La noche que encendimos Nueva York 18
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Alexander

Mi padre sale del despacho mientras yo tengo la mirada clavada al frente, con una sensación de cruel impotencia recorriéndome el cuerpo, con la rabia complicándolo todo mucho más.

Mi madre se levanta despacio, con esa calma que sabe comerse a bocados la energía ilimitada cuando la situación de verdad lo necesita. De pequeño pensaba que era su superpoder.

—Sé que no estás enamorado de Eden —me dice acercándose, colocando su mano en mi antebrazo con cariño—, pero ella es feliz solo con tenerte cerca. Eso es más de lo que mucha gente tiene.

—Eso es otra manera de decir que acepte lo que me da sin ofrecerle nada a cambio.

Mi madre me observa, pero no responde porque sabe que tengo razón y que es injusto y egoísta.

—Acabarás viéndolo de otra manera —me asegura con una sonrisa vacía y triste antes de salir de mi estudio.

En cuanto me quedo solo, siento como si me robaran el aire de golpe pero aguanto el tirón.

No voy a permitirlo. La idea cruza mi cabeza tan rápido que asusta, pero eso también me da igual. Pienso. Resolver putas crisis es lo mío. Es lo que mejor se me da.

Lo veo claro. Mis padres siempre pondrán el Vandervilt Group por encima de Eden, pero los suyos no. Tengo que hablar con ella, para que les diga a Peter y a Mary Anne que no quiere casarse. En cuanto lo haga, los Lockhart lo pararán todo y mi padre no tendrá nada que decir.

Me saco el teléfono del bolsillo interior de la chaqueta, marcó su número y me lo llevo a la oreja.

—Vamos, Eden, cógelo —prácticamente gruño impaciente, caminando de un lado a otro de mi despacho.

Pienso vagamente que apenas son las nueve de un domingo y que probablemente todavía esté durmiendo. También pienso que está despierta y simplemente no quiere cogerme el teléfono después de lo que pasó anoche. Aprieto los dientes. Prefiero no pensar en la segunda opción.

—¿Alex? —responde con la voz adormilada al otro lado.

Un extraño alivio me recorre al poder olvidarme de la maldita segunda opción.

—Tenemos que hablar —respondo sin dudar.

Hay unos segundos de silencio al otro lado, como si estuviese terminando de despertarse. Después oigo ruidos, ella apartando las sábanas, levantándose.

Mi mente decide que es un gran momento para recordarme que estaba en la cama, que yo podría estar en esa cama, encima de ella. Cierro los ojos mortificado y aún más cabreado. No es el maldito momento, joder.

—¿Qué quieres? —dice por fin.

Y me doy cuenta de que su tono cambia, así que quizá haya descartado demasiado rápido la idea de que no quiere hablar conmigo y solo ha contestado porque estaba demasiado dormida para pensar.

—El matrimonio concertado —contesto directo—. No puede ser.

Otro puto segundo de silencio. Me estoy arrepintiendo de haber decidido llamarla en vez de presentarme en la mansión Lockhart. «No es tarde», me digo.

—Tu padre ya ha hablado contigo, ¿eh?

No suena sorprendida. Suena resignada. Como si hubiese anticipado que reaccionaría así.

Salgo de mi estudio y me dirijo al vestíbulo.

—No puede ser —repito—. He intentado hacérselo entender a mi padre, pero ha sido inútil. Tienes que hablar con tu familia, decirles que no quieres esta boda. Tus padres te escucharán y podremos parar esta locura.

Me monto en el Maybach. Me aparto el móvil de la boca para decirle a mi conductor a dónde vamos. Solo una palabra: Lockhart.

Eden vuelve a quedarse callada.

—¿El beso te gustó? —pregunta de pronto.

Siento como si hubiesen tirado de la alfombra bajo mis pies y casi a la misma velocidad la tensión de mi cuerpo se transforma en otra cosa y lo arrasa con fuerza.

—Eden, esa no es la conversación que debemos tener —trato de reconducirnos.

—Contéstame.

Pero, como era de esperar, ella no me lo permite.

Me paso la mano por la cara a la vez que resoplo. El recuerdo llega igual, de golpe, inundándolo absolutamente todo. Sus labios, lo jodidamente bien que olía, las ganas creciendo más y más, sin calmarse, gritando.

—Sí, me gustó —respondo sincero.

Un pequeño silencio, pero esta vez no me molesta porque sé que está pensando en ese beso y algo kamikaze y temerario dentro de mí quiere que lo haga.

—A mí también.

Adoro esa respuesta. Me complica la vida. Ni siquiera debería escucharla.

—Eden...

—¿Te importo, Alex?

Esa respuesta está aún más clara, pero lo hará todo mucho más difícil.

—¿A dónde pretendes llegar?

—Contéstame.

—Joder, Eden, por supuesto que me importas —respondo desesperado.

—Y tú me importas a mí. ¿Por qué tienes que luchar contra lo que está pasando?

—Porque no debería pasar.

El coche se detiene en la entrada, me bajo un segundo antes de que lo haga totalmente y voy flechado hacia la entrada de la mansión. Llamo y un puñado de segundos después estoy dentro.

—¿De verdad sigues pensando que soy una cría?

—Eden.

—Después de besarme como lo hiciste, ¿lo sigues pensando? —me presiona en busca de una respuesta que no quiero darle.

—No —confieso al fin.

—¿Entonces?

Tomo las escaleras a la primera planta.

—Eden, me tienes idealizado. —Necesito que lo entienda de una maldita vez—. Crees que sabes cómo soy, pero no es verdad y, cuando lo descubras, no vas a querer estar casada conmigo.

