La noche que encendimos Nueva York 26
35%

26

Alexander

Ni siquiera recuerdo cómo he salido de mi oficina, cómo he llegado al garaje subterráneo del Vandervilt Group, solo sé que he sido muy rápido y ahora estoy montándome en mi coche, que, gracias a Dios, dejé aquí y no en la mansión.

Acelero desde el primer segundo y no dejo de hacerlo. No puedo parar de pensar, de encajar piezas, como si ahora que he unido los putos puntos hubiese abierto una compuerta y un montón de cosas empezaran a salir.

Como, por ejemplo, por qué nunca me he mudado a la ciudad y he seguido viviendo en Glen Cove cuando lo más lógico habría sido tener mi casa en Manhattan.

Siempre me he excusado diciendo que vivir en la mansión Vandervilt era más cómodo para mí, una cuestión de costumbre, pero era una condenada mentira.

No quería separarme de Eden, no quería que dejáramos de estar a diez minutos, ver lo jodidamente bien que encaja con mi familia.

O que Ted tenía razón y, sí, siempre me quejaba con Eden y farfullaba por tener que llevar el coche descapotado o porque se supiera todas las canciones de la radio, pero es verdad, jamás la apagué, jamás volví a cerrar la capota, porque lo cierto es que me encanta verla cantar con los pies en el asiento, sonriéndome, con el pelo alborotado por el viento.

Y lo más importante y también lo más obvio: he mantenido a Camille a un brazo de distancia —por Dios, ni siquiera la he dejado abrazarme— porque sentía que estaba mal y era algo visceral —ni mi cuerpo ni mi corazón la querían cerca—, pero también mental. Mi cabeza lo sentía como una traición.

Mi teléfono da tono.

—Vamos, Eden, cógelo —suplico acelerado, apretando el volante con una mezcla de sensaciones nueva, inmensa, aterradora. Odio haber sido tan estúpido de no entenderlo antes. Me da miedo haberla perdido. Y la fiesta de compromiso duele más.

Aprieto los dientes.

La puta fiesta. Si hubiese confiado en ella, nada de esto estaría pasando.

Una, dos, tres, cuatro veces, pero, como las tres llamadas anteriores, acaba en su buzón de voz.

—¡Joder! —rujo golpeando el volante.

Detengo el Ferrari de cualquier manera delante de la puerta principal y me bajo. Sigue lloviendo a cántaros. Vuelvo a llamar. Vuelve a no responder. Llamo a la puerta.

Quiero esperar, lo juro, pero estoy demasiado ansioso y acabo rodeando la mansión, corriendo, hasta quedarme debajo de su ventana.

—¡Eden! —grito—. ¡Eden!

Necesito hablar con ella. Necesito decirle que tenía razón, que he sido un imbécil, que podemos hacernos felices. Pienso luchar por hacerla feliz cada día, siempre.

—¡Eden!

Y necesito que me perdone, que vuelva a mirarme como antes, que me diga que me quiere.

—¡Eden!

—¡Alexander, es que has perdido la maldita cabeza!

Me giro rápido y veo a Val en pijama caminando hasta mí.

No digo nada. No pierdo el tiempo. La esquivo y voy de nuevo hasta la entrada principal, dando por hecho que ahora estará abierta.

—¿A dónde vas?

—A ver a Eden —contesto sin detenerme.

—Alexander, no puedes verla.

Por un momento me planteo ignorarla y seguir.

Es mi amiga y entiendo que esté cabreada, pero la única persona que puede decirme que no puedo ver a Eden es la propia Eden, pero entonces recuerdo que es su hermana, que Eden no querría que la hiciera sentir mal, y trato de sacar paciencia de donde francamente no tengo.

—Tengo que hacerlo —me explico girándome—. Necesito que entienda que las cosas han cambiado, que yo...

—Alex, Eden se ha marchado y...

—¿Cuándo va a volver? —la interrumpo atropellado, moviéndome ya para regresar hasta el coche e ir a buscarla—. ¿Dónde está? ¿Está con Mellow?

—Se ha marchado de la ciudad.

