17
Alexander
Es la primera vez que no llevo a Eden a casa.
Frunzo el ceño. Es confuso. Incómodo. Da igual que Ted me haya tenido al tanto desde que ha salido del club con las chicas hasta que las ha dejado sanas y salvas a ella y a Valerie en la mansión Lockhart.
Por eso ahora estoy tumbado en la cama, a oscuras, intentado dormir pero sin conseguirlo. Flexiono uno de mis brazos y lo dejo caer por encima de mi cabeza mientras mi otra mano descansa sobre mi estómago.
Mentira.
Lo sé.
No es solo por eso. La he besado. He cruzado una condenada línea que se suponía que nunca iba a cruzar, y ¿lo peor?
Ha sido jodidamente increíble. Un beso con Eden ha sido mejor que follarme durante horas a cualquier otra mujer.
Puta tensión. Tiene la culpa de todo. La deseaba como un animal enjaulado, peor, como un crío de quince años...
Pero entonces Val apareció y fue como si me devolvieran el maldito sentido común a patadas.
Al principio me comporté y Dios sabe cuánto me costó.
Ya cuando la vi bajar las escaleras con ese vestido...
en fin, la habría cargado sobre mi hombro, encerrado en mi coche; ni siquiera habría necesitado una cama, solo quería tocarla, besarla, follármela.
Me dijo que teníamos que hablar; sabía cómo iba a ir esa conversación.
Eden no se esconde, no se protege, iba a sacar el tema abriéndonos en canal y, joder, era la peor idea de todas porque yo tendría que hacerle entender la verdad.
Y odio cuando me mira así, como si fuera un imbécil, como si la hubiese decepcionado.
«No voy a convencerte». Pronunció esas putas palabras y algo dentro de mí las tradujo como rendición, como si ella se estuviese rindiendo conmigo y, joder, fue insoportable... y una puta señal de alerta.
Debería querer que se rinda. Debería querer que deje de tenerme idealizado.
Que pase página.
Aprieto los dientes. Debería quererlo y lo tengo claro, pero, si todo eso pasa, no podré volver a tocarla. Nunca.
Golpeo la cabeza contra la almohada.
Eso es lo que tienes que querer, Vandervilt.
Me lo he dicho un puto millón de veces. ¿Han funcionado? Ninguna.
Me revuelvo incómodo y acabo cogiendo el teléfono. Me he obligado a no llamarla; a no ir a verla. Pero tampoco puedo dejarlo estar y esa es la verdadera razón por la que no puedo dormir. No quiero que ella piense que no me importa. Puede que no esté enamorado de ella, pero me importa.
Abro nuestra conversación de WhatsApp. Pienso. Escribo. Borro. Vuelvo a escribir. Vuelvo a borrar.
No tendría que haber perdido el control esta noche. Eden, me importas.
Lo envió. Lo lee. Las manos me arden esperando una respuesta... pero se desconecta sin enviarla.
Me contengo para no lanzar el teléfono a la otra punta de la habitación y me dejo caer de nuevo contra el colchón. La noche promete.
***
Me levanto aún más insoportable de lo que me fui a dormir.
Es domingo y no tenía pensado ir a la oficina, pero, tras darme una ducha, decido que es lo mejor.
Emplear toda esta maldita rabia en algo productivo...
y de paso ahorrarme que mi madre me diga que estoy pasando de carácter complicado a realmente difícil.
—Alexander, pasa al estudio —me llama mi padre cuando estoy a punto de alcanzar el vestíbulo.
—Tengo que ir a la oficina —me excuso sin detenerme.
—Es importante —insiste.
Yo me freno controlándome para no torcer los labios con disgusto. De todas las mañanas, ¿de verdad tiene que elegir esta?
—Cinco minutos —pronuncio seco, girándome y dirigiéndome a mi despacho.
Desde la puerta ya veo a mi madre dentro, colocando un pequeño jarrón con flores frescas en la estantería y dando un par de pasos atrás para controlar todo el aspecto de la estancia.
—El feng shui de está habitación es lamentable, Alexander —me riñe cuando entro.
—Hay cosas peores —respondo porque, como he dicho, estoy especialmente amable.
—Como tu carácter —replica.
Lo sabía.
—Podéis dejar que me vaya a la oficina y así no tendréis que lidiar con mi compañía —contesto caminando hacia la mesa y quedándome de pie tras ella.
—Si pudieras, vivirías allí.
—Debería —interviene mi padre acomodándose en el sillón al otro lado de mi escritorio—. El Vandervilt Group es lo primero.
Lo tengo jodidamente claro.
