La noche que encendimos Nueva York 20 #2
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20 #2

Manhattan me llama al fondo. Es imposible verla desde aquí y al mismo tiempo es una especie de faro.

Avanzo un poco más hasta detenerme junto a la balaustrada y me permito cerrar los ojos. Duele. Duele de una manera ridícula. De una manera enorme.

No se parece a nada que haya sentido antes.

Si Alexander amara de verdad a Camille, creo que todo sería más fácil.

La frase aparece en mi mente y, por un momento, doy por hecho que sí, definitivamente estoy teniendo un brote psicótico, pero no tardo un segundo completo en entenderme a mí misma.

Si él la amara, yo podría odiarlo, odio pasional, lo que cimenta los triángulos amorosos y el noventa y siete por ciento de las telenovelas de Televisa.

Me habría podido arrancar a Alex del pecho con rabia, con orgullo, con algo limpio.

Pero esto es diferente. Él la ha elegido porque cree que me está protegiendo a mí, porque cree que ella es lo que él necesita.

Jamás discutiría ese punto porque estoy segura de que es verdad.

Estoy convencida de que Camille es inteligentísima, afilada en los negocios, una alta ejecutiva, quizá incluso tenga su propia empresa.

Será fría, nada que resulte alarmante, racional, nada que la haga parecer más fría, y entenderá no ser la prioridad de Alex... porque nunca lo ha sido.

Alex la ha elegido porque es lo opuesto a mí.

Para demostrarme que lo nuestro no tenía futuro.

Para que no lo tengamos.

—Eden.

Su voz. Mi cuerpo reacciona a ella incluso si ya no es lo que quiero y me odio un poco por ello. Reprogramación emocional, me pregunto si habrá una app que haga eso.

¿Qué demonios hace aquí? Otra vez tengo ganas de reírme, ¡porque es que lo sé! ¡Y todo empieza a ser surrealista y ridículo, como si los Monty Python y Danielle Steel escribieran el guion de mi vida!

—No deberías estar aquí —le recuerdo.

Sé que está a unos pasos de mí, pero me niego a girarme.

—Lo sé.

Una risa pequeña, sin humor, se me escapa.

—Celebro que al menos seas consciente de eso. Ahora creo que sería mejor si te largaras.

Se queda en silencio y otra vez saltan los viejos resortes. El vacío que deja la comodidad que los llenaba antes, las ganas de ocuparlos con palabras, con bromas malas, con una vida que ha perdido el derecho de que comparta con él.

—Intenté que las cosas no fueran así.

—No sabía que un cartel internacional te había obligado a que te presentases con Camille.

—Sabes perfectamente lo que quiero decir.

—¿La Bratva, entonces? —planteo mordaz, disimulando las toneladas de tristeza que siento por dentro a la vez que me giro.

—Deja de decir estupideces. —Hay una grieta y la rabia, entremezclada con el dolor, con algo parecido a la desesperación, se escapa por ella.

—No intentaste una mierda, Alex —replico casi gritando.

Mi respiración se entrecorta, pero aguanto el tirón, el tipo, lo que tenga que aguantar aquí, maldita sea.

Él me mira, no solo a los ojos, recorre mi rostro entero antes de volver a ellos. Un millón de emociones diferentes cruzan los suyos como si fueran el desfile de Navidad.

—Eden...

—Vete con tu prometida, Alex —estallo señalando hacia la puerta, avanzando un paso hacia él, que avanza otro también y de pronto estamos demasiado cerca—, que, aparentemente, es perfecta para ti.

—No me cargues con todo esto a mí —me recuerda enfadado, dolido, juraría que asustado—. Hablé con mi padre para cancelarlo todo, contigo, pero no quisiste escucharme, así que no me quedó otra que...

Se frena de golpe antes de pronunciar la palabra porque es como ponerle nombre a la mayor cabronada de su vida, pero aquí está Eden Lockhart, dispuesta a servir de taquígrafa para rupturas sentimentales con estilo.

—Demostrármelo —digo por él con una sonrisa tranquila y destrozada e insolente al mismo tiempo, el superpoder de los corazones rotos—. Destrozándome.

—No, protegiéndote.

—Perdona que no me sintiera muy protegida cuando el hombre al que quiero ha aparecido con otra mujer en mi maldita fiesta de compromiso.

Decirlo en voz alta lo hace real y los ojos se me llenan de lágrimas. Consigo que solo caiga una y me la seco con rabia justo cuando él había levantado la mano para hacer lo mismo.

Ese detalle me molesta muchísimo, como echar gasolina a una condenada hoguera.

—¿Crees que puedes hacerme llorar y limpiarme las lágrimas luego? —le advierto alejándome de él.

—Esto tampoco está siendo fácil para mí —prácticamente grita, como si él también estuviese bordeando un precipicio con demasiado miedo a caer y con el mismo miedo a permanecer en pie—. ¿Crees que no me ha costado la puta vida entrar aquí con ella, mirarte a ti y decir que era mi prometida?

—¡Pues no haberlo hecho!

—¡Tenía que hacerlo, joder!

Sus ojos se encuentran con los míos y el corazón me da un vuelco por él, porque sé que está sufriendo, sé que le está doliendo tanto como a mí, ¡pero es que él nos ha puesto aquí!

—Tenías que entenderlo —añade más bajito, más destrozado, y sus ojos se vuelven brillante por las lágrimas—. No voy a aprovecharme de ti, no voy a hacerte infeliz, Eden. No podría —sentencia.

Lo escucho. Lo entiendo. Lo creo.

Doy un paso hacia él.

—Tú no me has protegido, Alexander. Tú has preferido destrozarme delante de todos antes que creer en mí.

En que sabía lo que quería, en que lo conocía, en que podríamos haber sido felices, de verdad.

Por eso, esta vez, entenderlo no es suficiente.

Alex se queda muy quieto, mirándome, asimilando el golpe. Yo ya he dicho todo lo que tenía que decir, así que doy un paso atrás, siento algo romperse definitivamente entre nosotros, un hilo, una conexión, y me dirijo de vuelta a la fiesta.

Solo he recorrido un par de pasos cuando vuelvo a detenerme. Me giro. Alexander me mira con una esperanza kamikaze y torpe en los ojos. Yo siento lo mismo. Lástima de que él haya dejado claro que nada entre nosotros es suficiente para convertirnos en la opción correcta.

—Disfruta de tu fiesta de compromiso —remato.

Me vuelvo.

Camino.

Me alejo.

Ahora ya puedo irme.