La noche que encendimos Nueva York 27
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Alexander

Un año.

Ese es el tiempo que llevo buscando a Eden.

He intentado todo lo imaginable. Listas de pasajeros.

Programas artísticos asociados con el MoMA, con la Universidad de Columbia.

Cada maldito lugar donde Lockhart Maritime tiene una sede, una oficina, negocios.

No estoy orgulloso, pero mandé hackear la cuenta de correo de Val.

No me arrepiento. Necesitaba, necesito, saber dónde está.

Ella entró en mi despacho y me dio una bofetada. Me dijo que había caído realmente bajo y que era estúpido si pensaba que ella iba a usar un e-mail que yo conociese. Después me dijo que lo entendía y que nos fuésemos a tomar una cerveza.

Puse en la búsqueda todos los recursos del Vandervilt Group hasta que las cosas se torcieron. La junta dejó claro que no estaba haciendo lo mejor para la empresa y me relevaron del puesto de CEO.

Ese mismo día mi padre me echó de casa y congeló todos mis activos relacionados con la compañía. Según él, dejé de tener un sitio en mi familia en el momento en el que fui tan estúpido de perder la dirección de nuestro negocio.

Mi madre me llamó llorando aquella noche.

Sabía que se había peleado con mi padre, que lo había intentado todo, pero que el gran Sullivan Vandervilt no iba a dar su brazo a torcer por un hijo que había perdido los papeles por una mujer cuando, en su opinión, simplemente tendría que haber chasqueado los dedos y habría aparecido la siguiente.

Y también sabía que mi madre no iba a dejarlo por mí.

Todos mis supuestos amigos, a los que antes les encantaba pasar tiempo conmigo, desaparecieron. No me importó. No los necesito.

Solo Val, Ted y Mellow permanecieron a mi lado, pero que lo hicieran no ha significado que me hayan dado alguna pista sobre dónde está Eden.

No puedo decir que no los entienda. Le están siendo leales y, aunque me joda, también me da una mínima sensación de paz, porque sé que la están cuidando ahora que yo no puedo.

Utilicé mi dinero personal al margen del Vandervilt Group para contratar detectives, para viajar de una ciudad a otra cada vez que creían haber encontrado un mínimo rastro. Londres, París, Barcelona, Boston, Atlanta, Los Ángeles, San Diego... Nada.

Nada.

El dinero se acabó hace un par de semanas, así que lo sigo intentando por mi cuenta. Aunque paso mucho tiempo con Ted, actualmente vivo en un motel, no quiero ser una carga. Además, no vivir en un sitio fijo hace que pueda moverme más rápido cuando viajo a cualquier otra ciudad a buscarla.

No ha publicado nada en su cuenta de Instagram desde la foto del precioso vestido colgado en una percha en su habitación, el que llevó en la fiesta de compromiso.

Nada en TikTok.

En ninguna red social.

No soy imbécil, seguro que se ha hecho una cuenta nueva y seguro también que me ha bloqueado, como ha pasado con su teléfono.

No puedo culparla.

—¿Está bien? —le pregunto a Ted y, como cada vez, sueno con una extraña mezcla de estar acelerado y desesperado.

Él pone dos nuevas cervezas heladas sobre la mesa de centro y se deja caer a mi lado en el sofá.

—Por vigésima vez, sí, está bien.

—Pero bien, ¿de verdad? —insisto—. ¿Vive en un buen sitio?

—Sí.

—¿Es seguro?

—Sí.

Empiezo a toser. Creo que va a durar un par de segundos, pero últimamente siempre se alarga un poco más. Ted me mira y resopla y yo sé por qué lo hace.

—Deberíamos ir al médico a que te vieran esa...

—¿Cómo de seguro? —lo interrumpo y él gruñe fingiéndose exasperado, claramente riéndose de mí—. Porque te recuerdo que tu residencia de la universidad te parecía segura y era un agujero.

Todavía tengo pesadillas con ese sitio. Un ratón nos dio la bienvenida y lo mejor es que era la mascota de un yonqui que nos pidió diez pavos a cambio de un revolver, descargado; el tipo se preocupaba por la seguridad de sus potenciales clientes.

—Un sitio seguro para los estándares de obseso del control de Alexander Vandervilt, ¿contento?

—No —contesto demasiado rápido.

A ver, me tranquiliza saber que Eden está en un buen sitio, pero la única manera en la que estaría contento es si pudiera tenerla delante ahora mismo.

Ted lo entiende a la perfección porque su expresión se llena de una ternura limpia y sencilla.

—Lo sé —sentencia.

Me quedo pensativo y, como me pasa tantas veces, mi mente vuela libre antes de que yo le dé ningún tipo de permiso y piensa en ella, en cómo estará.

En si se habrá cortado el pelo o seguirá llevándolo largo, en qué edificios estará dibujando ahora porque sé que, esté donde esté, seguirán siendo su inspiración favorita.

Pero, sobre todo, pienso en que no quiero que lo pase mal, da igual cómo lo esté pasando yo aquí, quiero que sonría tanto como antes, que siga siendo ridículamente optimista y sensible y visceral.

No puedo soportar la idea de que, de alguna manera, el hecho de que yo fuese tan estúpido de dar por hecho que Camille era la persona adecuada para mí, le haya hecho creer que debía cambiar porque no es verdad. Era yo quien no se la merecía. No al revés.

