La noche que encendimos Nueva York 25
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Alexander

La gala de los MacPherson está siendo el aburrimiento disfrazado de opulencia que tenía claro que sería.

Joder, si vuelvo a oír a otra persona felicitarme por los números del Vandervilt Group de este trimestre buscando que yo esté más dispuesto a invertir en lo que sea que tenga en mente es muy posible que mate a alguien con una de esas ridículas cortinas.

Ni siquiera el tiempo acompaña. Llueve a cántaros.

—¿Por qué pareces tan tenso? —me pregunta Camille a mi lado, sonriendo a la vez a alguien que la saluda a mi espalda.

—Son unos gilipollas —sentencio.

Los conozco personalmente a todos. Opino con conocimiento de clase.

—Por supuesto, Alexander —otro saludo, otra sonrisa—, pero tienen mucho dinero y mucho poder. Eso les permite serlo.

—Yo soy el que tiene más poder. —«Y más dinero.»

Me termino la copa de champagne de un trago. Otra cosa que odio. ¿Por qué nunca sirven whisky? Tengo que beber demasiado champagne para que esto me parezca soportable.

—Lo sé. Por eso estoy contigo.

Su respuesta me hace mirarla a los ojos.

Ella me espera. Lo ha dicho como una broma, lo entiendo, pero también sé que es verdad.

Puede que no haya aceptado casarse conmigo por mi dinero, pero sí porque soy la persona más adecuada para hacer que su empresa pase de potencial increíble a hecho indiscutible.

Camille entiende el juego, eso no puedo discutírselo.

Entonces, otra maldita vez, ¿por qué me siento así?

Eden.

Tuerzo los labios molesto conmigo mismo porque últimamente parece que no hago otra cosa que pensar en ella.

Ahora, por ejemplo, pienso que ella habría contestado, que me habría reñido por llamarlos «gilipollas» y me habría asegurado que, debajo de esos aspectos tan estirados, al menos era capaz de encontrar a diez personas con buen corazón.

Habría llevado puesto un vestido increíble y yo habría sabido, con verla un solo segundo, que no iba a poder dejar de mirarla el resto de la noche.

Mi cuerpo se tensa.

Eso empieza a ser lo peor.

No dejo de imaginármela en el mejor sentido de la palabra.

Rememoro el beso una y otra vez como si viviera en un bucle infinito.

Dibujo cómo habrían acabado las cosas cuando la tuve contra la puerta de mi habitación.

Pero es que también me pierdo en cosas que no han llegado a pasar: desnuda en mi cama una mañana de domingo; en mi coche, a horcajadas sobre mí; en mi despacho: mi escritorio, los ventanales, el suelo, el sofá...

En este último escenario, las fantasías alcanzan el rango de legendarias.

Y eso estaría relativamente controlado, pero es que esta es la tercera mañana que me follo mi propia mano en la ducha pensando en ella. Hoy he perdido los putos papeles porque hasta he susurrado su nombre mientras la imaginaba en esa misma ducha, de rodillas, delante de mí.

Sí, lo estoy llevando fenomenal.

Tiro con el índice y el corazón del cuello de la camisa por pura inercia, tratando de aflojármela para poder respirar mejor, aunque tengo claro que esta maldita incomodidad no es un problema de oxígeno.

—Alexander —me llama la atención suavemente Camille—, vas a estropearte el nudo de la corbata.

Mueve las manos, dispuesta a arreglármelo, pero, al comprender lo que va a hacer, siento como si sus manos ardiesen y las aparto con las mías antes de que pueda tocar mi corbata.

Ella me mira confusa.

—No me gusta que hagan eso. —Y es mentira pero no lo es, porque realmente no me gusta y, sin embargo, quiero que Eden venga y lo haga.

¡Esto es ridículo! ¿Es que nunca va a volver a aparecer delante de mí? Sé que no me está castigando, sé que necesita tiempo, me lo repito todos los putos días un puto millón de veces, pero no sirve de nada.

No sé si Camille me cree o no, pero, por supuesto, lo deja estar porque ella nunca montaría una escena en público. Jamás. Imposible.

—Espero que estén disfrutando de la velada. —La señora McPherson acapara la atención desde el pequeño escenario de madera oscura donde un cuarteto está tocando música clásica—. Me encantaría que me acompañaran al comedor. La cena está servida.

Poco a poco empezamos a movernos.

—Tío —me saluda Ted colocándose a mi lado sin que dejemos de caminar—. Camille —añade correcto.

Ella sonríe, la misma sonrisa ensayada de siempre.

—Escuché a tu hermano en la Reserva Federal el martes pasado. Estuvo increíble —le dice.

Ted asiente.

—Se lo haré saber.

Yo miro a mi amigo, interrumpiendo esta conversación tan elegante. Él pilla al vuelo por qué lo hago, pero acaba negando con la cabeza.

Ayer ya no aguantaba más y le pedí que comprobara cómo estaba Eden, si se encontraba mejor, si...

si la puta fiesta de compromiso seguía siendo un problema.

Lo habría intentado con Val, pero no me coge el teléfono y, cuando le escribí, solo me respondió «Dexter».

La conozco lo suficiente para saber que es algún tipo de amenaza de muerte velada.

Pero Ted ha negado con la cabeza, lo que significa que me toca seguir esperando para volver a tenerla cerca.

Joder, voy a volverme loco.

