La noche que encendimos Nueva York 22
29%

22

Eden

No lloro hasta que llego a mi habitación y odio hacerlo. Cada lágrima, el pecho ardiéndome, la sensación de vacío. Soy como una canción de Alex Warren si lo dejara su mujer y si pusiera hasta arriba de Lorazepam.

Lo peor es que lo entiendo y yo siempre había pensado que, cuando quieres a una persona, es suficiente entenderla para encontrar la manera de llegar hasta ella o dejar que ella llegue hasta ti. Me equivocaba. Hay cosas que no basta con comprender si el resultado te destroza igualmente.

Alex ha elegido. Avancemos. Ya tiene a su barbie alta ejecutiva a su lado. Avancemos también. Todavía puedo recordar cómo me ha mirado esta noche... Debería decir «Avancemos», pero, con franqueza, eso actualmente está fuera de mis habilidades.

Soy una imbécil, una imbécil enamorada, el tipo de imbécil más resistente a la cordura.

Me limpio las lágrimas y me obligo a respirar sentada en el borde de mi cama con las manos en mi regazo.

—Todo esto pasará, Eden Lockhart —me digo.

Mi mayor problema es que la persona a la que correría para que me abrazara con fuerza, mi lugar favorito en el mundo, es el mismo que me ha roto el corazón.

—Buena suerte con eso —añado.

Y las lágrimas vuelven a caer.

—He traído alcohol y tendencias violentas —anuncia Val entrando en mi dormitorio sin llamar—. Tú eliges cómo gestionamos ambas cosas.

Una risa rota se me escapa pese a todo. Nunca he sabido resistirme a un buen chiste.

Mi hermana deja la botella sobre la cómoda y viene directa hacia mí.

—Ven aquí —me pide casi como una advertencia y, esta vez sí, me dejo abrazar.

Val me aprieta fuerte contra ella mientras yo escondo la cara en su hombro y odio el alivio que siento solo porque alguien me sostenga un segundo.

—Lo siento muchísimo —me dice.

Trago saliva.

—Yo también.

—Deberíamos atropellarlo —suelta sin soltarme.

Es lo último que quiero, pero rompo a reír.

—No, escúchame —continúa—, tengo un plan. No es un gran plan porque el homicidio es complicado desde que CSI dio pistas a los policías de verdad sobre cómo buscar, pero yo vi Dexter ...

—No puedes atropellarlo —le explico separándome.

—¿Dispararle, entonces? Estoy abierta a sugerencias.

—Envenénalo con una serpiente, como a un senador romano.

Val entrecierra los ojos pensativa.

—Actualmente, no tengo acceso a serpientes. ¿Valdría una tortuga?

—Una muerte lenta.

Las dos nos reímos, aunque me tiemblan los labios. Val se da cuenta. Yo me doy cuenta de que se da cuenta y, antes de que pueda controlarlo, las lágrimas caen de nuevo.

Ella me limpia una con el pulgar.

—No me gusta verte así.

—Odio estar así —digo con más vehemencia de la que esperaba y sigo llorando, así que ahora parezco una tragedia griega.

—¿Por qué lo ha hecho? Sé por qué lo ha hecho —me corrijo rápidamente—, pero ¿por qué lo ha hecho?

Aunque suene a milagro, Val me entiende a la perfección.

—Alexander es un desastre —sentencia—. El señor Vandervilt se ha asegurado de que fuera el mejor CEO posible y la señora Vandervilt, de que todo pasara con el fengshui adecuado, pero emocionalmente es un maldito caos.

No sabe sentir cosas sin meterlas en una caja y, si no encajan en la caja, las aparta.

Me quedo callada unos segundos, no porque no sepa qué decir o esa afirmación me haya impactado de alguna manera, conozco perfectamente a Alex, es porque sí sé qué decir y nunca había pensado que lo haría.

—No puedo perdonarlo.

El corazón me protesta en el centro del pecho, pero es como un grito de impotencia. Estamos de acuerdo en esto.

—Lo sé.

—Y tampoco puedo quedarme aquí y verlo todos los días.

Eso le cuesta un poco más, pero sé que me entiende. Si las cosas hubieran pasado de otra manera, si simplemente hubiese conocido a una chica y se hubiese enamorado, habría dolido, muchísimo, pero lo habría aceptado y no habría necesitado escapar de él.

—¿Y qué vas a hacer?

—Encontré una residencia artística en Chicago.

Di con ella cuando buscaba un trabajo para después del máster, incluso llegué a hablar con ellos y me ofrecieron uno de los tres puestos libres.

Tenía una pinta increíble, pero debía dejar Nueva York y en las mismas fechas apareció la posibilidad de trabajar en ARTNews , así que mentalmente la rechacé.

Por suerte, nunca llegué a hacerlo oficialmente.

Solo espero que no se hayan cansado de esperar.

—Eden, creo que deberías pensar las cosas con calma...

