La noche que encendimos Nueva York 21
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Alexander

Me quedo muy quieto, en mitad de la terraza, con el aire frío sacudiéndome y sus palabras clavándoseme más y más adentro.

No quiero destrozarla, lo juro por Dios, y precisamente es por eso por lo que he hecho esto. Claro que creo en ella. Eden es la persona en la que yo más...

Una lágrima resbala por mi mejilla mientras observo la puerta por la que se ha alejado de mí. Aprieto los dientes. Trago saliva. No vale de nada. Ya no está.

Duele, pero era lo que tenías que hacer. A ella también le duele, pero un día entenderá que solo estabas cuidándola.

Asiento, agarrándome a esa idea como si fuera la última esperanza de un moribundo, y me seco esa única lágrima.

Sigo viendo su cara cuando he dicho que Camille era mi prometida. La manera en la que me ha mirado después. No estaba enfadada, no ha gritado, no ha montado una escena.

Regreso al interior de la casa. La fiesta continúa. Somos los Vandervilt y todos aquí lo saben, nadie va a poner una mala cara o hacer un comentario inapropiado por el cambio de reparto.

Quiero pensar que es por inercia, por comportamiento aprendido, o quizá es que simplemente soy idiota, pero lo primero que hago al entrar es buscarla con la mirada.

Obviamente no está. Eden se ha marchado porque esperaba algo mejor de mí que esto.

«Disfruta de que te mire como si fueses lo mejor que ha pisado este mundo», recuerdo las palabras de mi padre en mi despacho el día que me dijo que tenía que casarme con Eden y casi me arrepiento de no haberlo escuchado, porque la alternativa, cómo me ha mirado esta noche, me ha calado hasta los putos huesos.

—¿Qué dices? ¿Te doy la paliza ya o esperamos a que se vayan los invitados?

Es Ted. No se ha ido con las chicas. Está realmente cabreado conmigo y no voy a negar que lo entienda. Todos nos conocemos desde siempre. Eden también es importante para él.

—Déjame en paz —contesto echando a andar sin tener idea de hacia dónde. Lo entiendo, joder, pero a nadie le importa Eden más que a mí.

Ted me sigue. Me coge del brazo. Me obliga a girarme.

—No, tío —replica—. ¿A qué ha venido toda esta mierda? ¿Te haces una idea del daño que le has hecho?

Todo mi cuerpo se tensa hasta un límite indecible. ¡Claro que lo sé! ¡Lo que quiero es gritar, destrozar esta puta fiesta hasta hacerla pedazos! ¡A nadie le importa Eden más que a mí! ¡A nadie!

Ted frunce el ceño sin dejar de observarme, como si hubiese sido capaz de ver lo que estoy sintiendo, como si mi mirada fuese un proyector... como si fuera así de obvio que estoy destrozado.

—¿Por qué coño lo has hecho? —pregunta, pero su tono cambia porque ha entendido que no está delante del general que ha ordenado el ataque, está delante del soldado al que han obligado a disparar.

Durante un segundo me quedo muy quieto, inmóvil otra vez, pero al siguiente reacciono y cabeceo.

—No te metas en mi vida —rujo amenazante.

No quiero que nadie me mire así. No quiero que hurguen dentro de mí. Duele, pero dejará de hacerlo y ella estará bien y será feliz y eso es todo lo que me importa.

Coja una copa de champagne de la bandeja del primer camarero que me la ofrece.

Me la bebo de un trago y la cambio por una nueva antes de que se mueva.

El empleado me observa suspicaz y yo lo fulmino con la mirada.

Le pago para que sirva alcohol en estas copas ridículas, no para que me juzgue por cómo me lo tomo.

Mi padre charla con dos inversores como si nada hubiese pasado. Por supuesto, la empresa es lo primero. Mi madre lo hace con Camille. Solo está siendo educada. Lo sé. Eden es demasiado importante en esta casa como para que simplemente lo deje pasar.

Camille camina hasta mí, con las manos elegantemente entrelazadas, sonriendo como si no hubiese pasado absolutamente nada. Eso hay que reconocérselo, ni un titubeo, ni una sonrisa mal colocada y, mientras, yo siento que acaba de arrasarme un tsunami.

—Alexander —me llama.

De pronto lo odio. Odio su voz diciendo mi nombre. Y recuerdo a Eden, llamándome entre frases de canciones, sonriéndome, con el viento revolviéndole el pelo en mi coche.

Basta.

Esto es lo que tienes que hacer, Vandervilt. Échale valor y hazlo.

La miro.

—Has tardado —comenta tranquila.

—Estaba hablando con Eden.

Camille me observa, estudiándome.

—¿Va a convertirse en un problema? —plantea.

Sé por qué lo dice. No son celos ni nada mínimamente romántico.

Entre nosotros no lo hay. Camille es como mi padre y lo que me está preguntando en realidad es si mi relación con Eden va a convertirse en un obstáculo para Verity Capitals, la compañía de la que es directora ejecutiva.

Aun así me molesta que piense que Eden podría ser un problema.

—No es asunto tuyo.

Camille da un paso hacia mí.

—¿Debería? —pregunta ladeando mínimamente la cabeza.

Yo suelto una risa sin humor, sin levantar los ojos de ella mientras un vuelco violento y primitivo por defender a Eden serpentea por todo mi cuerpo.

—Por supuesto que no —sentencio.