En la cena estoy de peor humor. La conversación me resulta aún más insulsa y siguen sin tener la delicadeza de servirme whisky.

—Su postre, señor —anuncia uno de los camareros dejando un plato frente a mí—, delicia de pastel de chocolate de Cacaosuyo, con volcán interior de chocolate negro noruego Quellouno.

Una manera muy cara de decir tarta de chocolate.

Asiento y le doy un nuevo trago a mi copa de champagne .

Por inercia, miro hacia Camille, que ignora al camarero mientras este deja el plato frente a ella.

—Su postre, señorita. Tarta de queso sobre lecho de nueces de macadamia y quinoa salvaje, adornada con mermelada de naranja David Hinkins, compota de dátiles Medjool y pistachos sicilianos de Bronte.

Ella acaba de charlar con el presidente de Robyn Harrington Techs y parte un trozo de tarta casi diminuto con el tenedor. Se lo come y, con la misma delicadeza, deja el tenedor sobre el plato de la forma que indica que el comensal ha terminado.

Antes de que el pensamiento quede registrado en mi mente, muevo el plato ofreciéndole mi postre.

—Cómetela —le digo. Está claro que la suya no le ha gustado.

Ella me mira con el ceño ligeramente fruncido apenas un segundo.

—No la quiero. Si hubiese preferido tarta de chocolate, la habría pedido, Alexander.

—Yo no voy a comérmela.

—Entonces, ¿por qué la has pedido?

Por Eden.

La respuesta aparece delante de mí antes siquiera de planteármela.

Porque ella se pide postres imposibles esperando que sean una explosión de sabor y, cuando los prueba, nunca le gustan y se arrepiente de no haber pedido la tarta de chocolate, que es su favorita, y yo no quiero que pierda la ilusión ni que deje de intentarlo, así que siempre elijo tarta de chocolate, aunque nunca con intención de comérmela, solo para poder dársela a ella.

Arrugo la frente pensativo, sin dejar de mirar el postre.

—Alexander —me llama suavemente Camille, pero yo sigo perdido.

Alguien le comenta algo sobre unas inversiones, ella se gira y se embarca en otra conversación, asegurando que Verity Capital es la mejor opción mientras yo sigo atrapado en esa tarta, en si Eden ha salido a comer estos días, en si ha probado un postre nuevo, en si alguien ha pedido tarta de chocolate para ella.

Y estoy a punto de mandarle un mensaje a Val para recordarle que lo haga, pero me doy cuenta de que es estúpido y casi al mismo tiempo que para mí no.

No lo es, joder, porque estamos hablando de Eden.

Sin dar más explicaciones, me levanto, arrastrando la silla con un poco más de fuerza de lo socialmente correcto. Atraigo un par de miradas, pero me importa bastante poco. Necesito un whisky. Ya.

***

—¿Cuántos llevas? —me pregunta Ted acercándose a la barra.

Yo le doy un sorbo a mi vaso bajo con hielo y, sí, gracias a Dios, Macallan doce años.

—Está claro que no los suficientes.

Él apoya los antebrazos en la barra a mi lado y le hace un leve gesto al camarero para que le sirva uno y rellene el mío.

—Los invitados están empezando a marcharse.

Estas fiestas son aburridas desde que empiezan. Nadie suele quedarse por gusto más de lo imprescindible.

—¿Camille se ha ido ya?

Asiento.

—Sí.

—¿No la has llevado a casa?

Ahora niego con la cabeza.

—No lo necesita.

Tiene un coche carísimo e imagino que muy seguro, chófer si no le apetece conducir, un...

—¿No lo necesita ella o no lo necesitas tú? —interrumpe mi línea de pensamientos para, con franqueza, tocarme los huevos.

—Ninguno de los dos.

—Dios, Alexander, eres más gilipollas de lo que creía —suelta con una risilla sin humor dándole un trago a su bebida.

Yo ni siquiera me molesto en mirarlo mal. No es la primera vez que me lo llama y no le falta razón. No me van a dar el premio a míster simpatía, así que doy por hecho que tendrá sus razones.

—Anda, pregúntame por qué —sigue incordiándome.

—Ilumíname —le doy pie.

—Echas de menos a Eden como un idiota.

Oír su nombre hace que el corazón me dé una sacudida violenta en el pecho; es una reacción instantánea, casi imposible de controlar, y me molesta porque Ted es mi amigo y debería tener claro que no quiero hablar de eso.

Lo fulmino con la mirada, pero él se encoge de hombros con ese aire de aristócrata decadente, demostrándome lo poco que le importa, y continúa.

—No la echas de menos como podría echarla yo. No, tú estás en el nivel pintor romántico del XIX con novia prostituta muerta por tisis.

—Que te jodan. —No se me ocurre nada inteligente que decir.

—No, que te jodan a ti. La destrozaste y ahora tienes lo que supuestamente era más conveniente para ti —remarca grandilocuente— y resulta que no solo no eres feliz, sino que cada día que pasa eres más miserable.

—Nunca dije que Camille me haría feliz —le recuerdo con rabia.

—Sí, pero apuesto a que no imaginaste que perder a Eden te haría así de desgraciado.

—Yo no he perdido a Eden.

Me niego a que eso sea una puta posibilidad. Solo necesita tiempo y voy a dárselo. Esperaré lo que haga falta y, cuando quiera volver, yo estaré aquí.