La noche que encendimos Nueva York 23
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Alexander

Observo la pantalla del teléfono y el corazón me late desbocado detrás de las costillas. Es ese animal, el que lleva caminando en círculos dentro de mí desde la fiesta de compromiso, gruñendo, rugiendo listo para salir, que me mira desde dentro como si fuera el puto momento metafísico de mi vida.

Quiero cogerlo.

Quiero oír su voz.

Quiero suplicarle que me perdone, que se presente mañana en mi despacho, que me deje verla ahora.

Pero si cedo a lo que el animal quiere, a lo que quiero yo, lo de hoy no habrá valido para nada y, lo que es peor, si la veo, maldita sea, si la escucho, no solo voy a suplicar que me perdone, voy a suplicarle que me deje tocarla, borrar a besos el daño que le he hecho.

Sigue sonando. Cierro los ojos. La imagen perfecta de Eden gimiendo bajito, agarrándose a mi camisa, me arrasa de pies a cabeza. Y después sonríe. Y después pronuncia mi nombre torciendo los labios por alguna estupidez que he dicho y después me mira y me ve mejor de lo que soy.

Me hace sentir invencible.

Abro los ojos de golpe y mi respiración es un caos mientras el dolor se cuela por cada rendija, apretándome los huesos.

Miro el teléfono en mi mano, que agarro con tanta fuerza que los nudillos se me emblanquecen. Y deja de sonar. Y yo siento que he perdido la guerra.

—Joder —rujo llevándome las manos a la cabeza, con la mirada perdida al frente, sin ver nada en realidad, pretendiendo verla a ella hasta que giro sobre mis talones y regreso a mi estudio.

***

La mañana siguiente no promete ser mejor. Me levanto antes de que amanezca y me marcho sin desayunar porque no me apetece ver a nadie. Me entierro en el trabajo. Una reunión tras otra, contratos, llamadas, informes.

No hablo con Ted.

No hablo con Val.

No hablo con Mellow.

No hablo con... nadie.

Y esa mañana se convierte en la pieza de muestra de un montón de días iguales.

Todas las noches tengo que contenerme para no llamarla, para no presentarme en su casa. La necesito en mi vida. Siempre se piensa que, cuando una persona revolotea alrededor de otra, es la que revolotea la que depende. Nuevas noticias: no es verdad. Es la puta descripción de codependencia.

Han pasado casi dos semanas y nada tiene pinta de mejorar.

Oigo ruidos en la antesala de mi despacho y levanto la cabeza como un idiota, pensando que es Eden.

Sin embargo, en cuanto distingo el patrón de las pisadas, me doy cuenta de que no tengo esa suerte.

Esos tacones son decididos, no se paran en la mesa de mi secretaria a darle ánimos por tener que trabajar para un gruñón, ni siquiera la saluda y abre la puerta.

—¿Listo para irnos? —pregunta Camille.

Mi mirada se endurece automáticamente.

No estamos viviendo juntos. Ella insistió. Yo dije que no y la conversación se quedó ahí. Camille se mudó a un ático con vistas al parque en la Avenida de los Millonarios y yo sigo en la mansión Vandervilt, aunque solo lo justo para dormir. Paso más tiempo aquí o en el piso de Ted en Tribeca.

—Tengo trabajo —respondo lacónico.

—La gala de los McPherson es este viernes —replica ella paseándose por mi despacho, evaluándolo, como cada vez.

—No puedo ir.

—Verity Capital y el Vandervilt Group tienen que estar, Alexander. Es sencillamente poco inteligente no hacerlo. Los McPherson controlan el mayor fondo de inversión de Manhattan y uno de mis hombres me ha dicho que están pensando en diversificar.

Las empresas, por supuesto.

—Te recogeré a las ocho —respondo.

Camille asiente satisfecha mientras se sigue paseando por mi oficina con el andar tranquilo.

Yo la observo. Me guste o no, vamos a casarnos. Tengo que dejar de comportarme como un adolescente enfadado y aceptarlo, así que debería poner algo de mi parte en que funcione. Básicamente, dejar de ser un gilipollas.

—Vamos a cenar —le propongo, aunque no me esfuerzo demasiado en sonar amable.

Camille esboza una sonrisa irónica, casi maliciosa, al tiempo que se gira hacia mí.

—Alexander, son casi las diez.

Frunzo el ceño y miró mi reloj por inercia. Ni siquiera me había dado cuenta de la hora que era, aunque tampoco sé de qué me sorprendo, no es la primera vez que me pasa.

—He comido en Le Bernardin hace dos horas —me explica.

Una malísima idea se me pasa por la cabeza, y también muy peligrosa.

—Podrías haberme llamado para que cenáramos juntos o haber traído algo de comida aquí.

Ella me mira como si no comprendiera mis palabras.

—Alexander, no eres un niño para que te recuerden que debes comer —contesta— y no voy a traerte la cena al despacho. No soy tu asistente, tienes a tu secretaria para eso.

La observo mientras me humedezco el labio inferior. Su respuesta era obvia, ¿no?, y también justa; entonces, ¿por qué he odiado cada maldita palabra?

Camille parece darse cuenta porque se acerca un poco más a mi mesa.

—¿Qué tal una copa? —me propone—. En el ático.

No soy idiota. Sé lo que me está proponiendo en realidad, pero, como todas las veces anteriores, finjo que no.

—Otro día —contesto.

Una respuesta corta pero con la que le dejo cristalino que no voy a discutirlo.

Ella me mantiene la mirada y aprieta los labios, pero lo disimula tras un segundo. Camille Ashcroft nunca enseña sus cartas, por supuesto.

—Otro día —repite con una ensayada sonrisa.

La acompaño hasta los ascensores y le digo a Patrice que es tarde y se marche ya a casa. Yo me quedo en la oficina un poco más. De todas formas, no hay ningún otro sitio al que quiera ir.