La noche que encendimos Nueva York 10
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Eden

Abro los ojos y los suyos están frente a mí, muy cerca, esperándome. Sus manos aún están en mi piel y mi mente, mi cuerpo, mi corazón, se recrean en esa sensación, como si quisiesen guardarla para siempre.

Dios, podría salir volando ahora mismo.

Mis dedos sujetan su camisa a la altura de su estómago, como si fuera mi ancla. Nada importa a nuestro alrededor, es como un hechizo, como una maldición. Un deseo haciéndose realidad muy lento, torturándote a la vez que te hace feliz.

El corazón va a escapárseme del pecho, pero no me importa. Firmamos un pacto sin que ninguno de los dos diga palabra. Esto todavía no ha terminado.

Alexander me abrocha el cinturón de seguridad y cierra la puerta. Trato de calmar mi respiración, pero es imposible y mi mirada lo sigue cuando rodea su imponente coupé para alcanzar el sitio del conductor.

Aprieta el volante con fuerza. Arranca. Las ruedas hacen sonar la gravilla bajo ellas cuando salimos deprisa y la noche, a cambio, nos come despacio.

Ninguno habla, pero la tensión crece excitante, sensual, caliente.

No hay música, pero juraría que los dos estamos escuchando la misma canción.

Los faros del coche son lo único que ilumina el camino lleno de árboles, de cancelas de hierro forjado y muros altos.

Lleva una mano en el volante, la otra en el cambio de marchas. La mandíbula, tensa. La mirada, fija en la carretera, como la mía.

Trato de calmarme pero no puedo. Trato de pensar pero no quiero.

Veo su nuez moverse cuando traga saliva y es como una grieta en todo su autocontrol que conecta directamente con mi sexo y no puedo contenerme y tengo que apretar los muslos para luchar contra el calor.

Es demasiado sexy. Demasiado guapo. Y, el hombre que nunca pierde el control, lo está perdiendo, aunque solo sea un poco, por mí.

Alex nota mi gesto igual que yo he notado el suyo. Los nudillos de la mano con la que agarra el volante se emblanquecen sobre el cuero, luchando, conteniéndose. Y, entonces, pasa... mueve la otra mano y la coloca en mi muslo.

Inmediatamente una corriente eléctrica viaja por todo mi cuerpo. Tomo una bocanada de aire para ahogar un gemido.

Mi piel arde.

Mi piel lo desea.

Mi piel es feliz.

Empieza a subir, despacio, asegurándose de que siento sus dedos, de sentirme a mí. Ninguno aparta la vista de la calzada. Mi voz se convierte en un mar de jadeos. El cuero cruje bajo su mano en el volante.

Sube un poco más.

Se esconde bajo mi vestido.

Gimo. Todo me da vueltas. El corazón me late a un millón de revoluciones por segundo. Lo necesito.

Un poco más.

Está a punto de llegar a mis bragas.

A todo lo que importa.

De pronto echa el coche a un lado de la carretera, frenando de golpe. Nos bajamos del mundo.

Giro la cabeza hacia él justo a tiempo de verlo quitarse el cinturón y volver su cuerpo hacia mí sin apartar su mano de mi piel. Levanta la otra, sus dedos me acarician lentamente la mejilla mientras se acerca un poco más, mientras lo deseo más, más, más.

—Esto va a cambiarlo todo —me advierte con la voz ronca, mirándome a los ojos.

—No me importa —respondo en un susurro.

Sus ojos bailan de los míos a mis labios. La tensión se vuelve sofocante de la manera más maravillosa imaginable.

Se acerca un poco más.

Cierro los ojos.

—¡Ey! ¡Ey! ¡Ey! —las voces de Mellow y Val entremezcladas con el claxon de su BMW y una canción electrónica a todo volumen irrumpe en el coupé como una horda de soldados enemigos.

Nos separamos de inmediato mientras el coche de Mellow se detiene de un frenazo junto a nosotros.

—No me digas que el gran Alexander Vandervilt ha pinchado —se burla—. Yo creí que hasta el asfalto te obedecía.

Val se asoma por la ventanilla, apoyando la barbilla sobre los brazos cruzados.

—¿Vais o venís? —nos pregunta.

Abro la boca dispuesta a contestar, pero la acabo cerrando sin saber qué decir.

—Vamos —responde Alex con esa seguridad envidiable, aunque yo puedo ver las grietas, que está luchando, con más éxito que yo, por no parecer aturdido—. Estoy llevando a Eden a casa.

—Genial —sentencia mi hermana con una sonrisa—. Nosotras también vamos para allá. Podemos pasar un rato todos juntos.

Alex me mira. Nuestros ojos conectan enseguida y la tensión vuelve, la música, la burbuja, nuestra conexión, pero, tras un segundo de más, aparta su mirada de la mía y asiente a las chicas.

—Hay que llamar a Teddy —recuerda Mellow.

Val asiente un par de veces y regresa al interior del coche para sacar su teléfono.

El resto del camino hasta mi casa lo hacemos en silencio. Alex no aparta la mirada de la calzada.

Cuando llegamos, me abre la puerta como cada vez, pero no vuelve a mirarme.

Nos sentamos todos juntos en la sala de estar. Ted no tarda en llegar. Charlamos, nos reímos, pero solo estoy disimulando como una ninja perfectamente entrenada. Mi mente no puede dejar de volar al coche, a su mano en mi muslo, a cuando me tenía entre sus brazos.

Alex está más callado de lo habitual. Nadie le da importancia, dando por hecho que será por el trabajo, pero yo sé que no tiene nada que ver.

Nos despedimos como siempre, todos a la vez, manos al aire, «Hablamos mañana» y «Llámame cuando termines el curro» entrelazados mientras se oyen más risas.

Val camina a mi lado mientras nos dirigimos al interior de la mansión. Ted le ha pasado el brazo por los hombros a Alex mientras se acercan a los coches.

No puedo contenerme y miro por encima de mi hombro hacia atrás buscándolo a él, un gesto, lo que sea. Necesito un detalle que me diga que esto no va a acabarse aquí, que no va a ser un intento fallido y nada más... pero Alex no se gira.

El corazón duele, pero no se rompe. Respiro hondo y continúo andando.

Pero, si hubiese aguantado un momento más, si me hubiese girado otra vez, habría visto cómo Alex también lo hace, buscándome.