15
Eden
Mi mente se ha quedado en blanco, como si de repente hubiese perdido la capacidad de procesar información.
Una risa incrédula, nerviosa, se me escapa.
—Lo he oído mal, ¿no? —doy por hecho. Una mezcla alucinógena de agua de piscina y canela—. No acabáis de decir que voy a casarme con Alex.
Pero, a mi lado, Val asiente un montón de veces con una sonrisa radiante.
—Ha sido idea de los Vandervilt —me aclara papá—. Nuestras familias han estado colaborando durante más años de los que podemos contar. Un matrimonio para afianzar esa unión es un paso lógico.
Mamá pone los ojos en blanco a la vez que le hace un gesto con la mano desacreditándolo, un poco.
—Así lo planteó Sullivan —comenta mi madre riéndose un poco del señor Vandervilt—. A veces puede ser un poco... regio.
—La verdad es que le encanta hablar como si lo estuviese entrevistando el canal de economía —le da la razón mi padre con una sonrisa.
—Nosotros queremos que sepas que creemos que puede ser una buena idea, por los negocios, claro —continúa mamá—, pero, sobre todo, porque estamos convencidos de que entre Alex y tú puede funcionar.
—Nunca te forzaríamos a casarte con alguien que creyésemos que no es bueno para ti —se apresura a dejar claro mi padre— ni por la empresa ni por nada y también debes saber que respetaremos tu decisión, sea la que sea.
¿Mi primera reacción? Gritar que sí, aceptar el matrimonio porque tiene mucho de sueño hecho realidad y porque, sí, estoy convencida de que nos iría genial, pero, por un momento, me obligo a contener mi impulsividad y mi optimismo loco.
—¿Alex lo sabe? ¿Está de acuerdo con esto?
Por muy feliz que me haga la posibilidad de que estemos juntos, necesito saber que estamos juntos en esto.
—Alexander tenía varias reuniones hoy. Sus padres se lo dirán mañana. Nos han pedido que seamos discretos —responde mi padre haciendo un suave hincapié en ese adjetivo.
En otras palabras, que guarde el secreto incluso con Alex hasta que los señores Vandervilt hablen con él.
Asiento. Además, esto es bueno. Me dará un poco de tiempo para pensar.
—¿Por qué no estás dando saltos de alegría? —pregunta mi hermana confusa.
No voy a negar que lo entienda.
—No es que no me alegre —me apresuro a decir.
Es... Es... ¿Cómo demonios lo explico? Hace un puñado de noches en un taxi nos excitamos de una manera alucinante porque estaba sentada encima de él, y desde entonces la tensión ha escalado a un ciento noventa y dos en la escala del uno al diez Colin Bridgerton sobre cómo estar como una moto, hasta que anoche me acorraló contra la puerta de su habitación en el momento más sexy de mi vida justo antes de decirme que le parezco una cría y largarse.
Vaya, pues parece que era más fácil de explicar de lo que pensaba.
—Me ha pillado por sorpresa —miento.
—Pero estás contenta, ¿no? —pregunta mi madre, dándome un apretón cariñoso en la rodilla al tiempo que inclina la cabeza para poder mirarme a los ojos.
Y simplemente pasa, porque permito que esa pregunta se infiltre en mi sistema nervioso y sucede que mi cuerpo, mi corazón, contestan antes que yo y me siento feliz de verdad y antes de darme cuenta estoy sonriendo.
—Yo...
Llevo enamorada de Alexander toda mi vida. Esto es una locura, pero, francamente, una locura maravillosa.
—Claro que estoy contenta.
Mis padres se miran aliviados con una sonrisa mientras Val empieza a dar palmaditas aún más entusiasmada.
—Genial, entonces enviaré a mi criado más leal con una flor de loto a casa de los Vandervilt —dice mi padre muy serio... casi regio, riéndose un poco de la situación y un poco otra vez del padre de Alex.
—Ríete —lo amenaza mi madre—, pero a saber lo que tiene Sullivan preparado para la fiesta de compromiso.
—¿Cuándo será? —pregunta mi hermana.
—Quieren tenerlo todo listo para la semana que viene.
Val me mira.
