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Eden
El día siguiente es una auténtica locura.
El proyecto, la exposición, el último examen...
y la solicitud para el puesto en ARTNews .
Me he presentado. Soy consciente de que tendría que haberlo pensado un poco más, pros y contras y todas esas cosas tan útiles, pero es que tenía que hacerlo.
Será una oportunidad increíble de ser independiente.
Quiero alquilar mi propio apartamento, pagar mis facturas.
No voy a negar que me preocupa un poco que el trabajo no me deje tiempo para dibujar, que es donde quiero que esté mi futuro, pero me esfuerzo en ser optimista y pensar que encontraré la manera de compaginarlos.
He estado tan ocupada que para cuando termino son casi las cuatro y aún no he comido.
Me despido de mis compañeros y camino unas cinco manzanas con mis preciosas sandalias sin tacón hasta un diner muy chulo con una comida increíble. Las chicas, Ted, Alex y yo solemos venir mucho.
«Alex.»
No sé qué estaba esperando que pasase a lo largo de la mañana.
Sé que lo sencillo habría sido suspirar enamoradísima solo con recordar lo que ocurrió ayer, pero lo cierto es que no lo sé.
Fue muy intenso, pero también muy confuso.
Nos habíamos puesto celosos, habíamos discutido y de pronto estaba en sus brazos, fingiendo estar dormida porque no quería que me soltase...
y él se sintió exactamente igual. Eso significa que yo tenía razón, con el taxi, con los celos, con todo, y, si se siente así, ¿por qué lo negó?
, ¿por qué no me miró antes de marcharse anoche?
, ¿por qué no me ha escrito esta mañana?
No soy estúpida. Sé la respuesta. Piensa que es un error.
Pretende fingir que nada ha pasado. Sigue viéndome como una cría.
Elijan respuesta, pueden combinarse, pero al final da igual porque lo que tiene que importarme es cómo me siento yo respecto a todo esto.
No quiero renunciar a la posibilidad de tener algo con Alexander, pero tampoco quiero ser el error de nadie.
De ahí que no haya tenido la menor idea de qué esperar hoy.
En cualquier caso, lo único que ha habido ha sido silencio. No me ha llamado, no me ha mandado ningún mensaje, y yo tampoco lo he hecho.
Pero ahora estoy aquí en este diner , recordando exactamente lo que prefiere pedir cuando venimos, sabiendo a la perfección que no habrá parado de trabajar para comer y que, si las cosas entre nosotros fuesen como siempre, compraría comida para los dos, iría al Vandervilt Group y lo obligaría a parar porque, al contrario de lo que él piensa, no puede alimentarse solo de almas de ejecutivos.
Resoplo.
No debería dudar.
Justamente hoy no se merece que vaya hasta allí... pero es mi decisión. Yo elijo dónde poner a Alexander en mi vida y quiero recuperar la normalidad entre los dos.
Hecho.
—Para llevar —le digo al camarero cuando se acerca armado con un bloc y un lápiz.
Pido mi comida preferida, estofado de ternera, la de Alexandre, sándwich de rosbif y dos trozos de tarta, la suya de chocolate, como siempre, la mía una superdeliciosa que he visto en la carta con pistachos, vainilla y toffee salado.
***
—Hola, Patty —saludo a la secretaria de Alexander cuando todavía estoy a unos pasos de su mesa.
—Eden —responde devolviéndome la sonrisa—, ¿qué tal estás?
—Genial. Como tú en cuanto te comas esto.
Abro la bolsa creando un poco de misterio y le entrego una cajita llena de macaroons de frambuesa. Al verlos se le ilumina la mirada.
—Eres la mejor.
Mi sonrisa se ensancha. Esta mujer es una de mis personas favoritas en el mundo. Me cae de maravilla y es una gran profesional que no solo soporta a Alex, por lo que básicamente se merece una estatua, sino que le hace la vida más fácil y por ese motivo, automáticamente, me encanta.
—¿Cómo va nuestro gruñón? —le pregunto dirigiéndome a la puerta del despacho de Alexander.
—No de muy buen humor.
Pongo los ojos en blanco, un claro «Cómo no» que hace que Patty vuelva a sonreír, justo antes de girarme hacia la puerta y abrir sin llamar.
Al sentir la puerta abierta, Alex levanta la mirada de los documentos que revisa, pero el gesto que normalmente duraría un segundo se alarga un poco más.
Por mi parte, decidida a recuperar la «normalidad», no me fijo en lo guapísimo que está con el traje a medida y de corte italiano —siempre son a medida y de corte italiano— gris marengo, la camisa blanca y la corbata también gris.
Ni en ese extra de atractivo que le da estar sentado a su escritorio, en este inmenso y elegante despacho, con su reino, Nueva York, extendiéndose a sus pies al otro lado de la pared de cristal.
—¿Qué haces aquí, Eden?
—Asegurarme de que comas —contesto con total naturalidad, caminando hasta la versión reducida de la mesa de la sala de reuniones; esta solo está pensada para seis personas y está en un extremo de la estancia, junto a los ventanales.
—No tengo tiempo para comer.
—Lástima que la biología opine lo contrario.
—La biología no tiene que acabar de revisar todo esto.
—No, ella es más lista.