No digo nada más, no dejo que ella lo diga y echo a andar.

Me saco el teléfono del bolsillo de los pantalones. Solo quiero escuchar su voz. Solo quiero saber que está bien. Aprieto los dientes.

Contrólate, joder.

—Alexander.

La voz de mi padre me saca de mi ensoñación.

—La prensa llegará en veinte minutos —me informa—. Gracias a la estúpida idea de relaciones públicas de guardar el secreto de tu compromiso hasta anunciarlo hoy para dar una sorpresa mediática, conseguiremos que la empresa no se vea afectada por el cambio de prometida.

La rabia me sube hasta la garganta.

—Eres consciente de que Eden es una persona, ¿verdad? No una maldita pieza de ajedrez.

—No he sido yo quien la ha humillado públicamente.

Mi respiración se vuelve irregular porque el condenado enfado se hace insoportable.

—No vuelvas a mencionarlo —rujo a punto de perder el control.

Mi padre me mantiene la mirada.

—Peter Lockhart casi rompe nuestra asociación aquí mismo —replica con la voz demasiado baja, endurecida—.

¿Sabes cómo nos habría afectado eso? Las pérdidas habrían sido incalculables solo porque tú has querido ir de héroe.

Tienes suerte de que esa chica te siga queriendo incluso después de lo que le has hecho y le haya pedido a su padre que lo deje estar.

Tengo que bajar un momento la mirada mientras mi respiración se vuelve aún más torpe. ¿Eden ha seguido preocupándose por mí?

—La prensa...

—No, joder —lo interrumpo—. No voy a salir ahí fuera a hablar de mi compromiso.

No pienso aparecer en los medios, en Internet, celebrando mi compromiso con Camille. No voy a permitir que Eden tenga que verlo.

—Es necesario oficializarlo.

—Apáñatelas sin mí.

—Eres el CEO del Vandervilt Group, Alexander. Compórtate como tal —me exige.

Y ahí está otra vez. La empresa. Siempre la empresa. El imperio. El apellido. Toda esa mierda que llevo años defendiendo y que ahora mismo solo consigue hacerme sentir como un hijo de puta.

—¿Sabes cuál es el problema? —pregunto bajo, con una calma que es solo el ojo del huracán, con el inicio de una sonrisa vacía en los labios.

Mi padre tensa la mandíbula.

—¿Cuál?

—Que por primera vez no estoy seguro de que merezca la pena.

Su expresión cambia, como si por un segundo visualizara el verdadero problema, pero, sea lo que sea lo que piensa, lo aplaca. Son años de «el Vandervilt Group es lo primero» haciendo su trabajo.

—Te recuperarás —afirma, y lo hace como si estuviéramos hablando de un resfriado.

Yo me quedo muy quieto. Alguien lo saluda a unos pasos, él pone su mejor sonrisa ensayada y camina en su dirección.

Miro a mi alrededor y no debería porque odio todo lo que veo. El salón sigue lleno de gente. Las luces. Las flores. La fiesta que mi madre organizó para Eden.

Joder.

Me paso la mano por la cara. Necesito aire. Necesito silencio. Necesito dejar de recordar cómo me ha mirado. «Has preferido destrozarme delante de todos antes que creer en mí.»

Subo las escaleras casi sin darme cuenta. Me encierro en mi dormitorio. Trato de respirar despacio. Calmar este maldito huracán mientras doy paseos inconexos como un ratón en un laberinto, pero sencillamente no soy capaz.

Ya tengo lo que quiero, ¿no? Una mujer capaz de racionalizar que su prometido haya salido a hablar con otra mujer.

Una persona fría a quien solo le importe su empresa y algo, quizá, la mía.

Lo entiende todo. Rompo a reír, aunque no hay ni un rastro pequeño de humor ahí, pero es que no se me escapa la ironía de esta especie de revelación.

Tengo lo que necesitaba y ahora soy yo el que está a punto de perder los putos papeles.

De pronto mi cama entra en mi campo de visión y con ella el vestido de Eden perfectamente doblado.

El que se empapó cuando Val la tiró a la piscina.

Antes de que mi mente registre el pensamiento, lo cojo, hago lo más patético del mundo y lo huelo, pero mi corazón protesta porque lo han lavado y ya no huele a ella.

Aprieto la tela entre los dedos. Creo que me habría conformado con cualquier cosa, incluso el olor a cloro de aquella noche me habría valido.

Me estoy volviendo loco.

No ha montado ninguna escena. No ha gritado. No ha llorado. No me ha suplicado nada. Ha aguantado. Ha aguantado con la dignidad y el amor propio brillando en ella. Los ojos vuelven a llenárseme de lágrimas.

—Ha aguantado, joder —murmuro.

La puerta se abre y aprieto el vestido instintivamente, como si hubiesen venido a quitármelo.

—¿Qué coño ha pasado? —exige saber mi madre caminando hasta colocarse en el centro de mi habitación.

Un taco. Eso solo significa que esta vez me he coronado. Eleanor Vandervilt, la mujer más elegante de Manhattan, solo habla de verdad cuando está cabreada de verdad.

—Estoy valorando seriamente la posibilidad de matarte con un chuchillo de postre, Alexander.

De pronto reconoce el vestido que tengo entre las manos. Su expresión se suaviza, pero un segundo después se llena de confusión.

—Por Dios, dime que no estás enamorado de esa niña y aun así has hecho lo que has hecho esta noche.