La noche que encendimos Nueva York 13
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Alexander

Noto cómo su respiración se acelera y es como un maldito canto de sirena porque ya no puedo levantar la vista de sus labios.

La mía también se vuelve más pesada, casi errática. Dicen que la imaginación puede ser el peor enemigo de un hombre, pero es que yo ya ni siquiera la necesito. No necesito imaginar lo que le haría. Lo sé.

Lo deseo.

Lo quiero.

Eden es una tentación.

Es un problema.

Se me ha metido bajo la piel.

Pero entonces ella cabecea suavemente a la vez que deja escapar todo el aire de sus pulmones, casi un suspiro, y se aparta de mí.

Mi cuerpo protesta muy cabreado, pero mi sentido común regresa de donde coño sea que le ha parecido bien largarse y me recuerda que esto es lo mejor. Volver a puerto seguro, a la relación que siempre hemos tenido, a la que debemos tener.

Es lo mejor, pero, aunque lo pienso y sé que tengo razón, también tengo que domesticar las putas ganas.

Mientras, ella se gira nerviosa, vuelve al sofá y se pone los zapatos, el segundo, levantando el pie y llevándoselo hacia atrás a la vez que gira la cabeza en un movimiento que me parece la hostia de sexy y que me deja ver la curva de su cuello y cómo unos mechones que se han escapado de su coleta le acarician la nuca.

¿Desde cuándo sabe ser sexy? Es que no logro entenderlo y me pone de peor humor.

—Si llegamos tarde, tu madre nos matará y nos servirá como aperitivo —dice colgándose el bolso cruzado.

—Si llegamos tarde, ya habrán servido el aperitivo —le recuerdo sin esforzarme en sonar amable.

Eden ladea la cabeza mirándome como siempre que no lo soy, como si me estuviese diciendo «Deja de ser tan gruñón, Vandervilt. No va a valerte de nada conmigo». Es curioso, mantengo a raya a todos siendo exactamente así, incluso a Ted, pero con ella no funciona.

Extrañamente me gusta, pero también sé que no es real. Eden piensa que soy mejor de lo que soy, como si la manera en la que me comporto fuese una coraza, y se equivoca. Yo soy exactamente así, frío, poco amable y egoísta.

Cuando lo entienda, dejará de estar enamorada de mí. Por eso es importante que, hasta que ese día llegue, yo mantenga las manos quietas. Porque puede que sea frío, poco amable y egoísta, pero no quiero aprovecharme de ella.

—Vámonos —le ordeno señalando la salida con un gesto de cabeza.

Ella se asegura de que lo ha dejado todo ordenado y los dos caminamos prudentemente separados hasta la puerta.

Me adelanto un paso y se la abro. El siguiente movimiento es instintivo: levantar la mano, colocarla en la parte baja de su espalda, guiarla. Pero, cuando ya he iniciado el gesto, me obligo a detenerlo en seco y acabo cerrando la mano con rabia y devolviéndola junto a mi costado.

—La parejita que estaba buscando —dice Ted con una sonrisa entrando en la antesala de mi oficina al mismo tiempo que nosotros salimos de mi despacho.

—Hola, Teddy —lo saluda Eden devolviéndole la sonrisa.

—Voy con vosotros a Glen Cove. Me he autoinvitado a la cena, pero me ha fallado el transporte.

Ted tiene un talento innato para los números y las inversiones.

Es probablemente el mejor de la empresa de su familia, la Steele Trust, y la Steele Trust es la mejor opción en banca de inversión de toda la costa este.

Sin embargo, después le encanta comportarse como si fuera un joven aristócrata europeo, mordaz y decadente, que pide el desayuno a una de las criadas con pantalón de pijama de seda, sin camiseta y bata a juego abierta mientras recorre la mansión donde se montó una juerga que apenas acaba de terminar. El puto heredero Steele.

—Entonces te estás autoinvitando al coche de Alex —comenta Eden divertida entrecerrando los ojos.

Ted la señala con el índice.

—No me equivoco al decir que no se le escapa una, joven Lockhart.

