31
Eden
Llego a mi oficina casi en estado de shock .
Cierro la puerta y por un minuto completo solo camino de un lado a otro, paseos cortos e inconexos.
Ha venido, guapísimo como si no hubiera un mañana, a decirme que me quiere.
Yo he regado el vestíbulo con café y le he dicho que se fuera por donde ha venido.
Me detengo en seco.
—¿Y si estoy soñando? —susurro, entrecerrando los ojos y mirando a mi alrededor.
Voy hasta la ventana y me asomo, casi en ese mismo segundo un hombre en calzoncillos y una careta de Leonardo DiCaprio pasa corriendo con un pescado enorme.
Lo persigue el pescadero al que le ha robado el pescado.
No han llegado al cruce cuando lo alcanza y el ladrón empieza a pegarle con el pescado.
—No ha sido un sueño —afirmo torciendo los labios.
Eso solo puede pasar de verdad y en Nueva York. Ninguna mente podría imaginarlo.
Me apoyo en el alfeizar de la ventana y respiro hondo. Ha estado aquí. Cierro los ojos y trato de calmar mi respiración, mi corazón; es imposible.
De pronto recuerdo algo que ha dicho y me doy cuenta de que necesito hacer algo.
Voy a mi mesa, donde he abandonado mi bolso, y saco el teléfono. Tres tonos después, responden.
—Hola —me saluda cantarina.
—Val, ¿dónde estás?
—Trabajando. Soy un espíritu libre atrapado en la óptica capitalista —se lamenta.
—¿Alex lleva un año buscándome?
Entro así, a las bravas, no tengo tiempo para contextualizar.
Un segundo de silencio que básicamente me sirve como respuesta.
—¿Por qué lo preguntas?
—¿Y tú por qué no contestas?
Otro más y definitivamente tengo mi respuesta. De pronto estoy muy enfadada.
—Val... —gimoteo a modo de protesta.
—Tú estabas en Chicago —se explica a la defensiva—. Habías tenido que irte hasta allí para tratar de volver a estar bien. No quería que Alex irrumpiera como el maldito tren de mercancías que es y tú pospusieras tu vida por él.
—Decidiste por mí.
—En pro de cuidar de mi hermana.
—No me vale.
Entiendo que tenía las mejores intenciones, pero me correspondía a mí decidirlo, no a ella.
—Ted y Mellow también lo sabían. Pensamos que era lo mejor para ti.
Acabáramos.
—Es decir —replico igual de molesta—, que básicamente montasteis una intervención sin la intervenida.
—¿Una teleintervención? —plantea con la boca pequeña.
—No hagas bromas.
—Ha sido para romper la tensión.
Nos quedamos unos segundos en silencio, pero uno es todo lo que necesita la imagen de Alex en el vestíbulo para volver a colarse en mi mente.
—¿Cuándo fue a buscarme? —pregunto.
No sé si es porque tengo un lado al que le encanta martirizarse o porque quiero tener de una vez toda la información. Escojo la segunda. Es más sano para mí.
—Un par de semanas después de que te marcharas.
Frunzo el ceño. Solo un par de semanas. ¿Qué demonios pasó?
—¿Por qué?
—Porque comprendió que lleva años enamorado de ti. —Val resopla y cierro los ojos tratando de escapar con el corazón intacto a esas palabras—. Si quieres mi opinión...
—No la quiero.
Pero obviamente pasa de mí.
—Llega como cuatro años y un par de semanas tarde.
—¿Y qué...? —No debería preguntarlo. No debería querer saberlo—. ¿Qué pasó con Camille?
—La dejó, fulminante, la misma noche que vino a buscarte.
Niego con la cabeza. Por Dios... Yo... Todo esto es un maldito desastre.
—No parecía el mismo Alex de siempre.
Mi voz cambia porque no puedo evitar preocuparme por él.
—No lo es —contesta sincera Val y es como alimentar mi miedo a que no esté bien directamente—. Ya no es el CEO del Vandervilt Group.
Abro mucho los ojos, incluso doy un paso involuntario hacia delante.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque Sullivan Vandervilt pidió más dinero en vez de un corazón cuando fue a ver al mago de Oz.
