La noche que encendimos Nueva York 14
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Eden

Es tan guapo que duele. Esa siempre ha sido una verdad irrefutable sobre Alex. Y ni siquiera es solo eso, es el magnetismo que desprende, la seguridad, el maldito atrac-tivo. No puedes mirarlo e ignorarlo. No puedes decir «No es para tanto». Alexander Vandervilt es imposible de olvidar.

Y ahora estoy aquí, en su salón, en mitad de la noche, a un puñado de pasos, calada hasta los huesos y tratando de robar una toalla sin ser descubierta.

Aunque nada de eso importa en comparación a cómo me está mirando, a cómo me siento yo mientras lo hace.

Es como si despertara mi cuerpo centímetro a centímetro, como si le prometiese que habrá fuegos artificiales, electricidad pura, calor suficiente para mantenerme a salvo el resto de noches de invierno de mi vida.

Mi respiración se acelera.

Solo quiero que me bese, que me toque. Sé que esta tarde fui yo quien se apartó después de colocarle bien la corbata. Había ido a su despacho en pro de la «normalidad» y me aferré a ella, pero ahora es que esa normalidad parece hueca, todo lo parece ante la posibilidad de sentirlo encima de mí.

—No ha sido culpa mía —me apresuro a decir. ¿Por qué? No lo sé. Estoy soportando una mezcla demasiado peligrosa de excitación y nerviosismo para pensar.

Alex guarda un segundo de silencio en el que no levanta los ojos de mí y todo se vuelve todavía más intenso.

—¿Me explicas qué ha pasado? —la voz le sale dura, sexy. Tiene mucho de orden. Mucho de advertencia. Mucho de querer reprenderme por haberme portado mal.

—A Val se le ha ocurrido que podíamos ponernos a bailar al borde de la piscina como en un videoclip de Ricky Martin.

Ha intentado hacer break dance . Yo le he dicho que Ricky Martin no hace eso en sus vídeos musicales y ha acabado tirándome al agua con uno de sus movimientos de baile —le cuento exasperada.

El inicio de una suave sonrisa se cuela en sus labios mientras sigue en silencio, observándome, con sus ojos grises cada vez más oscuros, más salvajes, y el fuego en mi piel, en mi interior, creciendo porque él lo alimenta. Quiero respirar con normalidad pero no soy capaz.

—¿Ves —empieza a decir mientras comienza a caminar hacia mí, pasos lentos, deliberados, provocadores— como necesitas supervisión constante?

Doy una bocana de aire sin levantar la vista de él para asegurarme de no gemir.

—Esa es tu opinión. En la mía, quien la necesita es Val, y unas clases de baile. —Se detiene frente a mí y tengo que levantar la cabeza para que podamos seguir mirándonos a los ojos—. El break dance es para profesionales.

Mi voz se evapora con la última palabra porque comienzo a no poder gestionar todo lo que estoy sintiendo físicamente. Maldita sea, ¿esto es el primer paso antes de arder por combustión espontánea?

Alex, que parece haber decidido que es más divertido torturarme con gestos que con palabras, me coge de la mano y entrelaza nuestros dedos.

Experimento el contacto desde la primera décima de segundo.

Es brutal, total, hipnótico. Es su piel contra la mía, y da igual que haya habido muchas veces antes, ahora es diferente, como si nuestras manos se reconocieran por primera vez.

Echa a andar y tira de mí para que lo siga.

No se explica. No pregunto. Subimos a la planta de arriba con él guiando el camino, adelantado un par de pasos.

Yo observo su espalda ancha tensarse bajo su camisa blanca.

Mi mirada se pierde entre sus omóplatos, se muda a sus antebrazos desnudos, en la manera en la que anda.

Todos los detalles que me están volviendo complemente loca.

Entramos en su habitación.

Se gira sin soltarme.

Cierra la puerta.

