La noche que encendimos Nueva York 24
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Eden

Chicago es olor a cemento, a dureza, a gente competente siendo mejor cada día, a frío y a amigos combatiéndolo con una cerveza en un bar. Huele distinto a Nueva York y al mismo tiempo se parece, como si fueran dos hermanastros que comparten más de lo que piensan.

Trato de absorber todo lo que puedo de la ciudad a través de la ventanilla del taxi.

Me fijo en las aceras anchas, las vistas del lago, las construcciones de ladrillo, una tienda de bocadillos que se parece a la de The Bear y cuyo nombre me apunto mentalmente porque tiene pinta de comerse igual de bien que en la serie de televisión.

Sonrío al taxista mientras saca mi equipaje del maletero de su Chevrolet y yo observo el edificio a unos pasos de mí. Es una fábrica reconvertida, qué apropiado, de ladrillo visto de un rojizo lleno de historia y vida al mismo tiempo.

Sonrío. Es mi nuevo comienzo.

—¿Eden Lockhart? —me saluda una mujer muy guapa de mediana edad con el pelo castaño, los pómulos marcados y los ojos grandes, achinados y marrones.

Asiento.

Ella me tiende la mano y yo se la estrecho.

—Soy Maribel Lucas —se presenta—, hablamos por e-mail.

Es la coordinadora de admitidos en la residencia artística.

—Encantada de conocerla —respondo.

Me guía por el lugar, enseñándomelo y hablándome del proyecto, de mis compañeros. El olor a trementina y café despierta las mariposas en mi estómago mientras poco a poco, muy poco a poco, me dejo invadir por ese caos que siempre tienen los sitios donde la gente crea cosas.

Hay una sala común de trabajo y otra de descanso, estudios individuales, dormitorios pequeños y una terraza desde la que me aseguran que los días despejados se puede ver el lago Míchigan.

—Hemos pensado que te gustaría —dice deteniéndose frente a la puerta de una habitación.

No es grande. Ni moderna. Ni elegante. Pero tiene unos preciosos ventanales y la ciudad respira al otro lado llena de frío y rascacielos y de pronto me siento como en Nueva York, como si esa fuera una parte de mí construida con edificios altos que un día soñaron personas en un papel.

La luz lo inunda todo, descubriéndolo y transformándolo en un collage imposible.

Mi estudio es precioso.

Camino hasta la mesa con pasos lentos. Una mesa de trabajo para mí, una nueva vida para mí. Levanto la mano y acaricio las pequeñas marcas sobre la madera. Sonrío. Son las huellas de los artistas que han estado aquí antes que yo, como si acabase de entrar en una historia compartida.

—Te dejaré sola —comenta Maribel amable cerrando suavemente la puerta—. Bienvenida a Chicago, Eden —añade justo antes de hacerlo por completo.

Tomo una larga bocanada de aire. Chicago y yo nos hemos presentado oficialmente. No nos hemos hecho grandes promesas, sobre todo yo, pero nos hemos prometido sinceridad. Me parece una base genial para construir algo.

Algo sin la posibilidad de que Val entre en cualquier segundo sin llamar a la puerta.

Sin Mellow haciendo chistes demasiado malos y riéndose demasiado alto hasta contagiar a todos los demás.

Sin las historias de Ted mientras desayunamos tortitas sobre sus aventuras de hombre soltero abierto al amor (y lo que surja mientras tanto) en Manhattan.

Sin Alex.

Y ahí está. El hueco. No entra con dramatismo. No me golpea contra la pared. No suena una canción triste de fondo.

Solo es un vacío demasiado real, como si fuese a aparecer apoyado, casi sentado, en mi mesa, agarrando el borde con las manos flanqueando sus piernas, mirándome, humedeciéndose el labio inferior rápido y arrogante antes de decirme «Ey, mocosa, sigo aquí».

Y yo no sé qué decir, pero creo que eso no es lo que importa ahora, porque sé que algún día lo tendré frente a mí de verdad y será mi cierre. Es un proceso, solo tengo que respirar hondo y aprender de él.

