La noche que encendimos Nueva York 28
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Eden

Un año.

Ese es el tiempo que había pasado cuando hace dos semanas regresé a Nueva York. Y estaba muerta de miedo. Es curioso, me aterraba más volver de lo que me aterró marcharme a Chicago.

Sonrío cuando veo mi móvil iluminarse y el nombre de Kaitlyn con una foto de las dos comiendo bocadillos aparece en la pantalla.

—Dime la verdad, neoyorkina —oigo en cuanto descuelgo—: echas de menos esto, ¿a que sí?

Mi sonrisa se ensancha.

—Que esto no haga que te lo tengas muy creído —contesto mientras, de pie junto a mi mesa, con el teléfono sujeto entre el hombro y la mejilla, utilizo las dos manos para cuadrar una pila de bocetos sobre esta—, pero, sí, echo aquello un poco de menos, un poco pequeño.

—¡Lo sabía! —exclama orgullosa—. Esa isla llena de pijos no puede competir con nuestro encanto a prueba de viento y nieve.

—¿He dicho ya que es un poco pequeño? —planteo mitad haciéndome la inocente, mitad mordaz.

—Sí y no me importa.

—Eden —me llama una de mis compañeras asomándose a la puerta de mi despacho—, te esperan arriba.

Asiento.

—Gracias.

Ella sonríe y se marcha.

—Key —la llamo por el apodo que le puse el segundo día—, tengo que colgar. Tengo una reunión. Te llamo esta noche.

—Machácalos, nena —se despide.

Sonrío de nuevo. Cojo las carpetas y los bocetos que acabo de ordenar y salgo de mi oficina.

Trabajo en la agencia de publicidad Kinetix Creative.

En realidad, empecé haciéndolo para su sucursal en Chicago, más modesta, pero, poco a poco, la agencia principal empezó a mandarme cada vez más teletrabajo hasta que me ofrecieron un puesto fijo en las oficinas de Madison Avenue.

Es como Mad Men , pero casi nadie lleva medias de costura y ya no hacemos publicidad de cigarrillos.

Trabajo como ilustradora de los bocetos con los que se presentan las ideas para los clientes y, si el anuncio en sí es una ilustración, también me encargo de hacerlo, aunque, por desgracia, cada vez hay menos anuncios así.

Además, hago los storyboards de los anuncios siguiendo las indicaciones del director y sorprendentemente es mucho mejor de lo que imaginaba.

—¡Aguanta la puerta! —le pido a uno de los chicos que hay en el ascensor.

Mis padres se pusieron pletóricos cuando les dije que volvía.

Val quiere hacer una fiesta en una azotea, algo muy neoyorkino, y he tenido que convencerla de que esas cosas se hacen en primavera; en realidad, en cualquier estación menos en invierno y mucho menos cuando hay pronóstico de nieve para unos días.

Cuando fue a recogerme con Mellow y con Ted al aeropuerto, di y recibí los mayores abrazos de oso de la historia.

Chicago resultó ser un sitio increíble, aprendí mucho en la residencia artística y conocí a Kaitlyn, pero Nueva York siempre será mi lugar en el mundo y, cuando los vi esperándome con un cartel que ponía «Señorita Lockhart, por favor, recuerde que la auténtica pizza es la nuestra», recordé exactamente por qué.

Me he instalado en un pequeño apartamento en el Village, un cuarto sin ascensor, pero no me importa porque es mío.

Yo pago el alquiler y las facturas. Tiene un dormitorio, un baño diminuto, una cocina diminuta y un salón diminuto, pero también unas ventanas que lo llenan todo de luz.

Bajo la del salón he colocado mi mesa y me encanta dibujar allí.

Salgo del ascensor y atravieso la planta catorce hasta la sala de conferencias.

Me gusta el sonido de mis tacones repiqueteando contra el mármol, me siento importante.

Cuando vengo a trabajar en deportivas, me imagino que soy una cantante pop a punto de firmar un contrato musical o, en honor a Val, una bailarina de break dance .

No he visto a Alex. Me gustaría añadir «todavía», pero lo cierto es que no lo sé.

Tampoco he dejado de pensar en él, pero he aprendido que fue una parte de mi vida. No puedes enfadarte con una parte de tu vida ni echarla de menos porque, para bien o para mal, es un pedazo de lo que eres y te ha llevado hasta donde estás.

Sueno superzén, lo sé, rollo casi místico.

Para compensar diré que, mientras aprendía esas verdades universales tan de libro de autoayuda con un jardín japonés en la portada, también me pasé muchas noches llorando en Chicago y también me pille alguna que otra borrachera.

La ventaja es que fue en invierno y todo el mundo dio por hecho que estaba tratando de entrar en calor.

—¿Has traído los bocetos? —me pregunta el señor Walsh cuando entro en la enorme habitación.

Asiento y voy flechada a la mesa. Dejo las carpetas. Cojo el primer juego de bocetos, él se toma unos segundos para estudiarlo y finalmente asiente satisfecho.

Yo me siento increíblemente orgullosa y, sin darme cuenta, me acuerdo de Alexander.

Siempre me pasa cuando me felicitan por mi trabajo, porque él siempre creyó en mí.

Lo imagino en su despacho, volviendo su mirada a los documentos que tiene delante después de haberme escuchado contarle que mi jefe se ha quedado muy contento y contestando: «¿Y por qué lo dices como si fuera algo que no va a volver a pasar?

Tienes un talento increíble. Deberías ir acostumbrándote a los halagos».

—¿Te parece bien?

La pregunta me saca de mis pensamientos y miro a mi alrededor un poco despistada; como no es la primera vez que me pasa, cojo rápido el hilo.

—Podré tenerlo a finales de semana —afirmo.

—Perfecto —responde el señor Walsh.

Cuando la reunión termina, son más de las cinco y el jefe nos manda a casa. Despejo la mesa de mi despacho, me pongo el abrigo y, después de una minicharla con dos chicas de contabilidad, llego al vestíbulo.

¿No vemos en el O’Callahan’s?

Sonrío.

Trato hecho.

No está demasiado lejos, así que voy caminando. Ocho manzanas y veinte minutos después estoy entrando en este irlandés absolutamente abarrotado, una mezcla imposible entre hora feliz y afterwork .

—Aquí —me llama una voz que conozco a la perfección y veo cómo levantan una mano.

Me abro paso como puedo y llego hasta la mesa alta. Ha llegado primero porque está justo al lado de su oficina.

—Te he pedido una cerveza —me informa señalando mi botellín con el suyo antes de darle un trago.

Entrecierro los ojos divertida.

—Acepto la cerveza, pero la próxima vez un spritz, por favor.

Él sonríe.

—¿Todavía hay gente que bebe eso?

—Si tu pregunta es «¿Todavía hay gente con tanta clase?» —replicó socarrona—, la respuesta es sí.

No contesta. Solo se echa hacia delante y me da un beso en los labios.

Justo al separarse, alguien lo toca en el brazo, Cole se gira y, cuando capta quién es, sonríe de oreja a oreja.

—Tío, cuánto tiempo sin verte.

—Sí, una eternidad. Por cierto, siento la interrupción —añade mirándome un poco mortificado.

Yo sonrío con el clásico «No te preocupes» que Cole sí verbaliza.

—No te preocupes. Ella es Eden, mi novia. Eden, él es Tim, un amigo de la universidad.