Ella tuerce los labios, estudiándolo con la mirada.

—Y yo no me equivoco al decir que es usted sumamente avispado, heredero Steele —responde.

—Y yo no me equivoco al decir que estamos molestando a Alexander Vandervilt. —Ted se lleva el reverso de la mano a la boca y baja la voz aunque obviamente no lo suficiente—. Me han dicho que debemos tener cuidado, usa de asustar a niños y a carteros comerciales.

Pongo los ojos en blanco, pero los dos pasan de mí.

—Te han informado bien —sentencia imitándolo y los dos rompen a reír, encantados de estar fastidiándome.

—¿Habéis terminado ya? —planteo desdeñoso.

Eden se gira hacia mí con las manos entrelazadas delante.

—No te enfades —me pide—. Sé de buena tinta que todos esos carteros comerciales se lo merecían.

Soy plenamente consciente de que se está riendo de mí, pero también parece la cosa más dulce del mundo y me pone muy complicado mandarlos los dos a Glen Cove en un Uber, que es lo que debería hacer.

—Nos vamos —zanjo el tema porque me niego a sonreír, pero es obvio que no estoy todo lo serio que debería estar.

—Nos vamos —repite Eden y otra vez vuelve a sonreír y, sí, para mi desgracia, el Vandervilt Group entero se ilumina.

Tomamos el ascensor y bajamos hasta el garaje.

—No me canso de mirarlo —comenta Ted melodramático, observando mi coche.

El inicio de una sonrisa se cuela en mis labios.

—Es el mismo de siempre —le recuerdo.

—Sí, un Ferrari Roma Spider, gris grafito metalizado, descapotable, con la tapicería terra bruciata —añade en italiano precisamente para ganar en melodramatismo—, sin símbolos de marca, porque eres un clasista de mierda, pero tienes mucha clase.

Ted suelta un suspiro. Eden rompe a reír. Y yo me contengo para no poner los ojos en blanco otra vez.

—Bájate del escenario y súbete en el coche o te juro por Dios que te dejo aquí.

Mi amigo capta el mensaje y acelera el paso. Se acomoda en el asiento trasero y Eden en el delantero, como siempre.

No hemos salido del parking cuando Eden ya ha pulsado el botón para bajar la capota, ha encendido la radio y ha elegido su presintonía preferida.

En cuestión de segundos el aire se llena con una canción pop facilona que ella, por supuesto, comienza a cantar, eso también pasa siempre.

Creo que se sabe todas las canciones que suenan en la radio.

—¿Te has planteado dejar de cantar? —pregunto fingiéndome hastiado cuando nos detenemos en el semáforo del cruce de la 57 con la Undécima.

Tengo una mano en el volante y la cabeza apoyada en el asiento girada hacia ella. Eden, descalza, con los pies en el salpicadero, me mira y sonríe sin dejar de cantar, dejándome bastante claro que, no, no se lo ha planteado.

Yo me quedo observándola un segundo de más, cómo la luz de las farolas ilumina su rostro, cómo el viento le mueve algunos mechones de pelo revolviéndoselo y cómo ella se lo aparta con las dos manos para que no le pongan complicado eso de cantar. La música la hace feliz.

—¡Alex! —la voz de Ted me saca de mi ensoñación y, por la manera en la que lo hace y, sobre todo, por el tío que toca el claxon detrás de mí, me doy cuenta de que no es la primera vez.

Miro el semáforo. Se había puesto en verde y no me había dado cuenta.

Joder.

Salimos de Manhattan por la Joe DiMaggio primero y la I95 después. Unos cuarenta y cinco minutos más tarde, el tráfico nos ha dado un respiro, detengo el coche delante de la mansión Vandervilt.

—Habéis tardado una eternidad —se queja Val al salir de la casa a recibirnos.

Eden se pone rápido los zapatos y baja con el paso ligero al encuentro de su hermana. Esas dos se adoran.

—Os están esperando —nos avisa con una media sonrisa.

—La culpa es de Ted —miento sin ninguna piedad subiendo las escaleras hasta la puerta principal.

