30
Eden
Me giro despacio y ahí está y yo ni siquiera puedo creérmelo del todo, como si una parte de mí hubiese estado esperándolo, deseándolo, y la otra hubiese pasado página.
No va con traje ni corbata. Solo unos vaqueros, una camiseta de mangas largas con un puñado de botones en el cuello y un marinero negro. Tiene el pelo más largo, la barba de un par de días rasgándole la mandíbula y los ojos gris oscuro más cansados.
Sigue siendo guapísimo, sería ridículo negarlo, pero parece una nueva versión. No el todopoderoso CEO del Vandervilt Group, aunque siga conservando parte de esa aura; ahora parece más salvaje, más instintivo, ¿más triste?
La idea hace que dé un paso hacia él dispuesta a preguntárselo, pero me ato en corto porque ese ya no es mi problema. Ya no es mi trabajo preocuparme de que esté bien, recordarle que hay algo más que el despacho, que él se merece algo más.
Alex traga saliva al verme acercarme, como si estuviera a punto de cerrar los ojos por lo mucho que lo quiere, pero, cuando me detengo, también se da cuenta y algo cruza su mirada disfrazado de rabia porque sé que hay algo más debajo.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto.
—¿Cuándo has vuelto? —inquiere a su vez como si le costara trabajo creerlo.
Y esas tres palabras, ese gesto, todos los demás, están a punto de embaucarme.
—No es asunto tuyo —pongo la primera barrera. La necesito hasta que entienda cómo me estoy sintiendo.
—Eden —me llama decidido y acelerado dando un paso hacia mí—, joder, te he echado tanto de menos...
Otra frase brutal, otro gesto brutal. El corazón me late desbocado en el pecho porque hace un año que no lo veo, pero ni por asomo ha sido un año sin pensar en él, pero se supone que las cosas no tenían que pasar así; no sé cómo quería que pasaran, no voy a mentir y hacerme la iluminada a lo Sopa de pollo para el alma , pero creo que no así, no ahora. Estoy abrumada y demasiado confundida.
—Déjame que te ayude con eso —dice estirando las manos como ha hecho un millón de veces, pero él ya no tiene derecho a esa familiaridad conmigo.
—No —respondo dando un paso hacia atrás.
No coloco una distancia enorme entre los dos, pero él la nota y, si no fuera una locura, diría que le duele.
—Está bien —contesta frotándose las palmas de las manos contra los muslos, como si ahora que no le dejo ayudarme no supiera qué hacer con ellas—. ¿Hablamos? A dos manzanas está esa cafetería que te encanta, la del estofado de ternera.
Se acuerda. Ha pasado un año y todavía se acuerda. La idea me calienta el corazón, pero casi igual de rápido irrumpe otra: ¿Habrá llevado a Camille allí? ¿Cenaran juntos todas las noches?
—Tengo trabajo. —Otra barrera.
—Claro —contesta con una sonrisa, que está llena de alivio, pero también parece demasiado triste para ser feliz—. Puedo recogerte, a la hora que termines.
Niego con la cabeza antes de que acabe la frase.
—¿Qué quieres, Alex?
—Que hablemos.
—Tú y yo no tenemos nada de que hablar.
Nunca me imaginé diciendo estas palabras y duelen, pero es lo justo. Tengo que pronunciarlas porque hace un año las cosas se rompieron.
—No es verdad. Tenemos muchísimas cosas de que hablar, Eden. Llevo un año buscándote para explicarte...
Frunzo el ceño. El corazón ya no me late desbocado, ahora lo hace violento.
—¿Llevas un año buscándome?
Alex me observa pensativo al tiempo que se humedece el labio inferior despacio en ese gesto tan suyo.
—Sí. Llevo un año haciéndolo porque necesito que sepas que me equivoqué. La fiesta de compromiso, Camille, todo... Te quiero, Eden.
