La noche que encendimos Nueva York 11 #2
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El arte es un negocio, más que nunca, y uno muy lucrativo. Las galerías, los espacios artísticos, todos buscan un beneficio y, aunque es comprensible, también cierra muchas puertas a artistas noveles que tienen mucho que demostrar pero pocas oportunidades donde hacerlo.

—Pues consíguelo —insiste—. Sigue dibujando.

—¿Crees que voy a rendirme? —lo desafío—. No pienso hacerlo. No voy a renunciar a dibujar, pero...

Niego con la cabeza. Lo cierto es que tengo miedo. Siempre me he visualizado alcanzando mi sueño, pero ¿qué pasa si me equivoco? Fracasar es parte del proceso, de la vida, pero no quiero fracasar con la parte que siento más mía.

Tomándome por sorpresa, Alex gira mi silla al tiempo que él también se mueve dejándonos frente a frente. No me lo esperaba y suelto un pequeño jadeo.

El contacto visual es inmediato, la conexión se vuelve física y mi respiración se acelera mientras la palabra posesión se ilumina en un cartel de neón al fondo de mi cabeza.

—Si empiezas a trabajar en ARTNews —me explica inclinándose, acercándose más a mí—, dejarás de tener tiempo para dibujar y al final dejará de ser tu sueño para convertirse en un hobby al que dedicarás unas horas de vez en cuando. No voy a permitir que un talento como el tuyo se desperdicie.

Alex no lo pronuncia como un cumplido fácil, lo hace como una constatación, como si para él fuese algo obvio.

—No quiero renunciar a mi sueño, pero quiero ser independiente, mudarme, pagar mis facturas...

—Tú sigue dibujando, yo me encargo de todo lo demás.

En cuanto pronuncia esa frase, el aire de la habitación cambia y sus palabras se quedan flotando entre los dos.

Podríamos tomárnoslo por el lado que no nos traería complicaciones —a él le sobra el dinero, somos amigos, siempre ha cuidado de mí—, pero los dos elegimos el significado que lo hace todo un poco más difícil.

Sonrío, es imposible que no lo haga después de lo que ha dicho, y lo miro un segundo de más a los ojos antes de hablar.

—No voy a dejar que me mantengas, Vandervilt —le dejo claro divertida, inclinándome yo también.

Ninguno de los dos lo ha buscado, pero ahora estamos muy cerca.

Me da igual cuánto dinero tenga, el que tengan mis padres. Yo quiero decidir lo que pasa en mi vida y costeármelo.

—Pero ¿y si yo sí quiero hacerlo, Lockhart? —replica. Es como un maldito encantador de serpientes; con esa mirada, podría conseguir cualquier cosa de cualquier persona—. Puedo ser tu mecenas.

—Si viviéramos en Florencia en el siglo XV , serías un Médici fantástico.

Alex sonríe.

—Estaría todo el día comprando arte y controlando el Mediterráneo. Aunque siempre me he visto más como un Borgia —añade entrecerrando los ojos.

—Te pega muchísimo —le sigo el juego— Tienen una historia mucho más truculenta —sentencio en un susurro.

Alex enarca las cejas fingiéndose intrigado.

—Explícame mejor eso de «truculenta» —me pide bajando la voz, convirtiendo esta conversación es un sexy susurro.

El calor vuele. El corazón desbocado, también. Y sin darnos cuenta ya estamos jugando.

—Ya sabes, la ambición desmedida, métodos brutales contra los enemigos, hacer todo lo necesario por conseguir el poder.

Me pierdo en sus ojos grises mientras Alexander apoya sus manos grandes y fuertes en mi silla, flanqueando mis piernas. Otra vez su cuerpo llama al mío y la sensación me emborracha.

—Dicen que Lucrecia Borgia enamoraba a los hombres —continúo—, los volvía locos hasta que le proponían matrimonio y después envenenaba a sus maridos tras utilizarlos como piezas políticas.

Alex recorre mi cara antes de volver a centrar su mirada en mis ojos y la mía persigue la suya, disfrutado de lo bien que me hace sentir que haga justo eso.

—Una mujer interesante —afirma.

—Desde luego, aunque una mala idea encontrártela un viernes por la noche.

Una sonrisa atractiva y perezosa se dibuja en sus labios por mi comentario.

La tensión crece un poco más, sofocante, deliciosa, perfecta.

Quiero seguir jugando, pero también estoy a punto de gemir. No soy capaz de pensar y, antes de darme cuenta, niego con la cabeza a la vez que un resoplido se escapa de mis labios. Acto seguido rompo a reír nerviosa y encantada al mismo tiempo.

El gesto se le contagia y unos segundos después estalla en risas conmigo.

De alguna manera las carcajadas rompen el hechizo del momento sexy-Renacimiento y me echo hacia atrás en mi silla, creando un poco de espacio e inspirando una porción de aire que no huela maravillosamente a Alex.

Él ve mi movimiento y, con los codos apoyados sobre sus rodillas entreabiertas, me concede la huida. Nunca me he sentido más como una gacela escapando del león.

—Quiero ser independiente y eso te incluye a ti —reconduzco la conversación.

Alex me mantiene la mirada, impasible, arrogante.

—Está bien, pero, como dejes de dibujar, te secuestraré y te llevaré a una isla desierta, donde te dedicaras a dibujar.

Ladeo la cabeza, saboreando internamente todas las implicaciones de esa hipotética idea.

—¿Y qué piensas hacer tú en esa isla?

La frase sale antes de que pueda controlarla, dulce y provocadora a la vez, aunque no sé cómo demonios lo consigo, simplemente pasa.

—Vigilar que tú —dice haciendo hincapié en mi pronombre personal— dibujes.

—Un poco aburrido, ¿no, Vandervilt?

—No te preocupes, tengo claro a qué dedicaría todo el maldito día.

—¿Es una amenaza?

Alex toma una bocanada de aire sin levantar sus ojos de mí. Es sexy, salvaje, casi intimidante.

—Es una puta promesa.