20
Eden
—No.
La palabra sale en un murmullo casi inaudible de mi boca, pero también se queda clavada dentro de mí, en algún lugar entre mi garganta y mi pecho, mientras el mundo sigue girando de una manera completamente incomprensible... sin mí.
La música ha dejado de sonar. Los invitados se miran los unos a los otros en un extraño silencio, aunque sobre todo me miran a mí, a Alex, a esa mujer perfecta y maravillosa a su lado.
Yo solo lo veo a él, a Alexander... y a ella, a ella también la veo y solo su sonrisa, entrenada para no dar ni una muestra de debilidad, me hace comprender lo diferentes que somos, que ella es sofisticada, medida, afilada.
La mujer que él necesita.
Ella, no yo.
Su prometida .
La palabra encuentra la forma de abrirse paso por mi cuerpo como si fuese una cuchilla.
Alex sigue mirándome, yo sigo dejándole que lo haga y lo peor de todo es que no está relajado ni feliz.
No parece el hombre que acaba de anunciar algo lógico, conveniente, inteligente, como se anuncian los acuerdos empresariales o las fusiones o los resultados trimestrales.
Parece alguien que ha apretado el gatillo sabiendo exactamente a quién iba dirigida la bala y ha odiado cada segundo de esa trayectoria.
En otro universo, esperaría a que se moviera, se retractara, nos salvara, pero lo conozco lo suficiente para saber que no va a hacerlo porque ha tomado la decisión que cree correcta.
Y aun así...
Aun así, deseo que sí lo haga, sueño con que lo haga. Un miedo muy primario se activa dentro de mí: el rechazo. Porque yo elijo seguir confiando, incluso ahora, incluso cuando no debo, y él ha elegido pensar que no tendríamos una mísera oportunidad.
El silencio nunca dura en una fiesta de la alta sociedad y poco a poco la normalidad va ganando la partida a los corazones rotos.
La música vuelve, el tintineo de las copas, se atreven los primeros susurros, aunque las miradas siguen posándose en mí mientras presencio la llamada a posiciones en el deporte preferido de esta gente: comentar un acontecimiento que ha hecho sangrar a uno de los suyos en directo.
—¿Qué demonios...? —musita Val a mi lado.
Alex continúa con la mirada fija en mí un segundo más, el que sé que más va a doler, y después mueve la cabeza muy despacio hacia Camille.
Ella sonríe impecable mirándolo y todos entienden que es verdad. Alexander Vandervilt acaba de echar de su vida a Eden Lockhart.
Siento que algo se me cae dentro. No de golpe. No como un cristal rompiéndose. Más bien como si alguien hubiese apagado todas las luces de una ciudad una a una hasta dejarla a oscuras por completo.
Trago saliva.
«Respira, Eden —me suplico—. Respira. No le des el gusto de romperte delante de él.»
—Eden —me llama mi madre muy bajito, colocándose frente a mí, tratando de tapar con su cuerpo la imagen de Alex y Camille, pero es demasiado tarde. No creo que pueda olvidarla nunca, aunque me mudara a una aldea inuit en el Ártico y no volviera a tenerlos delante.
Da un paso más dispuesta a abrazarme, pero yo levanto una mano apenas un par de centímetros para detenerla.
El gesto forma parte de mi plan integral para no desmoronarme en mitad de una fiesta que era para mí pero ha cambiado repentinamente de protagonista, porque, si alguien me toca ahora, aunque sea con la punta de los dedos, voy a caer destrozada.
Así que, en lugar de eso, tomo una bocanada de aire y me obligo a sonreír.
Es una sonrisa pequeña, educada, probablemente horrible, pero suficiente para que nadie pueda decir que Eden Lockhart no aguantó el tipo con mucha clase.
Lo siguiente es más complicado, mucho más. Camino hacia él. Inmediatamente siento a Val, a Mellow, a Ted, saliendo tras de mí.
—Eden —me llama mi hermana, muy bajo, con advertencia, con miedo.
Pero no me detengo.
Mis tacones suenan contra el suelo con una precisión que casi me hace gracia. Me recuerdo a mí misma hace menos de una hora, mirándome al espejo, sonriendo. Desde luego, el que dijo que nunca ves venir el alud hasta que lo tienes encima, era un sabio moderno.
Alex me ve acercarme. Aprieta la mandíbula sin poder despegar los ojos de mí. Bien. Ojalá le duela. Ojalá le duela tanto como me está doliendo a mí.
Cuando llego hasta ellos, Camille también me observa con una mezcla de curiosidad y estudio, como si estuviese evaluándome. Debería decirle que se ahorre el esfuerzo. Yo no me quedo donde no me quieren y no le entrego los pedazos de mi corazón a quien lo ha roto.
Vuelvo a sonreír. Me sorprende lo bien que se me da hacerlo en semejantes circunstancias.
—Enhorabuena —digo con la voz clara.
Recuerda, Eden, no te rompas. Él no se merece verte caer.
Camille curva los labios sorprendida, aunque el gesto desaparece pronto porque es capaz de controlar lo que enseña al mundo.
—Gracias.
Entonces miro a Alex y, en contra de mi voluntad, por un momento, vuelvo a sentir el taxi; la puerta de su habitación contra mi espalda; sus labios contra los míos; «Tú me importas, Eden», escrito en un mensaje de WhatsApp.
