25 #2
—¿Ah, no? No la he visto por tu despacho últimamente —mete el dedo en la llaga.
Mi respiración se acelera porque mi corazón protesta.
—Ted —le advierto con la voz ronca, con el instinto al límite.
—Ni tampoco cantando en tu coche después de haberte obligado a bajar la capota.
—Basta.
—Algo de lo que, por cierto, siempre te quejabas con ella, pero ni una sola vez te vi apagar la radio o no descapotar el Ferrari.
¡Basta! Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Me giro hacia Ted y lo encaro.
—¿A qué coño viene esto? —rujo, con la voz amenazadoramente baja.
—A que eres mi mejor amigo, estás cometiendo el mayor error de tu vida y ni siquiera te estás dando cuenta.
Le mantengo la mirada. No está jugando, no quiere fastidiarme por lo que pasó en la fiesta, por muy cabreado que esté soy capaz verlo, y eso, de alguna manera, me calma lo suficiente.
—Estás enamorado de Eden.
Oigo las palabras —yo, mi corazón, el animal, lo que queráis—, dejo que se me metan bajo la piel y las racionalizo, pero al final solo puedo respirar cansado.
—No es verdad.
Me aparto de él y vuelvo a concentrarme en mi whisky. Pienso en Eden y es un recurso que pasa sin buscarlo, solo para encontrar un poco de paz y no acabar destrozando la maldita barra de los McPherson a golpes.
—Lo imaginé por cómo empezaste a mirarla después de que cumpliera los dieciocho.
—¿Cómo la miraba? —le sigo el juego solo para demostrarle que se equivoca.
—Como si ya no fuera delito.
Resoplo una risa sin humor.
—Te equivocas.
—Y todos, poco a poco, dejamos de llamarla «mocosa», menos tú. El mecanismo de defensa más barato del mundo.
—La llamaba «mocosa» porque me pone de los nervios —le recuerdo—.
Todo el día protestando porque trabajo mucho, o porque no me río todo lo que debería, o porque evito que, literalmente, la secuestren unos latin kings o se caiga por la calle por ir más atenta a los edificios que por dónde pisa.
Y, sí, fui consciente de que cambió porque de pronto se convirtió en el centro de cada puto bar en el que entrabamos.
Para ti es muy fácil decirlo —me quejo irritado—.
Soy yo quien tuvo que empezar a quitarle a los tíos de encima.
Ted sonríe con una mezcla de condescendencia y empatía y tengo claro que se está riendo de mí.
—Es que a mí no me molesta que se le acerquen los tíos en un bar.
Guardo silencio unos segundos, mirándolo, y finalmente chasqueó la lengua contra el paladar, dándolo por imposible.
—Tú no lo entiendes, llevo toda la vida cuidando de ella.
—Pues yo creo que llevas mucho tiempo queriéndola, pero te has convencido de que era otra cosa porque siempre has tenido la estúpida idea de que Eden no encajaría contigo, y le has puesto un montón de nombres diferentes: cuidarla, responsabilidad, deseo, que te importe, celos —dice con un suave retintín.
Niego con la cabeza a la vez que me separo de la barra listo para irme.
—Eso es una estupidez.
Igual que que siga aquí cuando tengo tanto trabajo esperándome.
Ted se encoge de hombros, pero esa molesta sonrisa continúa en sus labios, como si sintiera pena por mí. ¿De qué va?
—Esa sonrisa no te queda nada bien —le digo.
Pero él sigue ahí, inmune. Yo paso de mi mejor amigo y me dirijo a la salida.
—¿Te has acostado ya con Camille?
La pregunta me detiene en seco y todo mi cuerpo vuelve a tensarse. No porque no quiera contestar, sino porque sé cómo va a interpretarlo.
Ted se levanta y camina despacio hacia mí.
—¿La has besado?
Yo me giro y le mantengo la mirada a la vez que me meto las manos en los bolsillos de los pantalones, arrogante, frío, mi coraza más efectiva.
—No —contesto sin esconderme. No tengo por qué.
No la he besado y tampoco he dejado que ella me bese porque no he querido, porque no he sentido el impulso ni las ganas y por más cosas que ahora mismo no me apetece analizar.
Ted se planta frente a mí.
—Igual que esta noche no le has dejado arreglarte el nudo de la corbata —sentencia—. ¿A que adivino por qué? —añade mordaz.
Sonrío, pero no es un gesto feliz, es como antes: solo hay dureza y más arrogancia.
—Vete a la mierda —me despido.
Le aguanto la mirada para asegurarme de que le queda claro que no estoy huyendo de esta conversación y me doy la vuelta para marcharme.
—Eden nunca necesitó que tú la llevaras a casa, ¿sabes? —me dice y vuelvo a detenerme, pero esta vez no me giro. No puedo—. Igual que tú no necesitas que te arreglen el nudo de la corbata.
Mi corazón pierde un latido, como si hubiese entendido algo que a mí todavía se me escapa. Y una incomodidad se me instala en el centro del pecho, como un puto incendio que aún no puedo ver.
***
Sigue lloviendo cuando salgo. Le ordeno al chófer que me lleve al Vandervilt Group.
El edificio está desierto salvo por los guardias de seguridad y el equipo de limpieza.
Atravieso mi planta en penumbra, en silencio, con paso rápido, sin corbata ya, no soportaba llevarla, y con los primeros botones de la camisa desabrochados en busca de un poco más de oxígeno, que no parece cumplir su misión.
Entro en mi despacho, pero, en lugar de ir hasta mi mesa, me detengo en el centro de la estancia mirando a mi alrededor, con la mente funcionándome demasiado rápido pero sin llegar a ninguna idea concreta.
Camino hasta el ventanal y Nueva York me recibe. Los taxis, la gente en busca de sus sueños incluso a esta hora, los edificios... «¿Cómo te sentirías si fueras un rascacielos?». Pienso en la pregunta de Eden aquella tarde. El recuerdo aparece nítido. La conversación. Ella dibujando.
El dibujo.
No lo pienso. Me muevo. Voy hasta la estantería y cojo su cuaderno de bocetos.
Lo abro acelerado. Edificios con un detalle casi diabólico, un skater que parece que va a saltar del papel, escaparates, dos ancianas riendo en un parque con un gesto tan auténtico que se contagia, más cosas, más personas...
Y entonces llego al último y el corazón no sé si me late jodidamente rápido o se ha parado igual que el maldito mundo.
Son los rascacielos más icónicos de la ciudad, pintados en abanico, y en el centro estoy yo, trabajando en mi escritorio como si fuera uno de ellos, el más importante, y no sé cómo lo ha conseguido pero parezco profesional, frío, implacable, pero también valiente, fuerte.
—Invencible —susurro repasando con los dedos la palabra escrita bajo el dibujo.
Pero no es solo eso, porque el reflejo de esas letras crea otra: Vulnerable.
Me quedo observando el dibujo, cada detalle, esas dos palabras, y veo a Eden y por primera vez no pienso en todas las cosas a las que renunciaría por estar conmigo, sino en todas a las que yo no estuve dispuesto a renunciar: su graduación, estar cuando me necesitaba, cuidarla.
Y el puto incendio de mi pecho toma nombre y tengo la epifanía de mi vida: Puedo ser egoísta, un cabrón, pero nunca lo sería con ella.
No quiero.
No sé.
—Estoy enamorado de Eden.