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Alexander
Me acerco un paso más hacia ella, quiero pensar que por inercia, pero sé que no es verdad. Tiene la respiración tranquila, los labios suavemente entreabiertos y su pelo desperdigado por mi sofá, y no puedo evitar que me parezca la cosa más sexy y dulce sobre la puta faz de la tierra.
Tomo una bocanada de aire sin levantar mis ojos de ella porque hay más. No está desafiándome, no está provocándome, y, aun así, sigue siendo un puto problema.
La deseo y no debería hacerlo. Quiero follármela y eso es algo que nunca voy a permitir que pase.
Y a pesar de tenerlo claro... aquí estoy, mirando cómo duerme, dejando que mi imaginación vuele libre y peligrosa porque podría estar dormida exactamente así, desnuda en mi cama, después de que me hubiese dejado hacerle de todo.
Me humedezco el labio inferior luchando contra esa idea, contra lo que esa idea me hace sentir.
Aprieto los puños con fuerza junto a mis costados.
No sé cómo lo logro porque juro que puedo olerla desde aquí, pero consigo mantenerme alejado de ella. Me merezco un maldito trofeo.
—No la despiertes —la voz de mi madre casi en un susurro me distrae, pero tardo un segundo de más en apartar mis ojos de Eden—. Últimamente está trabajando muchísimo —añade deteniéndose a mi lado, mirándola también, aunque yo me esfuerzo en no hacerlo—. Termina exhausta cada noche.
Lo sé. Eden no solo tiene talento, también se esfuerza, muchísimo, y estoy jodidamente orgulloso de ella.
—Llévala en brazos —me insta mi madre.
Hostia. No. Es el primer premio a las malas ideas.
—Mamá... —empiezo a decir, buscando una excusa sobre la marcha. Necesito que sea buena, la he llevado en brazos demasiadas veces. No va a colar que a estas alturas diga simplemente que no.
—Alexander, está dormida y agotada. Ten un poco de corazón.
Cabeceo. Es una pésima idea... Es peor que eso...
Es... Pero Eden entra en mi campo de visión de nuevo y mi cuerpo se tensa un poco más con una tensión diferente, llena de una anticipación que no debería sentir pero que aun así siento.
Y las manos me pican por las ganas de tocarla y mi cabeza moldea la realidad para conseguir lo que quiero y de pronto una muy mala idea se transforma en una excusa perfecta.
No digo nada y camino despacio hasta ella. Uno de mis brazos se desliza entre el mullido sofá y la parte de atrás de sus rodillas; el otro, tras su espalda. Un flashback de su espalda desnuda en aquel taxi me sacude y se entremezcla con la calidez que siento ahora, con su piel caliente ahora.
Mi respiración se vuelve un puto caos.
El corazón, un motor rápido, constante, acelerado.
Me incorporo llevándola conmigo, con la mirada fija en su cara. Eden murmura algo en sueños y se acurruca contra mi cuerpo. Encajamos. Maldita sea, es algo mejor que eso. Es como si aquí fuese exactamente donde tiene que estar, donde quiero que esté, a donde pertenece.
Mi madre dice algo, pero no la escucho y empiezo a andar.
A cada paso, el mundo va sobrándome un poco más.
Entramos en la penumbra del vestíbulo, Glen Cove se extiende al otro lado de la puerta abierta de la propiedad, arboledas salpicadas de mansiones llenas de luces tenues. Nueva York despierta a lo lejos repleta de vida, aunque todos los demás se estén yendo a dormir.
Pienso muchas cosas. Lo fácil que sería montarla en mi coche y largarnos lejos de aquí, donde no fuéramos nosotros y pudiéramos reescribir nuestra historia como nos pareciera, como necesitáramos, como quisiéramos.
Un hombre sin responsabilidades con las que cargar, una chica con todo el futuro por delante. Suena jodidamente bien.
Entonces noto su respiración. Está suavemente acelerada. Está despierta fingiendo estar dormida y yo decido fingir que no lo sé para poder estar así un poco más. Una canción empieza a sonar a nuestro alrededor, aislándonos un poco más, convirtiéndonos en dos supervivientes de todo lo demás.
Sus dedos, furtivos, nerviosos, curiosos, comienzan a moverse despacio sobre mi camisa.
Mis manos se vuelven más posesivas sobre su piel y la estrecho un poco más fuerte contra mi pecho.
Eden gime bajito.
El león ruge, reclamando.
Se acurruca contra mi pecho y hunde la cara en mi cuello. Yo ladeo la cabeza hacia ella, persiguiendo la sensación.
Sigo caminando. La música sigue sonando. Seguimos así de cerca. Nada para los demás. Todo para nosotros.
Bajo las escaleras del porche. El aire frío nos recibe, pero nosotros solo somos calor. Veo el puto coche y lo odio porque eso significa que esto va a acabarse, que tendré que soltarla y, joder, no quiero.
Uno de los empleados me abre la puerta del copiloto. Le hago un gesto con la cabeza para que se largue.
Debo mentalizarme y me cuesta un mundo, pero tengo que soltarla, es lo que toca y, maldita sea, he de hacerlo.
Con cuidado, la dejo sobre el asiento, llamándome idiota en todos los idiomas que existen. El frío me golpea cuando la separo de mí. Las ganas se multiplican por un puto millón. Algo dentro de mí gruñe salvaje, instintivo. Aprieto los dientes.
No me aparto del todo.
No separo las manos de ella.
Y Eden abre los ojos.