Todo eso ha sido verdad, pero ahora está esta horrible mentira colocada encima. No soy tonta. Sé por qué Alex se ha presentado aquí con ella, sé por qué la ha elegido, pero eso no significa que duela ni una milésima menos.
—Enhorabuena, Alex.
Sus ojos grises se vuelven metálicos al oír esas dos palabras, aunque francamente creo que ha sido el hecho de oír mi voz. Podría haber dicho «Sus patatas, gracias» y habría reaccionado igual.
—Eden...
Niega casi imperceptiblemente, como si no supiera qué quiere decir o como si quisiera decir demasiado y no pudiera permitirse ni una sola palabra.
Ladeo la cabeza con una calma que no siento.
—Espero que seáis muy felices.
Ahí la veo, su reacción, pequeña, algo que se le habría escapado a cualquier otra persona que no lo conociese tan bien, pero yo me doy cuenta de que su respiración se engancha un segundo porque el corazón le tropieza contra las costillas, y de que aprieta el puño de la mano derecha con rabia porque quiere tocarme y no puede hacerlo.
Y me alegro y sé que es algo irracional, sin ningún tipo de sentido porque no cambia nada, pero, si yo no puedo salvarme de esto, al menos, quiero que él tampoco salga intacto.
Me giro antes de que pueda responder y avanzo por el salón sintiendo cómo todos me miran. Ha sido humillante y ha sido público.
—Eden, vámonos —dice Val alcanzándome.
Observo a mi alrededor. No tardo en localizar a mi padre hablando con el señor Vandervilt un poco apartados de los demás.
Es obvio que Sullivan Vandervilt está tenso y muy enfadado, capeando el temporal; para él la empresa es lo primero y después la imagen de la empresa, y hoy su hijo ha golpeado ambas cosas.
Mi padre está más cabreado de lo que he visto nunca, conteniéndose para no armar un escándalo y no hacer mi situación más complicada.
—No quiero que papá y el señor Vandervilt se peleen —le pido a mi madre.
No lo hago por Alex, aunque todos lo piensen, es porque no quiero más cabos sueltos ni más asuntos pendientes.
Mi madre me observa unos segundos; no sé qué piensa, la verdad... Creo que se lo pido por Alex o por los Vandervilt, pero no es así. Es porque, en mitad de todo esto, ya he tomado una decisión.
Discreta, camina hacia los dos hombres, los interrumpe educadamente y dice algo. Mi padre me mira sorprendido, pero más aún lo hace el señor Vandervilt.
—En serio —insiste Val—, larguémonos.
—Sí, esta fiesta es patética —añade Mellow subiendo el tono de voz con el adjetivo para que les quede claro a todos.
Ted observa a Alex y no sé qué quiere hacer, si quedarse a mi lado para apoyarme o correr hasta el suyo para darle una paliza.
—Podemos hacer lo que quieras —me propone mi hermana—. Nos vamos a Manhattan y no volvemos en dos días o nos atrincheramos en casa o...
—No —la interrumpo con un golpe de voz.
Un aluvión de lágrimas me sube a los ojos de golpe de repente, incluso me asusto porque no me lo esperaba y ha sido realmente rápido, pero, gracias a Dios, consigo pararlo a tiempo.
Val, Mellow, Ted, fruncen el ceño. Supongo que piensan que estoy sufriendo un brote psicótico por querer quedarme, pero son lo suficientemente amables para no decirlo.
—Peque... —empieza a hablar Ted, pero yo niego con la cabeza suavemente.
—No voy a salir corriendo —me explico bajito—. No voy a darle eso.
Él no responde, lo cual ya es un hito, pero lo que realmente marca la diferencia es la manera en la que me mira, como si esta situación, yo ahora mismo, fuésemos lo que más tristeza le hemos provocado nunca.
—Aguantaré un rato más y nos marcharemos —trato de tranquilizarlos.
—Cariño... —me llaman a mi espalda.
Cierro los ojos, suplicándome por aguantar el tipo antes de girarme. Es la señora Vandervilt.
—Te prometo que no lo sabía —me explica.
Yo asiento y otra vez tengo que aguantar el tirón porque es la misma persona que me recibió hace menos de una hora, que me dijo orgullosa que esta fiesta era para mí. Algo en mi interior rompe a reír por lo estúpidamente feliz que estaba al entrar aquí.
—No se preocupe, señora Vandervilt. Está todo bien.
Es mentira. Nada lo está.
Ella niega con la cabeza con la respiración casi entrecortada.
—Eden...
—Voy a tomar un poco el aire —la interrumpo.
He dicho que iba a quedarme y pienso hacerlo, pero ahora mismo necesito un respiro.
—Voy contigo —dice Val al instante.
—No —le pido.
Mi hermana se queda quieta. Sé que quiere protestar. Sé que quiere acompañarme, pelear conmigo, sostenerme o incendiar la mansión entera, todo a la vez, pero decide no presionar.
—Dos minutos —cede al fin—. Si no vuelves, voy a buscarte.
—Los tres —sentencia Mellow.
Asiento y salgo a la terraza.
El espacio de losas blancas me recibe enorme, lleno de la ligera brisa que necesito ahora, moviendo las copas de las decenas de enormes árboles alrededor, acallando el ruido de la música que continúa sonando porque ya pertenece a otra persona.
Pierdo la mirada al frente. Trato de pensar ordenadamente, pero es complicado. Trato de no hacerlo y es aún peor.