—¿Ves por qué teníamos que ir de compras, mujer de poca fe? —me dice entrecerrando los ojos sobre mí.
La miro. Sonrío.
—Vámonos —sentencio levantándome y corriendo hacia la planta de arriba para que nos preparamos para marcharnos.
***
Esa misma noche quedamos todos para salir.
Es sábado. «Noche sagrada», como Mellow la bautizó sabiamente.
Además, creo que será el momento perfecto para que Alex y yo hablemos.
No lo he olvidado. No puedo decirle que su padre lo ha vendido por veinte camellos, pero esta conversación no va de eso.
Va de las cosas que están pasando, de que creo firmemente que volver a la «normalidad», por mucho que lo intentemos, ya no es una opción y que quizá toca ser valientes y mirar de frente a lo que está pasando, como el prota de un poema de Whitman.
Me pongo un vestido increíble corto, dorado, sin mangas. La tela llega hasta el cuello, donde se convierte en una elegante cadena dorada que se une a una argolla justo bajo mi nuca y de la que se deslizan otras cuatro cadenas que dibujan mi espalda desnuda uniéndose a los costados del vestido.
Las muñecas llenas de pulseras, unos taconazos de infarto, el pelo suelto y ondulado y maquillada para triunfar.
Sonrío delante del espejo a la vez que me muerdo la punta de la lengua. Vamos a pasarlo muy bien.
—Un último pis —anuncia Val regresando con el paso acelerado a su habitación.
—Chica lista —la animo riéndome.
Empiezo a bajar las escaleras con la mirada fija en los peldaños, pero, tras unos cuantos, levanto la cabeza, por nada en especial, por todo a la vez, y mis ojos se encuentran de lleno con unos gris acero.
Alexander está al pie de las escaleras. Traje negro, solo un botón de la chaqueta abrochado, camisa blanca, sin corbata, y acabo de entender que la expresión «sexy a rabiar» la inventaron para él. Ryan Gosling, Tom Hiddleston, Pedro Pascal, retiraos con dignidad, el puesto nunca fue vuestro.
En cuanto nuestras miradas se cruzan, la suya se vuelve salvaje, se oscurece, me llama y las ganas vuelven a dibujarse entre nosotros como si todavía no hubiésemos aprendido la lección.
Sigo bajando.
Me siento deseada.
Me siento viva.
—Alex, esta noche me gustaría que habláramos —digo cuando mis pies llegan al mármol del salón. Me da miedo que todas mis neuronas empiecen a cantar a coro a Michael Bolton y se me olvide que esa conversación es realmente importante.
Él me mantiene la mirada y tras un segundo asiente como si se estuviese convenciendo de algo... o conteniéndose de justo lo contrario.
—Ya estoy aquí —anuncia Val bajando las escaleras—. Manhattan nos espera, chavales.
El chófer de Alex nos lleva hasta el So-Ho, donde ya están Ted, Mellow y el último club de moda en la ciudad.
La música nos recibe alta y tan de moda como el propio local, que está literalmente hasta la bandera. Nos movemos con una maestría adquirida tras años de cruzar pistas de baile y llegamos hasta el reservado.
La primera ronda cae deprisa, los chistes malos cada vez parecen mejores y las risas se vuelven más fáciles. Estar con tus amigos es la mejor sensación del mundo y, si de fondo suena LISA, todavía mejor.
Alex se levanta para atender una llamada de trabajo y comprendo que es mi oportunidad para hablar con él.
Sale del club y yo lo hago detrás. Me quedo a unos metros mientras él habla de Singapur, de cifras que no lo convencen y de unas remesas que van a llegar desde Tokio.
Cuando se separa el teléfono de la oreja, doy el primero paso hacia él. Alex toma una bocanada de aire y veo cómo sus hombros se tensan.
—¿Qué quieres, Eden? —pregunta sin volverse.
Y yo entiendo en mitad de la calle Sullivan que siempre ha sabido que estaba aquí.
La idea me pilla un poco por sorpresa, pero me recompongo rápido.
—Tenemos que hablar.
—No es buena idea —prácticamente me interrumpe, volviéndose.
La música llega amortiguada desde el interior del local. Lo miro, estudiándolo.