—Ey —protesta el aludido, pero solo hace sonreír a las chicas—, no te aproveches de mi encanto para escapar de las situaciones peliagudas.

—Eso solo puedes hacerlo tú, ¿no? —replico entrando en la casa.

—Exacto, para eso es mi encanto —sentencia convencidísimo.

Mis padres están charlando con los Lockhart, así que tenemos suerte y mi madre solo me reprende con la mirada.

***

—Te esperamos en el jardín —me informa Val mientras ella, Eden y Ted se levantan al oír proponer a mi padre, cuando terminamos de cenar, que él, mi madre, Peter, Mary Anne y yo pasemos a mi estudio a hablar de negocios.

Asiento y los sigo con la mirada mientras se dirigen a las puertas acristaladas que conducen a la terraza.

Justo antes de salir, como su hermana y Ted han hecho, Eden gira la cabeza.

Yo atrapo su mirada y algo dentro de mí me golpea las costillas sin entender por qué.

El gesto solo dura un segundo antes de que ella lleve su vista de vuelta al frente y salga definitivamente, pero es suficiente. Es más que suficiente, joder.

—¿Estamos convencidos de que esa es la mejor manera de gestionar los problemas con el envío? —plantea mi padre.

Mary Anne asiente llena de seguridad.

—No es la mejor solución —se explica—, es la única realmente viable si no queremos que dentro de dos meses el problema se repita con el principal puerto de China.

Los Lockhart y los Vandervilt llevan trabajando juntos durante generaciones.

Mi familia hizo su nombre y su fortuna construyendo barcos.

Aunque la empresa creció y se diversificó con los años, nuestro punto fuerte siguen siendo los astilleros.

La familia de Eden fue la primera en asegurar las rutas comerciales marítimas modernas entre China y Estados Unidos y a principios del XIX ya eran la opción más fiable para hacer llegar cualquier mercancía a Europa.

—Eso no es una opción —intervengo—. No pienso permitir que este problema se alargue más allá de esta noche.

No voy a darles ningún espacio a nuestros competidores. Ni voy a dejar que un problema, sea el que sea, influya en el Vandervilt Group.

Mi madre asiente satisfecha.

—Pues está claro —sentencia Peter—. Mañana hablaremos con los Aycart y Ruth lo gestionara todo desde Tokio con el gobierno local.

Repaso los números en la tablet . Estoy concentrado, siempre lo estoy, pero, sin que pueda evitarlo, el murmullo de voces desde el jardín roba mi atención.

No puedo distinguir qué dicen ni quién está hablando, pero entonces suena una risa y sin darme cuenta sonrío como si fuera un gesto reflejo en mis labios. Es la risa de Eden.

Por inercia miro hacia las puertas acristaladas, como si pudiera verla a ella.

—Alexander.

Llevo mi vista de nuevo al estudio solo para darme cuenta de que todos me estaban mirando a mí. Yo mantengo el tipo y me llamo gilipollas por haber perdido la concentración en una puta reunión de negocios.

Los observó como si no hubiese pasado nada y endurezco mi mirada dejándoles claro que no tienen nada que decir.

—Te preguntaba si te parece bien que Nicole Altamira se encargue del tema de la negoción.

—No —no dudo—. Ellis Patterson estará al frente. Entiende a la perfección los objetivos, está al día de la legislación y conoce personalmente a tres miembros de la junta directiva de la Huanh Company.

Más o menos una hora después damos por terminada la reunión, pero a mí todavía me queda trabajo por hacer. Hay varios asuntos que quiero dejar cerrados antes de mañana.

Estoy cruzando el salón hacia la salida principal. Necesito un par de carpetas que tengo en el coche. Me paso la mano por la nuca. Ya no llevo chaqueta ni corbata y me he remangado la camisa. La noche de trabajo se está haciendo demasiado larga para seguir con el atuendo perfecto.

Oigo un ruido, algo pequeño, un poco mayor después.

Levanto la cabeza.

Y Eden entra en el salón, descalza, con la ropa mojada marcando cada centímetro de su cuerpo.

Me mira. Me mira y, joder, ya sé que estoy perdido.