12
Alexander
Eden baja la cabeza apartando la mirada al tiempo que una sonrisa se cuela en sus labios y se ruboriza.
Yo respiro pesado sin levantar mis ojos de ella a la vez que me echo hacia atrás, tensando mi cuerpo, manteniéndolo bajo control, atándome en corto porque todo lo que quiero ahora mismo es sentarla a horcajadas sobre mí y colar mis manos bajo su vestido mientras la beso con fuerza.
Lo de antes iba completamente en serio. No voy a dejar que desaproveche su talento y, mientras yo viva, ella no tendrá que preocuparse de pagar las facturas o el alquiler. Es su sueño. No voy a permitir que renuncie a él.
—Será mejor que terminemos de comer —dice moviendo su silla hasta quedar de nuevo frente a la mesa.
Me humedezco el labio inferior, observándola. Está nerviosa. Y Dios sabrá por qué eso me está poniendo como una moto. Me gusta que reaccione a mí, que se ruborice, que se ponga nerviosa, hacerla sonreír... gemir.
Cállate, Vandervilt.
Me obligo a comportarme, me giro hacia la mesa y los dos abrimos los pequeños envases con el postre. Ella mira el suyo ilusionada y coge la cuchara.
—Lo he visto en la carta y he tenido claro que tenía que pedirlo —me explica—. Seguro que está delicioso.
Pero entonces se mete una cucharada en la boca y la expresión pasa de emoción absoluta a disgusto absoluto.
La comisura de mis labios se eleva en el inicio de una sonrisa.
Con Eden siempre pasa lo mismo. Lee el nombre de un postre o lo ve pasar y da por hecho que será la octava maravilla culinaria, pero, cuando lo prueba, nunca le gusta.
—¿Por qué? —se lamenta—. Me dejo embaucar por los postres y ellos me estafan. Debería pedir siempre tarta de chocolate. Es el único que nunca me defrauda.
Me tomo un momento para mirarla.
—Le tienes demasiada fe a la repostería —sentencio empujando mi trozo de tarta de chocolate hasta dejarla delante de ella.
A Eden se le ilumina la mirada.
—¿Para mí?
—Sí, a mí no me apetece.
—¿Seguro? —pregunta apuntándome con la cuchara.
—Seguro.
—¿Seguro?
Se me escapa algo a medio camino entre un resoplido exasperado y una sonrisa exasperada.
—Seguro.
Eden sonríe de oreja a oreja y comienza a comer. Yo me levanto y empiezo a recoger. Con el primer bocado suelta un ruidito maravillado y no puedo evitar que mi sonrisa se ensanche mientras llevo los envases de nuestra comida a la basura.
***
—Me marcho ya —anuncia saliendo del baño.
Mi despacho vuelve a parecer solo un despacho y yo tengo muchísimo trabajo que hacer.
—Quédate hasta que termine y te llevo. Esta noche cenamos todos en casa, ¿recuerdas?
Mis padres tienen unos asuntos que tratar con los suyos, así que los han invitado a cenar, Eden y Val incluidas. Ted se ha apuntado por su cuenta y riesgo.
Ella mira su reloj de pulsera y asiente quitándose el bolso de nuevo, que ya tenía cruzado sobre el vestido.
Yo regreso a mi escritorio. Eden va hasta la estantería y coge el cuaderno de bocetos y la caja de lápices que tiene aquí. Se quita las sandalias y se acomoda en el sofá. Yo abro la primera carpeta y sigo con los prospectos de inversiones del proyecto Johnson.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando muevo la vista de la pantalla del ordenador y la llevo hasta ella. Está muy concentrada en su cuaderno, siguiendo con la mirada los suaves trazos que hace con la mano.
Siempre me han gustado estos momentos de paz.
Los dos trabajando, en la misma habitación, en silencio pero sintiendo la compañía del otro.
No recuerdo cuándo empezamos a hacerlo. Creo que desde siempre.
No hay una época anterior a esto en este despacho.
Me convertí en CEO con veintiséis, ella ya estaba en la universidad y casi a la vez empezaron las comidas aquí, comprarle un cuaderno de bocetos y una caja de lápices para que pudiera trabajar mientras me esperaba.
Vuelvo a prestar atención a los documentos que tengo delante, los reviso y empiezo a firmarlos.
—¿Qué? —digo sin alzar la mirada cuando noto la suya sobre mí.
—Nada —responde pensativa—. ¿Alguna vez te has preguntado qué se sentiría siendo un rascacielos?
Paso la hoja y firmo en la parte inferior.
—Lo que te dijeron que era un cigarrillo normal, no lo era. No vuelvas a fumarlo —comentó burlón.
—Vamos, no seas tan cuadriculado —replica como si abrir mi mente justo ahora fuese importantísimo—.