Estoy a punto de reírme, aunque es lo último que quiero.
—Alex no paraba de buscarte. Estaba tan centrado en eso que la junta decidió que no era la persona apropiada para dirigir la empresa. Su padre lo echó de la mansión el mismo día.
Me llevo la mano a la frente.
—Joder, Val.
¿Por qué el señor Vandervilt tuvo que tratarlo así? ¡Maldita sea, es su hijo!
—¿Que te ha dicho? —pregunta mi hermana.
Yo guardo un segundo de silencio, podría decir que repasando la conversación, pero no me hace falta, se me ha quedado grabada a fuego. Solo ha faltado un preadolescente vestido de hindú murmurando «Amon Shevai» para completar el maleficio.
—Que la jodió y que me quiere —respondo sintiendo cómo esas palabras no me dejan indiferente.
—Qué gran resumen.
—Eres lo peor. —No lo digo como lamento, sino como hecho.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que no puede decirme esa clase de cosas y que no vuelva por aquí.
—Los de Chicago sois muy duros.
Otra vez me río, pero en el fondo lo que quiero es tirarme al Hudson.
—Era lo que necesitaba —sentencio.
Y duele, de ahí mi mención a nuestro popular río, pero también es la verdad.
—Y eso es lo importante.
Tomo una bocanada de aire y empiezo a dejarlo salir todo.
—Ha sido una locura, Val, hasta he creído que estaba soñando. He sabido que no por un atracador en calzoncillos.
—Es un tótem muy neoyorkino —apunta sabiamente mi hermana.
—Además, llevaba una careta de Leo DiCaprio.
—Un cierre de círculo perfecto.
Sí, si no estuviera en esta posición, le vería la poesía a todo este asunto.
—Tengo que volver al trabajo.
—Claro —contesta ella.
Voy a colgar, de hecho, ya me he separado el teléfono de la oreja, pero mi corazón suplica y yo lo entiendo y estamos de acuerdo.
—Val —la llamo de nuevo.
—¿Qué?
Me quedo callada, pero no porque no sepa qué decir, sino precisamente porque voy a hacerlo.
—Cuida de Alex.
—Ya lo hago.
Estoy a punto de colgar de nuevo cuando la oigo llamarme.
—¿Qué? —pregunto.
—Estoy muy orgullosa de ti.
Tuerzo los labios y tomo una larga bocanada de aire.
—Yo también estoy orgullosa de mí.
Y eso no duele, pero sigue siendo verdad.
***
Continúo trabajando y eso me distrae lo suficiente para al menos dejar de darle vueltas a toda la información que he recibido hoy.
¿Nos vemos en el O’Callahan’s?
Sonrío cuando mi pantalla se ilumina con el mensaje de Cole, pero lo cierto es que esta noche, no sé, después de todo lo que ha pasado, no es que piense en encerrarme en mi apartamento a llorar, pero sí necesito un poco de calma, quizá comida reconfortante, quizá pensar en Brad Pitt tumbado en mi cama vestido como un piloto de F1 diciéndome que todo va a salir bien... No sé, cosas sencillas.
Esta noche creo que me quedo en casa.
Apenas unos segundos después aparecen los puntos suspensivos en la pantalla.
Yo los observo y la mente, esa gran traidora de manual, empieza a pensar que a lo mejor tengo mi plan reconfortante más cerca de lo que imagino y me propone venir con una cena rica y una botella de algo rico que haya destilado un ruso, un sueco o alguien que viva donde haga un frío brutal. Sonrío, podría estar bien.
Ok. Nos vemos mañana.
Leo el mensaje y frunzo el ceño cerrando un ojo.
No era exactamente la respuesta que me esperaba.
Cojo el metro en Times Square con la 42, línea uno, y cuatro paradas y veinticinco minutos después me bajo a tres manzanas de mi edificio.
Me tomo un rato para disfrutar del paseo. Sé que suena a locura teniendo en cuenta que está empezando a nevar, pero no me importa, echaba de menos mi ciudad.
Entro en mi apartamento sacudiéndome la nieve del abrigo. Solo he dado un par de pasos en el interior cuando mi móvil empieza a sonar.
Alex.