Me mira mal y yo tuerzo los labios divertida, dejándole cristalinamente claro que me siento muy orgullosa de mi comentario.
Alexander no dice nada, dándome por imposible, y vuelve a concentrarse en sus papeles mientras coloco la bolsa sobre la superficie de cristal y comienzo a sacar los contenedores de comida.
No es la primera vez que vivimos esta situación. Él piensa que lo de comer está sobrevalorado cuando puedes trabajar, yo impido que muera de inanición. Alex se queja, yo paso de él y acabamos comiendo juntos en esta misma mesa.
El olor a diner llena el espacio en cuestión de segundos, recordándome que estoy hambrienta. Lo preparo todo, incluido servilletas, cubiertos y dos botellitas de agua San Pellegrino sin gas heladas que cojo del minibar.
—Listo —anuncio girándome hacia él.
—Mocosa...
Los dos reaccionamos a esa palabra. A mí me molesta más de lo que debería y por un segundo me quedo congelada, como si mi cuerpo hubiese esperado no oírla nunca más.
Alexander traga saliva, me mira, pero rápidamente se concentra en su ordenador con algo a medio camino entre un gruñido malhumorado y un resoplido muy malhumorado.
—No tengo tiempo —termina su frase.
Yo no me doy opción a analizar nada de lo que acaba de pasar.
—Me da igual. Vas a comer.
—Tengo —empieza a contestar, pero yo ya he echado a andar y sin dudar me he sentado en su escritorio, frente a él, obligándolo a apartarse— que trabajar —concluye mirándome a los ojos.
Me encojo de hombros.
—¿Te he comentado ya lo poco que me importa?
—Eden —me reprende dejándose caer sobre su sillón de ejecutivo, con ese tono ronco y amenazante que me hace imaginarme un montón de cosas... cosas que por motivos obvios ya no voy a imaginarme, pero que están ahí, acechándome, como un actor porno con mucha tenacidad.
—Alexander —me rio un poco de él.
No sé exactamente qué pasa, pero sí que algo lo hace porque los dos nos quedamos en silencio mientras seguimos mirándonos y el ambiente a nuestro alrededor poco a poco comienza a cambiar.
Me hago aún más consciente de él; de la manera en la que está recostado, como si el mundo le perteneciese y le sobrase al mismo tiempo. La piel me quema donde sus increíbles ojos se posan. Y me muero de ganas por hundir mis dedos en su pelo castaño oscuro. Es una maldita fantasía.
Pero todo se hace un poco más potente cuando siento su mirada recorrer mis piernas y subir despacio, masculino, dibujando mi cuerpo.
De pronto hace mucho calor y no debería.
De pronto el corazón me late muy rápido y no debería.
—Serán solo veinte minutos y podrás volver al trabajo —le aseguro, pero mi voz, involuntariamente, suena un poco más acelerada, más trémula.
—Está bien —responde sin levantar su mirada de la mía.
Yo asiento, obligándome a moverme, me bajo de un salto y, sin volver a mirarlo, me dirijo hacia la mesa.
No lo busco, pero lo oigo levantarse, empezar a caminar en mi dirección, y cada paso cadencioso y seguro es como una especie de castigo para mí.
Mi respiración se acelera y, si no fuera una locura, diría que la habitación acaba de jugar con las leyes de la física y se ha encogido hasta medir solo dos centímetros.
«¡Tía, para de una vez!», me riñe mi voz de la conciencia y, maldita sea, qué razón tiene.
No sentamos el uno junto al otro.
—Te he traído tu preferido —le explico con una sonrisa— y, de postre, tarta de chocolate.
—Gracias —responde justo antes de coger el sándwich y darle un bocado.
Como era de esperar, en el momento en el que ha visto la comida, se ha dado cuenta de que estaba hambriento.
Los primeros minutos comemos en silencio, pero es algo muy cómodo. La verdad es que entre nosotros siempre ha sido así, podemos charlar, podemos discutir, mucho, pero también podemos estar callados, simplemente con el otro cerca.
—Tengo algo que contarte —le digo después de darle un trago a mi botella de agua. Alexander me mira para que continúe—. Me he presentado como candidata a un puesto en la revista ARTNews .
Lo suelto de un tirón y después me muerdo el labio inferior esperando su respuesta. No sé por qué me pone tan nerviosa este trabajo o la posibilidad de conseguirlo. Supongo que es porque significará un paso muy importante para mí y marcará mi futuro.
—Creí que querías vivir de tus dibujos —plantea serio, dejando la botellita de agua sobre la mesa—. Eres una artista.
—Y quiero hacerlo. Es mi sueño, pero necesito un trabajo...
—Dibujar es tu trabajo.
—Un trabajo de verdad.
—¿Quién te ha dicho que tu arte no es un trabajo de verdad?
«Tu arte». Suena increíblemente bien. Una ola de calidez me baña por dentro, igual que un efervescente orgullo. Desde que tengo uso de razón he querido ganarme la vida dibujando. No me imagino haciendo ninguna otra cosa... pero hay que ser realistas.
—Todavía no he vendido un dibujo —le recuerdo.
—Tampoco lo has intentado —me recuerda él a mí—. Prepara una exposición.
—Ninguna galería va a exponer mis dibujos. No soy famosa.