Y de un paso me lleva contra la madera, acorralándome contra ella, hundiendo su mano en mi cadera. Todo pasa a la vez. Gimo. Es imposible no hacerlo. Y me zambullo de lleno en sus ojos grises cuando él atrapa los míos sin pedir permiso.

—¿Por qué me has traído aquí? —pregunto y mi voz suena entrecortada porque lo de controlar el caos que tengo por respiración es una misión imposible.

—Porque quería hacerlo. Apareces empapada, en mitad de mi salón, en mitad de la noche, con la ropa pegada al cuerpo, mirándome de esa manera.

—¿De qué manera?

Una media sonrisa se cuela en los labios de Alex, divertida, maliciosa y sensual.

—Pidiéndome que te salve y te castigue al mismo tiempo.

Un jadeo sorprendido se escapa de mis labios. Está muy cerca. Siento su cuerpo duro contra el mío. El olor a su loción para después del afeitado y a la madera de su colonia, me emborracha.

—No sabía que podía hacer eso.

Alex se humedece el labio inferior y acaba mordiéndoselo sin dejar de mirarme, solo un segundo.

—Ese es el mayor de mis problemas —sentencia.

Por Dios, necesito que me toque. La necesidad es real, tangible, sofocante.

—Alex —lo llamo.

—¿Qué? —contesta impasible.

—Tengo muchas ganas de estar contigo.

Nunca he sabido guardarme nada con él y es absolutamente imposible que pueda empezar a ahora.

—Dime algo que no sepa.

Lo miro a los ojos. Me envalentono. Puede que esté a punto de derretirme en sus brazos, pero no soy ninguna muñequita.

—Que tú tienes más ganas que yo.

La misma sonrisa peligrosa, torturadora y sexy vuelve a sus labios.

—No sabes lo que dices —contesta, pero no suena a que me haya equivocado, suena a que he dado en el punto exacto.

—Sí lo sé.

Levanto las manos y despacio, nerviosa, pero sabiendo qué es lo que quiero, las subo hasta ponerlas en sus hombros. Las deslizo suavemente y acaricio su nuca, perdiendo los dedos al final de su pelo.

Alex siente el contacto, cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás persiguiéndolo y una sonrisa se dibuja en mis labios, disfrutando de verlo dejarse llevar.

Cuando vuelve a abrirlos, el gris se ha convertido en un azul oscuro imposible. Los ojos de un cazador mirando a su presa.

—Quiero estar contigo —repito luchando por sonar segura, por demostrarle que soy una mujer, que mis elecciones son mías y de nadie más.

Alex me mantiene la mirada. Su mano se hace más posesiva en mi cadera. Se acerca más a mí hasta que no queda un átomo de aire entre los dos.

—Eres una cría, Eden —responde porque ha sabido leer mis intenciones, todo lo que quería decir con esa frase.

—No.

—Sí, joder. Sí, lo eres —sentencia.

Y algo cambia. Siento el deseo que hay en esas palabras, pero también la rabia, la frustración, pero sobre todo la contención.

—Coge la ropa que necesitas —me dice apartándose de mí.

Yo me muevo por inercia tras él, pero Alex se marcha de su habitación sin darme oportunidad a decir una sola palabra.

Me quedo muy quieta, aturdida, con el corazón retumbándome en los oídos, tratando de... de... poner en orden en lo que ha pasado... de saber... yo... Creo que nunca me había sentida tan descolocada y frustrada en toda mi vida.

***

Tardo en reaccionar y moverme, pero al fin lo hago.

Robo una toalla de su baño y un pantalón de chándal y una camiseta de su armario.

Me cambio y regreso abajo. Val asume la culpa del incidente de la piscina delante de mis padres y los señores Vandervilt, así que no quedo como una pringada al cien por cien, solo como la hermana parcialmente pringada de la parcialmente desequilibrada mental. No vuelvo a ver a Alexander.

Unos minutos después estamos en el coche de vuelta a casa.

