21 #2
Casi grita al final de la frase y yo comprendo cómo se siente, pero, maldita sea, no quiero tener esta conversación ahora.
—No estoy enamorado de Eden —respondo rápido.
Mi madre me mantiene la mirada. No sé qué espera encontrar, pero no lo hace porque su siguiente gesto es cabecear decepcionada.
—¿Te haces una idea del daño que le has hecho?
—Lo sé.
—¿De cómo ha debido de sentirse?
—Lo sé —gruño entre dientes.
—Te quiere.
—¡Lo sé! —estallo. Me siento como si tuviera un puto animal dentro que solo quiere salir y aullar y buscar a Eden—. ¡¿Te crees que no lo sé?! ¡¿Que algo de lo que he hecho hoy ha sido agradable para mí?! ¡Tengo que protegerla!
—¿De qué?
—¡De mí! —grito desesperado, triste, muerto de miedo.
Mi madre se queda mirándome otra vez y yo me siento expuesto, vulnerable.
Lo odio. ¿Por qué no quiere entenderlo? Ya hemos tenido esta maldita conversación.
Ya le expliqué por qué toda esa locura del compromiso no podía ser y, si ella o mi padre o Eden me hubieran escuchado, las cosas habrían sido diferentes.
Me paso la palma de la mano por la boca y me alejo de ella, caminando hacia el ventanal. Es como si quisiera escapar pero no tuviese lugar a donde hacerlo. Glen Cove se extiende al otro lado del cristal. Me obligo a respirar hondo y mantener el control.
—Te estás equivocando...
—No empieces, mamá.
—Es que tengo que hacerlo —replica exasperada, moviendo los brazos—. Estás dando por hecho que serás la peor versión de ti con ella cuando ya has sido la mejor. ¿Es que no puedes ver lo obvio?
—Porque siempre he cuidado de ella. Llevo haciéndolo toda la vida.
—¿Y por qué la miras como la miras?
Frunzo el ceño irritado.
—¿De qué estás hablando?
—¿De verdad vas a hacerte el inocente conmigo ahora, Alexander? ¿Por qué la miras así?
—¡Es deseo! —vuelvo a explotar. ¡No puedo más!—. Quiero follármela cada minuto de cada hora. ¿Estás contenta? ¿Es lo que querías oír?
—Demasiado específico para mi gusto.
Niego con la cabeza con algo a medio camino entre un resoplido hastiado y mordaz y una risa aún más breve.
—Eden me importa más que nada —afirmo y mi voz sale nítida, firme, sin dudas, como si estuviera pronunciando las únicas palabras que pueden darme un poco de paz ahora mismo—, pero no es amor. No estoy enamorado de ella.
A veces pienso que sería más sencillo si lo estuviera, pero después entiendo que, en realidad, sería nuestra condena. Si ahora a duras penas soy capaz de renunciar a ella, ¿cómo sería si la quisiera?
—Camille no va a hacerte feliz —anuncia mi madre sin piedad.
No me duele. No me importa.
—Camille es lo que necesito.
—¿Tú o la empresa?
Otra sonrisa que no engaña a nadie. Otro resoplido desdeñoso.
—¿Por qué? ¿Ahora se me ha concedido la posibilidad de separar ambas cosas? —planteo irónico y cabreado de la hostia.
Mi madre me mantiene la mirada con una mezcla de empatía, ternura y genuina tristeza por mí.
Yo la aparto a la vez que lanzo un juramento ininteligible entre dientes porque, francamente, eso es lo último que necesito.
—Alexander —me llama caminando hacia mí y su voz suena diferente, como si todavía fuese un niño y tratase de consolarme porque mi padre no ha aparecido en la función escolar.
Levanta las manos para arreglarme el nudo de la corbata, pero yo se las aparto amablemente. No me gusta que nadie lo haga, tampoco que me toquen el cuello de la camisa. La única persona a la que se lo consiento es a... Eden.
Resoplo.
Eden. Eden. Eden.
Joder.
—No puedes organizar tu vida emocional en función de lo que necesitas y olvidarte de lo que quieres.
—No tengo otra opción.
—Todavía estás a tiempo de arreglar esto.
Y durante un instante la esperanza se cuela sin avisar.
Olvidarme de Camille, de la empresa, de mi padre.
Ir a la mansión Lockhart... Pero eso no es esperanza, es soñar despierto.
Lo de hoy ha sido, con diferencia, lo más duro que he hecho en mi vida, pero sé por qué he tenido que hacerlo y, desgraciadamente, esas circunstancias no han cambiado.
—Voy a casarme con Camille —sentencio.
Mi madre asiente varias veces.
—Solo espero que, cuando te arrepientas de todo esto, no sea demasiado tarde.
No dice «si te arrepientes», dice «cuando» lo haga, y yo lo siento como un maldito disparo.
Mi madre regresa a la fiesta y poco después no me queda más remedio que hacer lo mismo. No estoy especialmente comunicativo ni amable, pero, dado que no lo soy, nadie nota la diferencia.
Estoy deseando que el puto teatro se acabe.
Cuando el último invitado se larga y Camille se marcha a casa en su coche, me encierro en mi estudio, me sirvo un whisky y, aunque la mejor idea que podría tener es ponerme a trabajar para concentrarme en algo y dejar de pensar, acabo saliendo a la terraza.
Todo me recuerda a Eden, así que no me sorprende que este espacio en concreto también lo haga.
Me pregunto cuánto tiempo tardará en volver aquí, en dejarme llevarla a casa, comer juntos en mi despacho, que no deje de hablar, de contarme todo lo que le ha pasado.
Ella dijo que esa normalidad ya no le valía, pero yo estoy desesperado por recuperarla.
Es la única manera en la que puedo tenerla cerca.
Tengo la vista perdida en lo árboles, en cómo las copas se mueven con el viento, cuando mi móvil empieza a sonar.
Me lo saco del bolsillo de los pantalones, sin especial interés, pero veo quién llama.
Y, joder, eso lo cambia absolutamente todo.