8
Alexander
Me ha costado un puto mundo.
Nunca nada me había hecho necesitar mi autocontrol así.
Me paso las dos manos por el pelo hasta dejarlas en mi nuca a la vez que resoplo.
He hecho lo que tenía que hacer para quitarle de la cabeza la idea de que estaba celoso, para protegerla...
pero lo cierto es que lo estaba. Estaba celoso de la hostia solo con la posibilidad de que un imbécil pensara que podía dirigirle la palabra, tocarla, hacerla reír... Eso ha sido lo peor de todo.
Y lo he sentido en un rincón muy adentro y muy oscuro.
Mi cuerpo vuelve a tensarse, mi mandíbula se aprieta.
Al principio solo estaba jugando. Ella se ha puesto celosa de Lindsey y yo me he sentido invencible, joder.
Es verdad que he estado con muchas mujeres, nunca me he escondido y a Eden nunca ha parecido importarle, pero esta vez sí y algo dentro de mí se ha despertado arrogante, divertido, satisfecho, feliz.
Pero entonces Eden le ha dado la vuelta al tablero preguntando cómo me sentiría yo si ella saliese con otro y la respuesta ha sido corta y sencilla: querría ver el mundo arder. No hay ninguna posibilidad de que la vea con un gilipollas y me quede de brazos cruzados.
Lo cierto es que no sé de qué me sorprendo.
Eden me planta cara, me provoca, me pone las cosas difíciles.
Siempre ha sido así. Puedo conseguir acobardar a una junta de veinte accionistas que me sacan mínimo diez años con una mirada, pero Eden es completamente inmune y a mí me gusta que lo sea y me pone de los nervios a la vez.
No la puedo controlar. Y yo lo tengo todo bajo control. Siempre. Debería odiarlo y lo hago, y no debería gustarme, pero lo hace.
Ya he tenido que luchar conmigo mismo para no abalanzarme sobre ella cuando ha estado aquí la primera vez, pero es que ha vuelto aún más insolente, más convencida de que esto no es una maldita locura, desafiándome, y he hecho lo único que podía hacer.
Mentir. Fingir que no me ardían las manos por las ganas que tenía de tocarla, que no me moría por hacerlo cuando la tenía sentada en mi escritorio, por comérmela entera.
Joder.
Joder.
Joder.
Sacudo la cabeza, regreso a mi mesa, a los putos prospectos de inversiones, a lo único que tendría que tener en mente y no a ella.
Estoy mirando el papel que tengo entre las manos, pero en el fondo no veo nada porque solo estoy recordando la calidez de su cuerpo tan cerca del mío.
Mi respiración se vuelve pesada al pensar en la suya acelerada.
Cómo ha pronunciado mi nombre casi como si fuera un gemido.
«Alex.»
Su voz.
—Joder —gruño apretando los dientes.
Las cosas no tendrían que estar yendo así para nada.
Se supone que lo del taxi no significó una mierda...
y esto tampoco puede significarlo. Es una cría.
Una cría que me tiene idealizado pero que en el fondo no ve cómo soy ni lo que significa salir con alguien como yo.
Para mí, el Vandervilt Group es lo primero, mi responsabilidad, mi prioridad.
No puedo permitir que nadie cambie eso y Eden ni siquiera lo soportaría.
Es demasiado sensible. Es visceral. Quiere con todo lo que tiene, hasta el final, te convierte en el centro de su mundo y necesita ser el centro del mundo de la otra persona, ¿y por qué coño iba a pedir menos?
Se lo merece. Ella no es el problema. Pero, precisamente porque lo sé, no voy a ser el cabrón que aproveche la situación a su favor.
No puedo coger todo lo que me ofrece y no darle nada a cambio.
No sería justo. Y no voy a permitir que nadie, ni siquiera yo, le haga daño.
Todo esto, el taxi, es solo una estupidez y los dos lo olvidaremos con un poco de tiempo.
Me doy un momento para calmarme y recuperar la mente fría y salgo del estudio.
En el instante en el que pongo los pies en el comedor, mi cuerpo se hace hiperconsciente de Eden. No es algo nuevo. Siempre cuido de ella, siempre sé dónde está, pero ahora es diferente, como si la misma idea se hubiese llenado de un millón de matices nuevos.
Está sentada a la derecha de mi madre. El sitio libre, el mío, a su lado.
Eden levanta la mirada y deja que la atrape para demostrarme que puede que le haya afectado, pero no va a esconderse.
A veces creo que es demasiado valiente para su propio bien, como si no fuese capaz de ver las señales de peligro o, lo que es peor, aun viéndolas, pensase que puede conseguir que las cosas salgan de manera diferente.
—¿Qué tal el día en la oficina? —me pregunta mi padre sentado a la cabecera de la mesa, frente a mi madre.
—Como siempre —contesto sin darle mayor importancia.
