La noche que encendimos Nueva York 19
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Eden

Paso por su lado y voy hasta la puerta. Justo antes de salir me giro sin detenerme. Alex sigue quieto, en el mismo sitio.

Ya he dicho todo lo que tenía que decir.

No voy a presionarlo. Tampoco estoy enfadada con él.

Está haciendo lo que cree que es mejor para mí, protegiéndome.

Lo que no ve es que no necesito que me protejan ni de él ni de la vida que tendría con él.

Alex es mi elección y sé de sobra a lo que me enfrento, sé perfectamente cómo es, lo que haría y, ahora mismo, soy capaz de entender todo eso mejor que él.

***

Los días pasan uno tras otro. Alex y yo no volvemos a hablar. Tampoco nos vemos ni comemos juntos. Tenía derecho a pensar, a decidir, a tener su espacio para hacerlo.

—¿Estás lista, cariño? —pregunta mi madre entrando en mi habitación.

Asiento con una suave sonrisa y mi mirada puesta en el espejo frente a mí.

Me encanta mi vestido. Es blanco, muy sencillo, por encima de las rodillas con un poco de vuelo a partir de la cintura.

No tiene mangas y el escote es muy suave.

Lo que más me gusta es que la tela en la espalda se convierte en bordado con la forma de una mariposa.

—Estás preciosa —añade deteniéndose junto a mí, observando mi reflejo—. Y apuesto a que un poco nerviosa.

Las dos sonreímos.

—Sí, lo estoy —le doy la razón—, pero también es lo que quiero.

—Lo sé —responde mi madre feliz, tomándome de los hombros y dándome un beso en la sien.

Val y mi padre nos esperan abajo y todos juntos vamos a la mansión Vandervilt, a mi fiesta de compromiso con Alex.

La propiedad, normalmente preciosa y sumamente elegante, hoy parece serlo un poco más. Las flores, las luces, las mesas. Eleanor, Lea, la madre de Alex, no ha dejado un solo detalle al azar.

—Qué bien que ya hayáis llegado —sale a nuestro encuentro precisamente la señora Vandervilt.

Me da un abrazo y deja su brazo alrededor de mis hombros mientras caminamos hacia el interior de la mansión.

—Espero que te guste —me dice—. Es por completo en tu honor.

El padre de Alex le ofrece una copa al mío y se quedan charlando.

Sonrío.

—Gracias.

—Bueno, también es en el de tu hijo —le recuerda mi madre.

La señora Vandervilt hace un gesto de fingido desagrado con la mano.

—Ese chico ni siquiera aprecia que me preocupe por su feng shui —se queja—, así que para nada, esta fiesta es solo para nuestra Eden.

Mi madre, la señora Vandervilt, Val y yo volvemos a sonreír.

—Todo está increíble —comento.

—Gracias, cielo —contesta sincera.

La siguiente media hora se parece un poco a un borrón de sonrisas y caras nuevas. La señora Vandervilt me presenta prácticamente a todos los invitados, la mayoría personas de negocios o gente influyente de Nueva York. También están Ted, Mellow y el director de mi máster en el MoMA.

—¿Y Alex cuando piensa aparecer? —le pregunta Mellow a Ted.

Ellos dos, Val y yo nos escapado discretamente a la zona del salón junto a los ventanales que dan a la terraza para bebernos una copa de champagne y charlar un poquito.

Ted se encoge de hombros.

—No lo sé. No hablo con él desde ayer por la mañana. Seguro que ha tenido lío en la oficina.

—Lío en la oficina —repite mi hermana pensativa—. Suena a nombre de grupo de música de los ochenta.

—O a película de Chevy Chase de los ochenta —replica Ted.

—Me encanta Chevy Chase —digo con una sonrisa.

Mellow me señala bebiendo de su copa, no una tipo flauta, sino de esas con las que el gran Gatsby mira a cámara. Aquí hay mucha clase.

Oímos algo de ruido en el vestíbulo. La señora Vandervilt es la primera en llevar la mirada hacia esa zona y automáticamente su expresión cambia. Yo frunzo el ceño confusa. Apenas un minuto después, Alex entra, pero no lo hace solo. Una mujer rubia con un Chanel increíble lo hace junto a él.

—¿Qué está pasando? —murmura Val absolutamente perdida, detectando como yo que algo no va bien.

—Pueden prestarme un segundo de atención —pide Alex alzando la voz lo justo.

Los invitados poco a poco van guardando silencio y, por un gesto de la señora Vandervilt, la música se detiene.

—Les agradezco a todos que hayan venido —empieza diciendo— porque tengo un anuncio que hacerles. Ella es Camille Ashcroft.

Se gira hacia la mujer. Ella sonríe y da un paso hacia él, prácticamente tocándose.

Alex mueve la mirada y por fin atrapa la mía, como si hubiese sabido dónde estaba desde que ha entrado. Durante el siguiente par de segundos no dice nada, como si estuviese tratando de memorizarme, y el corazón se me encoge en el centro del pecho.

Toma una suave bocanada de aire.

—Mi prometida —sentencia.

No.