—¿Estás bien? —vocaliza sin emitir sonido alguno mi hermana para no llamar la atención de papá y mamá.

Asiento. Entiendo la pregunta, he estado especialmente callada.

—Cansada.

Val me observa suspicaz unos segundos, pero decide darme un poco de cuerda y dejarlo estar y yo aprovecho la oportunidad y pierdo mi mirada en la ventanilla para evitarme futuras preguntas.

Me voy a dormir con la mente yéndome demasiado rápida.

Por un lado, rememorando cada segundo, cómo me tocó, cómo me miró.

Su voz, lo que hace que mi cuerpo se encienda como una valla publicitaria de Times Square; pero, por otro, también recuerdo su mirada cuando aseguró que sí soy una cría, cómo supo leer en mí que le estaba intentado demostrar justo lo contrario y, obviamente, pienso en cómo fracasé.

***

—Señorita Eden Lockhart —irrumpe mi hermana en mi habitación sin ningún tipo de discreción.

Camina hasta mis ventanas y abre las cortinas de golpe. La odio a muerte.

—Valerie —protesto hundiendo la cara en la almohada para escapar de la luz.

Ayer nos acostamos tarde. Me he martirizado más que dormido. Necesito un par de horas extras de sueño.

—Tienes que desayunar porque nos vamos de compras.

—Ve con Mellow —replico.

—No, voy contigo —sentencia sentándose en mi cama con tanta fuerza que rebota sobre el colchón y tan cerca de mí que me molesta, muchísimo—. Soy una hermana mayor extraordinaria y me apetece regalarte tiempo de calidad conmigo.

Salgo de mi escondrijo y la miro muy mal.

—Si es contigo, nunca es de calidad.

Ella sonríe de oreja a oreja.

—Hay tantos hombres guapísimos que estarían en desacuerdo contigo...

—Y no tan guapos, no te tires el pisto conmigo, conozco todos tus ligues.

Sin piedad, me roba mi propia almohada y me golpea con ella.

No me queda otra que levantarme. Aplazo la ducha hasta después del desayuno y bajo.

La señora March, nuestra ama de llaves, a la que quiero muchísimo, me tiene preparado un vaso de zumo de naranja y un plato de tostadas francesas además de un café, con leche y sin azúcar, que huele rematadamente bien.

—Eden, ven conmigo —me llama mi madre entrando en la cocina justo cuando le doy el primer bocado a mi pain perdu ; dulces en cualquier idioma, esa soy yo.

Qué bueno está.

—¿Tiene que ser ahora? —planteo con la boca llena.

—Me temo que sí —responde con una sonrisa.

Gimoteo echando la cabeza hacia atrás, pero decido ser práctica, coger una tostada francesa con cada mano, ese es mi mayor acto de pragmatismo, y la sigo hasta el salón.

Mi padre nos espera sentado en su sillón; mi hermana, en el sofá. Frunzo el ceño. ¿Qué está pasando aquí?

Me acomodo junto a Val y mi madre lo hace a mi lado. Le doy un bocado a mi desayuno. Tengo curiosidad, pero también hambre.

—Hay algo que queremos comentar contigo —empieza a hablar mi padre.

Asiento.

—¿Estamos todos bien de salud? —pregunto.

—Sí —responde mi madre.

—¿Nadie va a acabar en la cárcel por desfalco?

Mi padre se aguanta la risa.

—No —me certifica.

—¿Val está embarazada?

—¡¿Qué?! —se queja la aludida.

—¡No! —contesta a la vez mi padre, que ha dejado de reírse, mi madre le ha tomado el relevo en eso.

—De uno de los hombres guapísimos que están en desacuerdo conmigo —le explico a mi hermana dando otro bocado a mi tostada.

Ella me mira mal y yo me encojo de hombros. Solo estaba eliminando posibilidades.

—Entonces, ¿qué...?

—¡Vas a casarte con Alex! —estalla Val interrumpiéndome como si no pudiese contenerse más.

¿Qué?