Me quito la bufanda, el abrigo, los guantes. Abro la mochila, saco mi cuaderno, la caja de lápices. La miro un momento. La Caran d’Ache...

Primer paso del proceso, Eden Lockhart, aprender que los recuerdos son suyos, pero también tuyos, y tú tienes el poder de decidir si duelen o no.

La dejo sobre la mesa con cuidado, como si pesara demasiado para ser una caja de colores. La miro durante unos segundos y levanto la tapa metálica. El rojo cereza sigue en su lugar.

Decido que este no va a doler.

Resoplo, reconociendo mi propia idea, me siento y comienzo a dibujar, Chicago, mi nueva ciudad, el anfitrión de mi nueva vida.

Nueva vida.

Segundo paso del proceso: Repite esas dos palabras hasta que ya no sea nueva, sea solo... vida.

***

—Hola —me saluda alguien llamando suavemente a la puerta que ya ha abierto un poco para poder asomar la cabeza.

Me giro hacia allí y me encuentro con una chica más o menos de mi edad, con el pelo negro corto, gafas enormes y un jersey amarillo chillón.

—Soy Kaitlyn. Estudio de al lado. Te he visto llegar y he decidido ejercer de comité de bienvenida no autorizado. ¿Café? —añade asomando también una de sus manos con una taza de café.

Lo pienso un instante; sé que no debería, pero es un acto reflejo, como si mi corazón siguiese en una especie de duelo y se negase a admitir a nuevas personas.

Justamente por eso, decido aceptar.

—Hola, me llamo Eden —le devuelvo el saludo invitándola a pasar con un movimiento de mano.

—Lo sé —contesta orgullosa entrando—. Que te dieran este estudio fue idea mía. Me fijé en que, en la mayoría de tus dibujos, habías pintado rascacielos, así que di por hecho que estas vistas eran las indicadas para ti.

Cojo la taza que me tiende.

—Pensaste bien.

—Y tú has hecho bien en aceptar mi café. Desconfío de la gente que rechaza café en Chicago. Hace demasiado frío.

Eso me da una pista y decido arriesgar.

—¿Florida? —pruebo suerte.

Ella niega con la cabeza.

—Vengo de Georgia, ya sabes, Coca-Cola, Scarlett O’Hara y fantástico clima.

—¿Y qué te trajo aquí? Intuyo que no fue el clima, ¿el Instituto de Arte de...?

—Demasiado Scarlet O’Hara —me interrumpe—. Ser una belleza sureña es complicado.

Finge echarse el pelo largo hacia atrás, pero obviamente no tiene.

—Discúlpame, cabello fantasma.

Sonrío dándole un sorbo a mi café.

—¿Y tú? ¿Recorres casi ochocientas millas en busca de nuevos rascacielos?

Lo pienso un instante y tiene gracia que sea casi una buena metáfora. Siempre he sentido a Alexander así, como un titán de Nueva York, como mi propio Empire State.

—Podría decirse que sí.

—Pues que sepas que mi preferido es el St. Regis —me explica sentándose en la mesa—. La torre Sears se lo tiene demasiado creído.

—¿Cuál es ese que se ve allí?

Ella se gira y se fija donde apunto con el índice.

—El mítico John Hancock, bueno, ahora se llama el 875 de la Avenida de Michigan Norte, pero nadie lo llama así. ¿Quieres que vayamos un día? Tiene un mirador increíble.

Otra vez tengo el impulso de decir que no, pero ¿qué sentido tienen los nuevos comienzos si no dejamos a gente nueva entrar en nuestras vidas?

—Sí —respondo bajito, casi insegura, y podría ahorrarme el «casi», pero es un sí al fin y al cabo.

Kaitlyn sonríe y yo hago lo mismo. Es como un montón de hormiguitas moviéndose deprisa desde su lado y desde el mío para cimentar el principio de una amistad.