Él asiente, entendiendo perfectamente lo que significan esas dos palabras en una empresa de las dimensiones y el poder del Vandervilt Group y cuántos fuegos se apagan solo para que un día sea «como siempre» y no un puto desastre.
Él ocupó el puesto de director ejecutivo antes que yo e hizo un trabajo impecable.
—El jardín va a quedar precioso —le cuenta mi madre—. Esta jovencita —añade cariñosa y divertida refiriéndose a Eden— me ha dado unas ideas increíbles.
Eden sonríe y tengo la sensación de que el maldito salón se ilumina. Algo dentro de mí se llena de alivio. He odiado cómo se ha marchado de mi estudio y necesitaba verla sonreír.
—No esperaba menos de ti —responde mi padre señalando a Eden—. Tienes un talento impresionante.
Su sonrisa se ensancha y baja la cabeza a punto de sonrojarse. Yo me relamo antes de darme cuenta y esa parte de mi mente que está empeñada en meterme en problemas se imagina cuántas cosas podríamos hacer para que se sonrojara otra vez.
Basta, Vandervilt. Joder.
—¿Qué tal te va en el MoMA? —continúa.
—Genial. Ya casi he terminado con el proyecto del fin de máster y muy pronto tendré los últimos exámenes.
Mi padre asiente satisfecho.
—No te haces una idea de cómo pienso presumir de ti en cuanto termines —le asegura.
—Gracias, señor Vandervilt.
—Podríamos hablar con Peter y Mary Anne —los padres de Eden— y organizarle una fiesta aquí —propone mi madre entusiasmada.
—No será necesario, señora Vandervilt —interviene Eden, pero puede irse olvidando. Mi madre la adora, como mi padre, y no van a perder la oportunidad de dejárselo claro a todo Nueva York.
—Me parece una idea estupenda —la secunda mi padre. Eden tuerce los labios tratando de mantenerse en aquello de «No es necesario», pero mi padre enarca las cejas sosteniéndole la mirada—: No te va a valer de nada protestar, jovencita. Ya te he dicho que pienso presumir muchísimo de ti.
En un descuido, a mi madre se le cae el tenedor.
—¿Te ha llamado Harrington? —me pregunta mi padre.
Sin dudar, Eden se inclina para recogerlo.
—Sí, hemos reprogramado la reunión —le explico.
Sin dejar de hablar, sin ni siquiera registrar el movimiento, tapo la esquina de la mesa con la mano para evitar que Eden se haga daño si se golpea al incorporarse—.
Quiero que el departamento legal revise todo el papeleo.
Si piensan que van a jugar con ventaja, se equivocan.
—Gracias —le agradece Eden a una de las empleadas al entregarle el tenedor que ha caído al suelo.
Seguimos conversando y comiendo. Aún estamos con el segundo cuando recibo una llamada importante que debo atender.
Al ver que me pongo en pie, mi madre me reprende con la mirada.
—Alexander —añade haciendo hincapié absolutamente en todas las letras de mi nombre, incluidas las consonantes. Es un mérito.
Yo finjo no verla ni oírla. Necesito contestar.
Cuando regreso al comedor, todos se han levantado ya, así que pasó al salón, donde imagino que están charlando. Me sorprendo al encontrar solo a Eden, a punto de salir por el otro extremo en dirección al vestíbulo.
—¿Ya te vas? —pregunto, aunque es obvio—. Te llevo.
—No es necesario —se apresura a responder—. No quiero que llegues tarde a tu cita.
La conozco. No está enfadada. Solo está siendo insolente otra vez.
—Tengo tiempo.
—He traído mi coche.
—Jacob —llamo a nuestro jefe de servicio. No tarda un minuto completo en aparecer.
—¿En qué puedo ayudarlo, señor?
—Haz que uno de los chóferes lleve el coche de la señorita a la mansión Lockhart.
—Por supuesto, señor.
Eden me mira. Se muerde el labio inferior a la vez que niega con la cabeza y una sonrisa se le escapa.
Ahora no soy su persona favorita y es verdad que Eden puede enfadarse en cuestión de segundos, pero no es capaz de estarlo mucho tiempo.
Además, es muy difícil luchar contra lo que uno lleva años haciendo y, desde que puedo recordar, yo me encargo de llevarla a casa.
—Está bien —cede al fin. Se saca las llaves del bolsillo y se las entrega con cuidado a Jacob—. Cuídamelo, por favor —le pide amable con una sonrisa.
—Pierda cuidado, señorita Lockhart —le asegura antes de retirarse.
—Espérame aquí —le pido—. Termino con unos asuntos y nos marcharemos.
—Está bien.
Vuelvo a mi estudio y sigo trabajando. No entiendo por qué, pero, sabiendo que Eden me está esperando fuera, me concentro mejor. Sin embargo, un asunto se me complica y tardo un poco más de lo esperado.
—Ya podemos irnos —anuncio regresando al salón. Al no obtener respuesta, frunzo el ceño.
Pero entonces la veo, acurrucada en uno de los sofás, dormida.