La noche que encendimos Nueva York 16
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Eden

Me quedo mirándolo. Ha dolido. No voy a negarlo. Pero tampoco voy a darle el placer de demostrárselo.

Lo esquivo y entro en la discoteca pasando de él y de hablar con él. Atravieso la pista, me gustaría decir que sin preocuparme de si me sigue o no, pero la conexión que tenemos es como una maldita brújula sexy-emocional, así que, si estuviese detrás de mí, lo sabría.

—Vamos a bailar. —Mellow está tratando de convencer a Ted cuando regreso al reservado.

Una de las camareras se ha acercado con una bandeja llena de pequeños tubos de ensayo con una variedad, la verdad, bastante impresionante, de líquidos fosforitos dentro. Me acerco y me tomo el amarillo y el rosa chicle de una sentada.

—Me apunto a lo de bailar —me ofrezco voluntaria.

Si el gran Alexander Vandervilt cree que voy a quedarme aquí lamentándome porque se ha comportado como un capullo, se equivoca, mucho.

—Esa es mi chica —contesta Mellow señalándome y moviendo las caderas con más tesón que habilidad.

Le tiendo la mano, la coge y nos vamos a la pista de baile.

En mitad de un centenar de personas cantamos y bailamos dándolo todo y, sí, me muero de risa muchas veces, readaptando las palabras que no tengo pruebas de que sean de Charlie Sheen, pero tampoco dudas: «Amigas antes que cabronazos buenorros».

Y todo va genial hasta que noto una mano rodear mi cintura.

Mi cuerpo se tensa al segundo y me aparto y me giro al mismo tiempo. ¿Lo siguiente? Empujo al baboso que ha decidido tocarme sin mi permiso con las dos manos.

—¿Qué te crees que haces?

Mellow capta la situación al instante y se coloca a mi lado.

Pero el tío, con pinta de ejecutivo pasado de copas y creerse un regalo para las mujeres, sonríe con una extraña satisfacción.

—Peleona, me gusta.

—¿Estás mal o qué te pasa? —interviene Mellow.

—Lárgate —suelto yo.

El tipo no borra la sonrisa de su cara y da un paso hacia mí, yo instintivamente lo doy hacia atrás, pero él es más rápido y tira de mi muñeca llevándome contra él.

Forcejeo y me suelto.

—¡Déjame en paz! —le exijo.

—¿O qué? —replica asquerosamente presuntuoso.

—¿Necesitas que vuelva a explicártelo otra vez? —le encaró.

—¿Quién? ¿Tú? —plantea riéndose de mí.

—Yo.

Esa única palabra.

Su voz.

Nos envuelven sin importar la música, el ruido. Su seguridad marca la diferencia siempre, como un vaquero levantándose el sombrero con el reverso del índice lo justo para controlar la situación con la mirada.

Alex.

Mi corazón empieza a latir más fuerte, más rápido, mejor, y no tiene nada que ver con ese imbécil ni con ser salvada, porque no lo necesito, sino con el hecho de que él elija salvarme.

Alex acaba de mirarme como si el mundo entero fuese un problema solo porque yo estoy sufriendo un mínimo daño en él.

El tipo se vuelve, fingiéndose amenazante. No sabe que la partida la ha perdido incluso antes de empezar.

—Coño, Vandervilt —dice al reconocerlo—. No sabía que teníamos el mismo gusto —añade orgulloso—. Puedo dejarte a la pelirroja, pero la castaña es mía, me pone.

La mirada de Alex se oscurece de golpe, como si esas palabras hubieran encendido algo dentro de él.

—Tú no vas a tocar a ninguna de las dos.

—Mira, tío, he intentado ser amable porque eres Alexander Vandervilt y todo eso, pero se acabó. Lárgate.

Alex no levanta la mirada de él.

—Oblígame— lo desafía con la voz un millón de veces más amenazante que un grito a pleno pulmón.

El desgraciado sonríe. Está intimidado y quiere esconderlo.

—¿Cuál es tu puto problema? —replica—. ¿Acaso tú también quieres follártela? Podemos compartirla. Seguro que tiene para los dos.

Siento asco solo de oírlo, pero no tengo que preocuparme porque ni siquiera termina de pronunciar la última palabra cuando Alex lo tumba de un puñetazo.

Todo pasa muy rápido.

Las personas a nuestro alrededor crean un círculo aislándonos en cuestión de segundos. Todos nos observan mitad horrorizados, mitad curiosos.

Miro al tío retorciéndose en el suelo.