Mi madre toma asiento a su lado.
—¿Qué pasa? —pregunto acelerando lo que sea de lo que vaya esta reunión.
—Lo hemos estado pensado y hemos tomado una decisión —anuncia mi padre—. Los Lockhart llevan trabajando durante generaciones con nosotros, son unos socios comerciales muy valiosos y nos conviene que esa relación se cimente adecuadamente.
Mi cuerpo se tensa, como si algo dentro de mí hubiese adivinado antes que yo a dónde pretende llegar Sullivan Vandervilt.
Entrecierro los ojos sobre él con la advertencia en la mirada de que no se ande por las ramas.
—Hemos concertado tu matrimonio con Eden Lockhart.
—¿Qué?
El corazón me late con demasiada fuerza. Siento miedo. Siento rabia. Mucha. Demasiado. Visceral.
—Ni de coña —sentencio.
—¿Por qué? —pregunta mi madre sin entenderlo—. Eden es inteligente, adorable y una auténtica monada. Todos la queremos muchísimo. Creo que es el matrimonio concertado más orgánico que he visto nunca.
—Y la unión reforzará la empresa —añade mi padre— Nuestras acciones subirán exponencialmente.
Lo miro sin poder creer lo que está diciendo. Puedo entender a mi madre. Eden es increíble y, sí, se los tiene a todos ganados aquí, pero mi padre...
—No voy a casarme con Eden y mucho menos porque sea lo mejor para el Vandervilt Group.
Mi padre suelta un resoplido mordaz.
—No seas ingenuo, Alexander. ¿Por qué crees que se casan los hombres de nuestra posición?
—Me da igual por qué lo hagan los demás. Yo no voy a hacerle eso a Eden.
No estoy enamorado de ella. La deseo como un idiota, me importa, es mi responsabilidad, pero no la quiero. Y soy lo suficientemente cabrón como para casarme con cualquier otra chicha de la que no esté enamorado, pero no con ella.
—Eden lleva enamorada de ti desde siempre —me recuerda mi madre con una sonrisa.
—Precisamente por eso, joder —estallo—. Me tiene idealizado. Piensa que soy mejor de lo que soy, mucho mejor. No me ve de verdad y, el día que lo haga y lo comprenda, no va a quererme cerca de esa manera.
Es un puto rayo de sol y yo a veces creo que perdí la humanidad en mi primera junta de accionistas.
—Eden estará encantada —insiste mi madre.
—¿Sí? ¿Lo estaría al comprender que lo primero para mí es el Vandervilt Group? ¿Cuando se diese cuenta de que lo ha entregado todo a un matrimonio que no la ha convertido en una prioridad?
Mi madre aparta la mirada y por un momento me siento mal por lo que he dicho, por ella, pero es que estamos hablando de Eden, maldita sea, no puedo dejar que le hagan daño.
—Eden entenderá que eres el CEO de una de las compañías más importantes de la historia... —argumenta mi padre sin ver más allá del negocio.
—Eden no podrá soportar algo así y yo no voy a ser el cabrón que la ponga en esa posición.
No sabe querer a medias. No ha sabido nunca. No tiene por qué aprender, joder. Porque en algún sitio habrá un tío perfecto para ella que la quiera de la manera que ella necesita... Y de pronto odio esa idea y quiero asesinar a ese tío aunque ni siquiera haya aparecido.
Dios, voy a volverme loco.
—Estás enfocando todo esto de la manera incorrecta —me advierte mi padre inclinándose ligeramente hacia delante—.
Esa chica te quiere, haría cualquier cosa por ti.
¿Puede que te tenga idealizado? No lo sé.
No me interesa. Pero, cuando te vea tal como eres, aprenderá a aceptarte.
No seas idiota, disfruta de que te mire como si fueses lo mejor que ha pisado este mundo.
Mi cuerpo se tensa y, antes de poder controlarlo, cierro los puños con rabia junto a mis costados. Eso ha sido cruel y mezquino y no tiene ningún derecho a hablar así sobre Eden.
—Sullivan —lo reprende mi madre, pero yo no la miro.
—No voy a aprovecharme de ella —rujo sin levantar la vista de él. Va a entenderlo le guste o no—. No pienso cargar con eso.
—No es algo abierto al diálogo. Eres el CEO del Vandervilt Group y harás lo que sea mejor para la empresa y para tu posición. Daremos una fiesta de compromiso la semana que viene.
—No pienso casarme con Eden.
No hay ninguna posibilidad de que le haga algo así.
—Francamente, Alexander, eres lo suficientemente inteligente para saber que no tienes elección.