—Mira —trata de reconfortarme Ted—, está en un buen lugar, con buena gente y más o menos es feliz.

Automáticamente todo mi cuerpo se tensa.

—¿Por qué «más o menos»?

—Alex... —me frena Ted levantando las dos manos.

—¿Le ha pasado algo?

—No.

—¿Entonces?

Ted rompe a reír y yo me pongo de mal humor.

—Dios, menos mal que Eden estudió aquí y no se fue a una universidad en otro estado o ya habrías muerto de un infarto.

—Habla, joder —reconduzco la conversación en un gruñido.

—Nos echa de menos. Está lejos. Es normal.

—Pues que vuelva —replico exasperado.

—No puede —contesta armándose de paciencia, estirando todas las vocales porque, sí, no es la primera vez que mantenemos esta conversación.

Más bien es una terapia semanal—. Te lo he dicho, es un proceso.

Se está... —se toma unos segundos para encontrar la palabra adecuada—...

reconstruyendo, aprendiendo a estar en otro lugar, a tener otro centro.

Chasqueo la lengua contra el paladar.

—En otras palabras, ¿se está olvidado de mí?

Ted me mantiene la mirada y yo le doy un trago a mi Bud porque ya sé que la respuesta no va a gustarme.

—Sí, lo está intentando —responde sincero.

—¿Y por qué?

—Porque la hiciste polvo —contesta como si fuera obvio y, maldita sea, cómo odio que lo sea.

—Pero me arrepiento —me contengo para no gritar— más que de nada en mi vida. La quiero y quiero que vuelva y quiero hacerla feliz.

—Eden nunca ha dudado de que tú la quisieras.

—¿Entonces?

—Camille...

—¡La dejé! —lo interrumpo. Rompo a toser de nuevo, pero aguanto el tirón y continúo hablando—. Rompí mi compromiso con ella la misma noche que fui a buscarla.

No he vuelto a verla desde entonces.

—Imagina por un momento que la situación hubiese sido al revés, que ella se hubiese presentado con otro hombre y tú hubieras sabido que te quería, pero aun así estuviera tratando de alejarte.

La rabia es brutal, casi violenta, y Ted sonríe al entender que no podría haberse explicado mejor.

—Hay cosas que pueden entenderse, tío, pero no por eso duelen menos o son perdonables.

Le da un trago largo a su cerveza.

—Te has inventado esa palabra.

—Puede ser.

Los dos nos quedamos callados por un momento. Yo dejo caer la cabeza contra el sofá.

—Solo quiero verla.

—Eso es mentira —replica mi amigo cogiendo ca–cahuetes de un pequeño bol.

—Es mentira —admito.

Un poco más de silencio; no es paz, pero es lo único que tengo que se le parezca mínimamente.

—Me arrepiento de tantas cosas, Ted.

Dejo que la frase salga porque lo necesito.

Sé que no es la primera vez que la digo en voz alta, que se la digo a él, pero hay momentos en los que es demasiado complicado guardármela dentro, como si pensara que, si la pronuncio las suficientes veces, conseguiré que ella mágicamente termine oyéndola.

—Lo sé.

—¿Y crees que ella lo sabe?

—Bueno, te conoce mejor que nadie. Estoy seguro de que se lo imagina.

—No quiero que crea que estoy siguiendo con mi vida como si todo estuviese bien, que me he olvidado de ella.

Odio que esté donde sea que esté y piense en mí y me odie o, lo que es infinitamente peor, vuelva a sentirse triste porque crea que no me importa que estemos separados, que he pasado página.

—No puedes cargarla con eso. Sabes que no es justo —me recuerda Ted.

—Lo sé.

—¿Puedes decirle que la echo de menos?

—No, pero puedo traerte otra cerveza —me ofrece a cambio levantándose.

—¿Puedes decirme dónde está?

—Buen intento —responde desde la cocina.

—Te odio más de lo que puedas imaginarte —suelto cuando vuelve con refuerzos.

—No, tú me quieres. Estamos imprimados.

Aunque es lo último que quiero, sonrío. No es la mejor sonrisa del mundo, pero ahí está.

—Me lo dirás si necesita ayuda, ¿verdad?

—Serás mi primera llamada.

Asiento. Es lo único que tengo, pero no pienso rendirme.

Ted no me pide que deje de buscarla. Sabe que no es una opción para mí y que probablemente dejaría de venir a verlo si tratara de convencerme de que siguiera adelante con mi vida. Es como una especie de pacto, él acepta que necesito hacer esto y yo, que él no puede romper la confianza de Eden.

Enciende la televisión. El resumen del partido de los Giants llega desde la ESPN.

Mi teléfono vibra en el bolsillo de mis vaqueros. Un mensaje. Lo sacó. Es del último detective que contraté hasta que pude permitírmelo. Solo tiene una frase: «Un regalo de despedida».

Frunzo el ceño. A los segundos un nuevo mensaje aparece en el chat. Una foto. Me echo hacia delante y dejo la cerveza en la mesita sin levantar la vista de la pantalla. Parece un anuncio. Lo miro un momento.

—Tengo que irme —digo levantándome de golpe.

Empiezo a toser otra vez, pero no me importa. Recupero mi marinero y mi vieja mochila.

Ted me llama, pero no me detengo. Joder, creo que ni siquiera lo oigo.