Durante los siguientes diez minutos, me cuenta que pinta figuras enormes y deformadas, que odia madrugar, que está intentando dejar de enamorarse de mujeres emocionalmente inaccesibles y que todas las mañanas se pregunta de qué experimento químico han decidido sacar el café de la sala común, pero que es mejor que nada.

Yo le cuento un poco menos, a cambio escucho un poco más. Le hablo del MoMA, de Val y mis padres, de Mellow y Ted, que siempre he querido dibujar y que adoro Nueva York.

—No digas eso aquí —me advierte riéndose un poco de mí—.

Bueno, dilo, pero no digas que vuestra pizza es mejor, ni los bocadillos, ni nada que se juegue con una pelota...

o un disco —asiento con una sonrisa, como si estuviese tomando notas— ni digas que allí hace el mismo frío.

Lo de ser el epicentro mundial de los dedos congelados se lo toman muy en serio.

—Oído, cocina.

El día avanza, sigo dibujando, conozco a otros compañeros y relleno algo de papeleo que me pide Maribel.

Por la noche deshago las maletas. Mi habitación es pequeña, con una cama individual, un armario, una cómoda y una ventana desde la que se ve una calle con farolas amarillas y árboles desnudos.

Le busco un sitio a cada cosa y coloco dos fotos, una de mis padres, otra de Val, Mellow y Ted haciendo el idiota frente al MET.

No pongo ninguna de Alex, aunque la he traído, claro que sí. La idiota enamorada que llevo dentro puede ser muy persuasiva. Está escondida en el bolsillo interior de mi maleta, metida dentro de un libro... la foto, no la idiota. Es como si guardara la prueba de un crimen.

Me ducho, me pongo el pijama y me meto en la cama. Abro el WhatsApp.

Este es el mejor sitio para comer sushi en Chicago.

Este es el club de moda.

Este es el mejor sitio para ir a ver skaters patinando, que sé que siempre te ha gustado echarles un vistazo.

Cada mensaje lleva el enlace de un lugar de la ciudad. Aparentemente venden una cantidad ingente de guías de viaje online sobre la ciudad del viento y mi hermana se las ha leído todas.

Chicago no está preparado para tu energía de recién divorciada. Vas a arrasar.

Este es de Mellow y me hace sonreír.

Urgencias estaba ambientada en Chicago. Si alguna vez te pasa algo, acude allí y busca lo más parecido que tengan al doctor Carter.

Este es de Ted y no puedo resistirme a contestarlo.

Ahora está triunfando en The Pitt.

Pero todo lo que sabe lo aprendió en el County General.

Asiento. No puedo luchar contra esa evidencia.

Voy a bloquear el teléfono y dejarlo sobre la mesita, pero no puedo evitar pensar que hay alguien que no me ha escrito y de alguna estúpida manera era el único que esperaba.

Tercer paso del proceso, Eden Lockhart: como todo proceso, este también tiene puntos débiles y son las noches.

Tomo una bocanada de aire tratando de pensar en todos los triunfos pequeñitos que ha supuesto este día y decidido quedarme con eso.

Además, tomo una decisión sumamente inteligente: activo la pantalla del móvil, abro Netflix, elijo una de mis series favoritas y lo coloco en la mesita para poder verlo desde la cama.

Apago la luz y me acurruco de lado con la mirada en la pequeña pantalla.

Si las noches son difíciles, voy a ponérmelas un poco más fáciles.

Por un momento pienso en si habrá comido o cenado, si alguien lo habrá obligado a levantar la cabeza de los informes o la pantalla del ordenador, si alguien lo habrá hecho reír hoy, pero también entiendo que ese ya no es mi trabajo.

Un chiste malo me hace sonreír y eso significa que puedo seguir adelante, que mañana avanzaré un poco más. No voy a mentir, una parte de mí no quiere poder, quiere que el mundo se detenga, que Nueva York se dé cuenta de que me he ido, que Alex mire a su alrededor y entienda que algo se ha roto.

Pero el mundo no se detiene.

Chicago tampoco.

Y yo, por lo visto, tampoco.