Es sencillamente imposible y no pienso atraparla como un pájaro en una jaula, pero entonces se ríe y eso me deja completamente descolocado. No es algo escandaloso, es pequeño, tierno, casi condescendiente, y sé que se está riendo de mí.

—Yo ya te conozco de verdad, Alex, y te quiero incluso con todo lo que tú piensas que no podría querer.

Entro en su habitación en ese preciso momento y ella me mira como si ya me esperase. La visión me deja noqueado. Está junto a la ventana, despeinada, en pijama, descalza, y nunca había tenido tantas ganas de tocarla como ahora.

Su frase se me mete bajo la piel sin darme oportunidad de luchar, aunque tampoco habría ganado de haberla tenido. Trago saliva. Pero en el fondo solo ha sido la confirmación de lo que ya sé, de que está idealizando la relación que tendríamos, otra vez a mí.

Lanzo el móvil sobre la cama y echo a andar hacia ella. Tengo que parar esto antes de que nos arrepintamos los dos.

—Sabes que soy frío.

—Sí —responde con seguridad, con dulzura, siendo exactamente ella.

—Egoísta.

—Sí.

—Que el puto Vandervilt Group es lo primero.

—Sí.

—Y crees que no te importa —continúo deteniéndome frente a ella, más cerca de lo que debería—, pero, dentro de una semana, un mes, un año, lo hará.

¿Cómo te sentirás cuando estés triste por algo y yo sea lo suficientemente frío para decirte que estoy en una reunión y no puedo ir a verte?

, ¿cuando montes tu primera exposición y quieras compartirlo conmigo pero yo esté resolviendo una crisis en Tokio?

—Tú nunca dejarías que pasaran esas cosas.

Fe ciega, confianza incondicional, eso es lo que siente por mí y, ¡joder, la adoro por eso, pero no puedo usarlo a mi favor!

—Sí, Eden, sí lo haría porque tengo que hacerlo. Y tú tienes que hablar con tus padres y tienes que parar esto. No voy a ser el cabrón que te meta en una vida desgraciada donde seas infeliz todos los días; a ti, no.

No me lo perdonaría jamás.

Cierro la mano, controlando el impulso de tocarla, la decepción porque sé que no voy a hacerlo. Doy el primer paso atrás, luchando contra todas esas ganas. Me obligo a dejar de mirarla y por fin doy media vuelta y me dirijo hacia la puerta.

—¿Recuerdas cuando mi abuela murió? —la pregunta me detiene en seco, aunque no me vuelvo.

Otra vez ese algo dentro de mí se convierte en adivino y adelanta acontecimientos, susurrándome que es mejor que mantenga las distancias, las barreras—.

Había pasado una semana desde el funeral, estaba en un supermercado de la 26 Oeste y empecé a llorar sin ningún motivo.

Te llamé y tú dejaste una reunión de la junta para venir a recogerme.

Me llevaste al Four Seasons, contrataste todas las películas que ofrecía la tele del hotel y las vimos comiendo palomitas del servicio de habitaciones.

—Eden...

Me vuelvo. Es imposible que no lo haga. Claro que recuerdo ese día y también por qué hice lo que hice.

—¿Y mi graduación en Columbia? Se suponía que no podías venir, ni siquiera debías estar en el país, pero obligaste a tus socios a tener la reunión de madrugada, volaste toda la noche y llegaste a tiempo.

Doy un paso hacia ella. No quiero decir lo que tengo que decir, pero la única manera que tengo de protegerla es que lo entienda.

—Sí, hice todas esas cosas y otras muchas, pero estás confundiendo responsabilidad con amor. Siempre he cuidado de ti, Eden, y, lo creas o no, es lo que estoy haciendo ahora. No estoy enamorado de ti. Nunca voy a estarlo.

«Ríndete conmigo, por favor.»

«No lo hagas.»

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque no eres lo que necesito.

Noto el golpe. Sé que le he hecho daño. Lo odio. Odio la puta situación.

—¿Ves como soy un egoísta de mierda?

Pero ella no me da la razón, no me dice que soy un capullo, no me grita que me odia. Da un paso hacia mí y sencillamente alza las manos y me arregla el nudo de la corbata.

Eso me deja noqueado.

—No lo eres —afirma con la voz más dulce del mundo, creyéndolo de verdad—. No voy a hablar con mis padres y no es porque sea una inocente romántica que crea que el amor y el optimismo pueden con todo...

—Por Dios, Eden, eres exactamente eso —me quejo, pero no la aparto, no me alejo.

—Puede ser, pero no estoy decidiendo basándome en eso.

Lo hago porque de verdad creo que, si nos dejas, podemos tener una oportunidad y, sí, es obvio que no soy lo que necesitas igual que, siento decirlo —añade con una suave sonrisa, demostrándome que no lo siente en absoluto—, tú tampoco eres lo que yo necesito ni lo que elegiría si esto se eligiese objetivamente, pero sí creo que podríamos hacernos felices —concluye mirándome a los ojos.

Algo se calienta dentro de mí y ese algo prende una maldita mecha y me doy cuenta de que sería capaz de convencerme porque, joder, quién no querría tenerla cerca el resto de su vida. Sin embargo, no puede ser.

—No —sentencio negando suavemente con la cabeza—. No, Eden.

Pero ella ni siquiera me escucha, su sonrisa no se apaga, termina con el nudo de la corbata.

Desliza sus manos hasta que sus palmas descansan en mi pecho y, poniéndose de puntillas, me da un beso en la mejilla, demasiado cerca de mis labios para no fantasear con él, demasiado corto para no querer más.

Cierro los ojos al notar el contacto e instintivamente ladeo la cabeza, para que estemos más cerca, buscando más.

—Te están esperando en la oficina, señor Vandervilt —dice separándose apenas unos centímetros.