—¿Y cuál es tu plan? ¿Seguir fingiendo que no pasa nada mientras me acorralas contra la puerta de tu dormitorio? —mi voz sale más segura de lo que me siento y me alegro.
Alex tensa la mandíbula y yo alzo la barbilla, manteniéndole la mirada, retándolo a que me diga que me equivoco.
—No sé qué crees que tienes claro —me advierte dando un paso hacia mí—, pero esto es un error y no va a pasar.
—Deja de decir que es un error.
Lo odio. Odio que nos vea así.
Alex niega con la cabeza.
—No hasta que lo entiendas.
—Lo que entiendo es que eres un cobarde. —Estoy molesta y esa sensación se filtra en mis palabras.
Alex da un paso más, dejándonos cerca inconscientemente. Se inclina sobre mí y el espacio se reduce al mínimo común múltiplo.
—¿Crees que vas a hacerme cambiar de opinión desafiándome? —dice con esa maldita condescendencia.
—Yo no tengo por qué hacerte cambiar de opinión, Alex —replico—. Eres adulto y, aunque te empeñes en creer lo contrario, yo también. No voy a intentar convencerte de nada.
Mis palabras lo molestan porque las interpreta como una rendición.
—¿Entonces? —deja en el aire con el tono duro.
—Quiero que sepas que, esto que estamos haciendo de fingir y tratar de volver a la normalidad —digo moviendo el índice vagamente entre los dos—, no me vale.
Alex suelta una risa sin humor.
—¿Y qué coño pretendes?
—Que no nos quedemos en el camino de en medio. O cerramos la puerta para siempre —no me gustan esas palabras, me dan miedo, pero las pronuncio igual, porque necesito que, para bien o para mal, tomemos una decisión— y esperamos a que se nos pase o...
Bendita «o».
Me mantiene la mirada esperando a que continúe, pero la sola posibilidad, por un momento, recorre mi cuerpo, encendiéndome, derritiéndome.
Alex se da cuenta, se le da demasiado bien leer en mí. Su cuerpo se tensa y algo dentro de mí se empeña en creer que es por placer anticipado, y puede que lo haya, pero yo también lo conozco muy bien y sé ver la batalla interna, la idea de que no se equivoca al pensar que esto es un error.
—¿O?
Se acerca un poco más. Nuestros alientos se entremezclan en el ínfimo espacio entre los dos.
—Alex...
—Quieres algo que ni siquiera eres capaz de nombrar —susurra sin piedad—, ¿ves como eres una...?
—No lo digas.
Me mira a los ojos, a los labios.
—Cría —sentencia y entiendo que lo ha dicho por mí, pero también por él, porque, cuando estamos tan cerca, necesita ese recordatorio para que no lo estemos aún más.
Pero entenderlo no significa que no duela.
Alex se separa.
Trago saliva.
—Dentro —me ordena sin permitirse mirarme un segundo, pasando a mi lado y dirigiéndose de vuelta a la puerta del club.
Yo no he acabado.
—Y tú eres un capullo que solo está asustando de lo que desea —le escupo girándome.
Mis palabras lo detienen en seco. Se gira para que volvamos a estar frente a frente, pero esta vez no se acerca. Aun así, no se me escapa que esa frase ha dado justo en el clavo, lo veo en cómo tensa la mandíbula, en cómo su cuerpo se coloca un poco más al límite.
—No me conoces una mierda.
—A más miedo, más rabia —afirmo.
Lo conozco. Lo sé. Lo entiendo. Pero no me vale.
Alex se deshace de la distancia que nos separaba hasta que volvemos a estar solo a un paso.
—Esto no va a pasar, Eden. Nunca —me deja claro sin dudar, sin piedad—. Y no tiene nada que ver conmigo. Es por ti. Llevas comportándote como una niña encaprichada más de diez años, ¿cree que voy a aprovecharme de eso?
No es verdad. Estar enamorada de él no es un capricho. Jamás lo ha sido.
—Sé lo que quiero —contesto manteniéndome firme, segura, aunque dentro de mí todo esté del revés.
Alex no aparta sus ojos de los míos.
—No, no lo sabes —replica implacable—, y yo no voy a ser el cabrón que cargue con eso.