—No hay nada que pensar. Sabes que mi vida en Nueva York es una vida con Alex al menos al sesenta por cierto. —Salir con él, comer con él, la mansión de los Vandervilt, que me recoja en el MoMA—. No quiero pasarme llorando todo ese tiempo y vivir el cuarenta por ciento restante a medias.

—Puedes hacerlo, lo haremos juntas —trata de convencerme—.

Saldremos tú, Mellow y yo a quemar la ciudad y, si promete portarse bien, nos llevaremos a Ted.

Y buscaremos a un hombre guapísimo que sustituya a Alexander en todo lo demás.

Se me ocurren al menos tres candidatos —intenta tentarme enarcando las cejas.

—Val, por favor —le pido—. Yo tampoco quiero marcharme. Tú estás aquí y Ted y Mellow y papá y mamá y me encanta Nueva York. Lo sabes.

Nunca me he imaginado viviendo en otro lugar. Nunca lo he hecho. Pero esto no es una cuestión de elegir por placer. Es supervivencia.

Mi hermana lo entiende porque su mirada cambia poco a poco hasta esbozar algo parecido a una sonrisa triste.

—La ciudad del viento, ¿eh?

Asiento despacio.

Val se encoge de hombros a la vez que toma una larga bocanada de aire.

—Siempre pensé que, si una hace esta clase cosas, se cambia el nombre y se muda a un pequeño pueblo con vistas al Mediterráneo donde conoce a un portugués terriblemente atractivo.

Frunzo el ceño un segundo.

—Portugal no tiene vistas al Mediterráneo.

—No me rompas la fantasía, Eden —me riñe.

—¿Por qué no has dicho «italiano»? —planteo lo obvio.

—Está muy visto.

—¿Francés?

—Muy cursi.

Lo pienso un instante.

—¿Croata? —planteo satisfecha de mi propuesta innovadora.

Val tuerce los labios.

—Me preocupa seriamente no poder pronunciar tantas consonantes juntas en un apellido.

Asiento. Entiendo su resquemor.

—Portugués, pues —concluyo.

—Un portugués afincado en Italia —especifica ella con una sonrisita.

—Val uno, Mediterráneo cero —sentencio.

Las dos nos miramos y sonreímos. Con ella es imposible no hacerlo.

—Te voy a echar de menos —dice.

Me muerdo el interior de las mejillas para no volver a romper a llorar.

—Y yo a ti, muchísimo.

No solo es mi hermana, es mi mejor amiga y una de mis personas favoritas.

Me abraza con fuerza y yo se lo devuelvo. No es un abrazo de una mujer consolando a otra. Es un abrazo de hermanas, por nosotras y para nosotras.

—Si lo asesino, ¿vuelves? —plantea sin soltarme.

Yo sonrío de nuevo y me doy cuenta de la suerte que tengo de tenerla en mi vida.

—A visitarte en la presión federal —prometo solemne—, todos los jueves.

—Podría valerme con eso.

—Te quiero.

—Te quiero.

Cuando reúno el valor suficiente, bajo al salón y hablo con mis padres. Después de escuchar de nuevo varias amenazas de muerte hacia Alexander, algunas bastante innovadoras, tengo que admitir, consigo convencerlos de que es lo mejor que puedo hacer.

Además, la residencia artística es un sueño.

La primera etapa corre a cargo del Ala Moderna del Instituto de Arte de Chicago, que alberga una de las mejores colecciones de impresionismo y postimpresionismo del mundo.

Y, en la segunda, formaremos parte del equipo del MCA, el Museo de Arte Contemporáneo, que se centra exclusivamente en arte posterior a la Segunda Guerra Mundial y es famoso por su gran compromiso con artistas vivos.

Podré conocer a Firelei Báez, a Murakami o a Kerry James Marshall.

Prácticamente me obligan a dejar firmado el plan de visitas de los Lockhart a Chicago y es realmente apretado, pero lo hago feliz. Voy a echarlos mucho de menos.

Por la noche, con la primera maleta abierta en el suelo de mi habitación y la pantalla del portátil iluminado con la carta de aceptación de la residencia artística, salgo a la terraza de mi habitación.

Glen Cove me recibe y sonrío como si también me estuviese despidiendo de este lugar. Manhattan, de lejos, me recuerda que tenemos la última fiesta pendiente y yo prometo que será legendaria.

Pero en este momento hay algo que me queda por hacer. Me saco el teléfono del bolsillo central de mi sudadera y, con la seguridad de que es lo que quiero hacer, marco el número de Alexander.

No lo hago para suplicar ni para llorar ni para decirle que mi padre pretende ponerse en contacto con un escuadrón de la muerte nicaragüense.

Es para decirle que voy a marcharme, porque no estoy huyendo.

No soy una niña que no sabe gestionar cómo se siente ni es una especie de pataleta.

Es una decisión sobre mí, sobre mi futuro. Sobre priorizarme.

No puedo obligarlo a elegirme. Pero sí puedo elegirme yo.

Respiro hondo. La llamada empieza a sonar.