.
Llego hasta él. La luz de la farola parece irreal, transformando cada diminuto copo de nieve cayendo despacio en un pedacito de magia.
Alexander, a punto de perder la consciencia, se obliga a abrir los ojos con muchísimo esfuerzo. Cuando por fin lo consigue, su mirada desenfocada me reconoce. Ni siquiera sé cómo.
—Eden —me llama en un susurro, con la voz trabajosa, luchando por estirar la mano.