Tres palabras. Doce letras. En un teclado, quince pulsaciones. Y han conseguido que deje de respirar.
Las manos me fallan o me vuelvo torpe un segundo o me da una apoplejía temporal, pero todo lo que cargaba se me cae. La pequeña bandejita de cartón se estrella contra el suelo y los vasos salen disparados manchando de café el elegante vestíbulo.
El ruido y que me haya vuelto idiota por dos segundos me hacen reaccionar y me agacho rápido tratando de recoger el estropicio. Alex lo hace incluso antes que yo.
Por un momento recogemos las cosas en silencio mientras la frase se repite en mi mente una y otra vez, mientras se cuela bajo mi piel como hormiguitas perfectamente adiestradas, que se transforman en mariposas, que levantan un condenado huracán.
—No hagas eso —casi grito de pronto muy molesta.
Alex se queda muy quieto y por un instante ninguno de los dos sabemos si me refiero a que no recoja o a que no diga cosas increíbles como que me quiere.
Estoy aturdida, sobrepasada, confusa y estoy enfadada y no quiero ponerme triste pero no lo descarto porque, maldita sea, ¡acaba de decirme que me quiere! ¡Ahora! ¡Después de un año! ¡Cuando he reconstruido mi vida como los concursantes de American Idol !
—Eden —me llama leyéndome a la perfección, ¿por qué sigue teniendo ese superpoder?, tratando de reconfortarme.
—No es justo —continúo con mi monologo interno en voz alta y también un poco como queja a que siga conociéndome tan bien—. No deberías decirme esas cosas. No deberías estar aquí.
Me levanto enfadada y me llevo las manos a las caderas prácticamente como un mecanismo de defensa.
Él se incorpora despacio, controlado, exactamente como Alexander Vandervilt sabe ser, aunque ahora parezca menos Alexander y más Alex y se me derrita un poco el corazón porque, aunque me encantaba Alexander, Alex siempre fue mi favorito.
—Sé que la jodí, muchísimo, y lo siento más que nada. Por eso quiero que hablemos y explicártelo todo. Quiero arreglarlo.
Suena sincero. Si él me conoce a mí, yo también a él.
Y si hace un año, cuando lo llamé para decirle que me marchaba, hubiese respondido y me hubiese dicho eso, ni siquiera habría tenido que explicarme nada más, todo habría vuelto a estar bien, pero él no quiso contestar y las cosas ya no son así. Yo no soy así.
—Pero yo no —sentencio.
—Eden —replica con la voz más ronca, con esa esencia más salvaje volviéndose imposible de ignorar.
—Hace un año tú decidiste. Ahora lo hago yo. No vuelvas por aquí.
Recojo mi maletín y mis carpetas tremendamente rápida y llevo mi vista hacia Carl, suplicándole con la mirada que se encargue del estropicio. Prometo traerle un Big Gulp de cereza. Él, que ha estado atento a la conversación, aunque disimulando, asiente y se acerca.
Alex no levanta los ojos de mí con los puños apretados junto a los costados, como si necesitara contenerse para no correr hasta mí y otra vez esa kamikaze dualidad me atraviesa de arriba abajo, el imaginarlo corriendo hasta mí, tomándome de la muñeca, obligándome a girarme, besándome.
Besándome.
Cierro los ojos un segundo camino de los ascensores cuando no puede verme.
Pero, tan pronto como llega toda esa intensidad, me fuerzo a apagarla con mi sentido común. Cuando he dicho que ya no era la misma, iba en serio. Chicago también fue en serio... como aquella maldita fiesta de compromiso.
Entro en el ascensor con la respiración echa un caos. Giro sobre mí misma. Las puertas comienzan a cerrarse. Levanto la cabeza, aunque sé que no debería, aunque sé que es un error, y lo es porque me encuentro con los ojos más bonitos que he visto jamás.
Porque sé que ha sido sincero.
Porque sé que le duele.