Su voz, que ha empezado a cambiar con la frase anterior, lo hace definitivamente y el corazón comienza a latirme con rabia contra las costillas, entendiendo algo que yo soy incapaz de procesar todavía.

—¿Qué? —murmuro más perdido de lo que he estado en toda mi vida—. Val, ¿a dónde?

—No puedo decírtelo.

—¿Cómo que no puedes decírmelo? —replico casi gritando, desesperado, avanzando un paso hacia ella—.

Mira —continúo echándome el pelo empapado hacia atrás con una mano, esforzándome por sonar sereno, aunque no lo consigo del todo porque el huracán que tengo dentro es demasiado grande, demasiado intenso—, sé que la jodí.

Nunca tendría que haber hecho lo que hice, pero creía que la estaba protegiendo.

Ahora lo he entendido, ¿vale? —sueno más acelerado, más desesperado—.

Tendría que haber creído en ella. Ahora lo hago y te juro que nunca jamás volveré a hacerle daño, pero tienes que decirme a dónde ha ido.

—Alex...

—¿Dónde está?

Val suspira, manteniéndome la mirada, consciente de que estoy odiando este momento, el dolor que tuvo que sentir Eden.

—No puedo decírtelo —repite.

—Sí, puedes. ¿Dónde está? —replico demasiado rápido.

—Alex.

—¡¿Dónde está?! —grito al límite de todo lo humanamente posible. ¡No puedo perderla!—. Dímelo —le suplico.

Val traga saliva. Es mi amiga, me quiere. Lo sé.

—Eden no se ha ido porque quisiera, Alex. A Eden la echaste tú.

—Yo no quería que se fuera.

Siento el golpe, físico. La culpa entremezclarse con la tristeza, con la rabia. Me equivoqué, joder. Me comporté como un puto idiota y ahora lo estoy pagando.

—¡¿Y por qué lo hiciste?! —estalla—. ¡¿Te haces una idea del daño que le causaste?!

—¡¿Te crees que no lo sé, que no odié cada maldito segundo?!

Vuelvo a pasarme las manos por el pelo, pierdo la vista en los árboles, en Glen Cove, en este pedacito de Nueva York que siempre ha sido nuestro, de Eden y mío, y ahora no está.

No está.

El animal aúlla. El dolor se hace insoportable.

—¿Dónde está? —pregunto otra vez mirándola de nuevo, y mi voz suena más ronca.

—No voy a decírtelo.

—Estoy enamorado de ella, Val.

Y ojalá hubiese sido capaz de entenderlo antes.

Valerie me mantiene la mirada mientras una sonrisa realmente triste se cuela en sus labios.

—Lo sé, Alex, pero has llegado tarde.

Dejo escapar el ademán de un resoplido. Parece que Ted tenía razón. Todos lo tenían claro menos yo.

—Tendrías que haberle respondido la llamada.

La observó sin comprender nada.

—¿Llamada? —planteo otra vez demasiado rápido para que esta conversación no me importe—. ¿Qué llamada?

—Eden no quería marcharse sin decírtelo y te llamó la noche de la fiesta, pero tú no respondiste.

Recuerdo el momento exacto, ni siquiera necesito pensarlo.

Mi terraza. El móvil sonando. Su nombre en la pantalla, su preciosa cara sacándome la lengua.

Y yo decidiendo que era mejor no cogerlo porque, si escuchaba su voz, aunque solo fuera sido un puto segundo, habría venido a buscarla y la habría besado hasta que me hubiera perdonado.

Sí, joder, sí. Tendría que haber respondido esa llamada.

Val me observa un segundo más y se gira para entrar de nuevo en la mansión por la puerta trasera.

—Vete a casa, Alex —me pide sin dejar de caminar.

Pero yo no puedo moverme. No puedo huir de la lluvia.

No está.

Es un millón de veces peor: no sé dónde está.

No voy a verla entrar de nuevo en mi despacho.

No voy a verla cantar de nuevo en mi coche.

Arreglarme el nudo de la corbata.

Mirarme.

Sonreírme.

Tocarla.

—Eden —susurro.