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Eden
Cole no es mi novio. Al menos, no en el sentido estricto de la palabra. Estamos juntos; sé que puede parecer lo mismo, pero todos sabemos ver la diferencia.
Lo conocí hace dos meses cuando viajó por trabajo a Chicago. Fue lo más típico del mundo: un bar, mucha gente, mucha música, una mesa con un grupo de chicas, la mía, y una con un grupo de chicos, la suya.
Nos vimos todos los días la semana que estuvo allí y, aunque se suponía que acabaría entonces, seguimos hablando por teléfono, por e-mail, surgió la posibilidad de mudarme a Nueva York y aquí estamos.
Ted y las chicas aún no lo conocen; eso lo haría pasar demasiado rápido de chico con el que estoy a novio y quiero tomarme mi tiempo, asegurarme de los pasos que doy.
Nos terminamos la cerveza, cenamos algo y a eso de las diez cojo un taxi de vuelta a mi apartamento. Mañana tengo que entregar algunas cosas a primera hora y quiero revisarlas antes.
***
Después de hablar con Val mientras me lavo los dientes —sí, soy una experta haciéndolo, y no me juzguéis, ella está haciendo un pis—, me meto en la cama y apago la luz.
Y de pronto pasa que estoy a oscuras mirando mi nuevo techo y, antes de darme cuenta, sin entender siquiera por qué necesito hacerlo, suelto un largo suspiro. No muy Scarlett O’Hara. Más Julia Roberts en cualquier peli de los noventa.
No es la primera noche que duermo en este apartamento ni en Nueva York, no entiendo por qué justo hoy me afecta.
Ha pasado un año y muchas cosas y estoy muy orgullosa de mí, pero hay un je ne sais quoi , y ese quoi me está fastidiando muchísimo; hay algo dentro de mí que se empeña en estar un poco...
confuso. No sé si es la palabra adecuada, pero va por ahí, y tampoco sé si ese algo es mi corazón, aunque puede.
Maldita sea, no sé nada.
Eso hace muy difícil hacer un diagnóstico y fingir que lo supero para mañana en el desayuno comerme dos galletas de más para tragarme mis problemas como hacemos los adultos funcionales psicológicamente más o menos estables, no le pidamos peras al olmo.
El caso es que... es Nueva York, creo, porque esta ciudad siempre ha tenido un dueño para mí y es como estar en el territorio de un hombre lobo y esperar que no te huela... o desear que te huela.
—En cualquier caso, Alexander Vandervilt —susurro haciendo grandilocuente cada palabra.
Inflo los carillos de aire y los suelto ruidosamente.
«Lo mejor será que me duerma con Netflix», decido a la vez que cojo el móvil de la mesita, lo desbloqueo y accedo a la plataforma. Dejemos de pensar.
***
A la mañana siguiente, me ducho, desayuno y, con la taza con el resto de mi café, voy hasta mi mesa y empiezo a dibujar. Sonrío cuando siento el grafito del lápiz deslizarse al paso de mi mano. Es la mejor sensación del mundo.
Un par de horas después, me pongo el abrigo, mi bufanda preferida y, armada con mi bolso, mi maletín de bocetos y dos carpetas, me marcho en dirección a la oficina.
Decido complicarme un poco la vida, siempre he admirado profundamente a los equilibristas, y en la cafetería de la 43 Este con Maddison me paro a comprar cuatro cafés y una bolsa de cupcakes para recuperar energías con mis compañeros.
Abrir la puerta del edificio es complicado, pero lo consigo.
—Buenos días, Carl —saludo al guardia de seguridad, que ya estaba a medio camino de abrirme la puerta.
—Buenos días, señorita Lockhart. ¿Necesita ayuda?
Sonrío agradeciéndoselo.
—No te preocupes. Está todo controlado...
—Eden.
Esa voz lo atraviesa todo, el vestíbulo, el continuo del espacio-tiempo, el universo de Marvel en el que nos encontremos... y mi corazón, esta vez estoy segura, porque es Alex.