Solo... piénsalo. Serías colosal y fuerte, rodeado de otros edificios más pequeños que tú y a la vez compitiendo con tus iguales, el Chrysler, el Empire State, el Flatiron, que es más bajito pero lo compensa con muchísimo estilo.
Tuerzo los labios conteniendo una sonrisa mientras leo el siguiente contrato.
—Serías un...
—Gigante —termino la frase por ella.
La siento sonreír.
—En serio, Vandervilt —sentencia—. Un gigante en una isla, luchando porque sea tu territorio. ¿Cómo te sentirías si lo lograras?
Algo me pide que alce la cabeza y lo hago. Nuestras miradas conectan.
—Invencible —respondo.
Ella sonríe. La clase de sonrisa que no tengo ni idea de por qué me alimenta, como si estuviese orgullosa de mí, como si admirase lo que hago aquí cada día, como si pensase que soy mejor de lo que soy.
—Lo imaginaba —contesta antes de, con esa preciosa sonrisa, devolver su vista al dibujo.
Eden Lockhart, eres jodidamente peligrosa.
***
A las seis, quiera o no, tengo que despejar mi mesa y levantarme. Mi madre me matará si llegamos tarde a la cena.
—Hora de irnos —la aviso.
—Un segundo —me pide concentrada en su cuaderno.
—No tenemos un segundo —le recuerdo poniéndome la chaqueta, subiéndomela por los dos hombros a la vez y ajustándomela de un par de tirones de las solapas—. Tus padres y los míos nos están esperando.
—Si me sigues incordiando, en vez de un segundo, necesitaré dos.
Resoplo armándome de paciencia con mi mirada sobre ella, un gesto que suele funcionar con todo el maldito planeta menos con Eden.
Cruzo mi despacho, pero, cuando estoy a punto de alcanzarla, ella cierra rápido el cuaderno, coge la caja de lápices y deja ambas cosas en la estantería.
Un momento.
—¿No quieres que vea tu dibujo? —pregunto observándola perspicaz.
—Efectivamente —contesta en absoluto arrepentida, regresando hasta el sofá y recogiendo sus cosas.
—¿Por qué? Quiero verlo.
—Pues no puedes porque aún no está acabado.
Doy un paso hacia ella.
¿Qué está escondiéndome?
—Eso no te ha importado antes.
—Cada obra es un mundo y esta no puedes verla hasta el final.
La miro, intimidante, para salirme con la mía, pero ella me mantiene la mirada sin problemas.
—Está bien —decido de pronto—, pero, sea lo que sea, ese dibujo es mío y lo quiero firmado.
—¿Por qué? —su turno de preguntar—. ¿Quieres incriminarme en un delito?
—No lo descarto —se aguanta una sonrisa frunciendo los labios—, pero ese dibujo lo quiero firmado porque algún día valdrá una pasta.
Ahora es Eden la que sonríe y la habitación entera se ilumina. Es lo que pasa cuando alguien cree en ella y es alucinante.
—Tipo listo —bromea.
Me encojo de hombros quitándole importancia.
—Previsor.
Otra vez no tengo ni idea de cómo pasa, pero nos quedamos mirándonos. Nueva York sigue bajito al otro lado del cristal, con taxis amarillos en un millón de direcciones y los rascacielos empezando a iluminarse uno a uno en la postal más icónica del planeta.
—Tienes la corbata torcida.
No ha terminado de decirlo cuando camina hasta mí y, como ha hecho millones de veces, me coloca bien el nudo, concentrada en lo que sus dedos hacen, también como cada vez, pero yo, a diferencia de todas esas ocasiones anteriores, no estoy con la cabeza en el Vandervilt Group, ni simplemente relajado.
Ahora estoy recorriendo su cara... la manera en la que arruga levemente el entrecejo cuando está concentrada; cómo entreabre los labios suavemente y, cuando se da cuenta, se muerde el inferior para controlar el gesto; las pecas que tiene en la parte superior de las mejillas, solo unas poquitas, que se difuminan en el puente de su nariz pequeña y respingona.
Me fijo en sus labios...
Respiro hondo.
Podría describir su cara de memoria porque simplemente me la sé. Tengo grabados todos esos detalles y ni siquiera me he dado cuenta de cuándo ha pasado.
—Ya está —dice acariciando el nudo de la corbata con los índices de ambas manos.
Eden levanta la mirada buscando la mía y yo la atrapo sin dudar.
Ninguno de los dos se mueve. Ninguno de los dos quiere. Y de pronto nos damos cuenta de lo cerca que estamos.
Baja las manos hasta que las palmas, dubitativas, descansan sobre mi pecho.
Lo hemos hecho millones de veces y, sin embargo, parece completamente diferente.