Alex me coge de la muñeca y tira de mí, sacándome de allí.

Camina por delante de mí, obligándome a caminar más deprisa de lo que puedo permitirme con estos tacones. Nadie se interpone en su camino porque, o bien saben quién es, o bien han visto lo que acaba de hacer.

Me lleva hasta la puerta. Salimos. En cuanto mis pies, tocan la acera, me libro de su agarre. Y en cuanto lo hago, él se gira siguiendo mi propio movimiento. Lo empujo con las dos manos. Es mucho más fuerte que yo, así que no lo muevo ni un milímetro. ¡Maldita sea!

—¡¿Qué coño pasa contigo?! —le grito.

Ha sido como una maldita fantasía y me ha derretido, ¡pero no cambia el resto de cosas que han pasado esta noche!

—¿De verdad tienes que preguntármelo? —contesta demasiado rápido, demasiado enfadado, demasiado todo—. ¿Querías que te dejara en manos de ese gilipollas?

—No es tu problema —me parafraseo.

—Claro que lo es —contesta sin dudar, como si esa frase fuese una verdad inamovible para la humanidad entera.

—¡No! Tú —replico señalándolo, con rabia, con la maldita frustración por las nubes— has decidido que no lo fuera.

Alex da un amenazante paso hacia mí.

—No pienso permitir que otro tío crea que tiene derecho a ponerte las manos encima.

—¡Esta misma noche has dicho que nunca estaremos juntos! Así que, ¿a ti qué te importa?

—Joder, me importa todo.

La frase todavía no ha caído entre los dos cuando Alex coge mi cara entre sus manos y me besa con fuerza. No es delicado, no es dulce, no es paciente. Es salvaje, desbocado, lleno de hambre y necesidad, exactamente como me siento yo.

El corazón me tropieza contra el pecho un segundo y al siguiente le estoy devolviendo el beso.

Completamente entregada.

Completamente entregado.

Me lleva contra la fachada del club sin separarnos un solo milímetro, sin dejar de besarnos. Una de sus manos baja hasta atrapar mi cuello, apretando lo justo para que el placer se vuelva una locura mientras me mantiene donde quiere, mientras me devora entera.

La otra baja peligrosa por mi costado, incendiando mi piel, como en el taxi, como en su coche, como en su habitación.

Porque esto no es solo un beso, es tensión explotando, marcando el ritmo, volviéndolo todo húmedo y caliente.

Me aferro a las solapas de su chaqueta, lo aprieto contra mí. Alex me da el gusto. Siento su cuerpo contra el mío, calentándome, presionándome contra la pared.

Estoy demasiado excitada para pensar. Solo puedo desear, dar, recibir. Saborearlo entero.

—Pero ¿qué...?

Es solo una frase, ni siquiera eso, solo dos palabras mal colocadas en una boca demasiado sorprendida.

Los dos nos separamos de golpe porque identificamos la voz a la vez: Valerie.

Y los dos nos sentimos como si nos hubieran pillado con las manos en el bote de galletas, solo que el bote es el mejor bote de todo el puñetero mundo y las galletas son la promesa más increíble de sexo delicioso y descontrolado.

Miro a Alex con la respiración hecha un caos y el corazón latiéndome como un loco. Sus ojos ya me esperaban. Su respiración es pesada, caótica, como la mía, porque los dos nos hemos dejado llevar, porque los dos hemos sentido esto.

—Vuelve dentro con Val —me ordena, pero mientras lo hace puedo ver cómo sus ojos se fijan en la piel de mi cuello, comprobando que no me ha hecho ningún daño antes y, en mitad de toda esta locura, me siento increíblemente protegida.

—¿Qué? —contesto deprisa, con el ceño fruncido, confusa, confusa y asustada al mismo tiempo—. No.

—Eden —ruge.

—No —casi grito.

—Vuelve dentro de una puta vez.

Lo miro. Sé que está al límite, que todo esto lo ha sobrepasado, pero me da igual. No lo justifica. No es motivo para que me aleje. Y no me voy a quedar aquí tratando de que entienda la diferencia entre protegerme y comportarse como un imbécil mientras lo hace.

Le mantengo la mirada para que entienda el error que ha cometido y echo a andar, choco mi hombro con el suyo al pasar a su lado, pero me importa menos que nada.

Val me observa caminar hasta ella y me sigue, no sin antes observar a Alexander, de pie en el mismo sitio donde lo he dejado, con el cuerpo tenso y una rabia demasiado profunda brillando en sus ojos grises.