7
Eden
Entro sin llamar, sin pararme a pensar si es buena idea o no. En cuanto lo hago, Alex lleva su vista hacia mí como si me hubiera estado esperando. Sigue en el mismo sitio en el que lo he dejado, todavía con el cuerpo tenso.
—¿Qué quieres? —pregunta.
—No te creo —pronuncio sin dudar.
Él suelta otra vez esa especie de resoplido irritado entremezclado con una sonrisa mordaz y fugaz.
—Me importa bastante poco —me deja claro.
—Pues a mí sí —le dejo claro yo, deteniéndome frente a él.
A esta distancia y descalza, la diferencia de altura es casi ridícula. Tengo que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos y ese pequeño detalle parece despertar algo en los dos, que crece y se expande a pesar del enfado, estirando los músculos de mi vientre.
—Estabas celoso.
Alex niega con la cabeza, hastiado.
—Eres una cría —sentencia yendo hasta su escritorio.
Se queda de pie. Abre una de las carpetas sobre la mesa y comienza a revisarla.
—¿Por qué?, ¿por querer saber lo que sientes?
—No, por imaginar lo que tú quieres que sienta y dar por hecho que es la verdad. Deja de soñar despierta, mocosa.
—Y tú deja de intentar enfadarme para que me marche de aquí y me olvide de esta conversación.
Alex se detiene y durante un par de segundos se queda en silencio. Esa es la prueba que necesito para saber que tengo razón.
—Está bien —pronuncia levantando la cabeza y mirándome.
Su voz cambia. Sé que es una locura, pero puedo jurar que no solo se vuelve más ronca, sino también más peligrosa—.
¿Quieres que mantengamos esta conversación?
—pregunta, pero en realidad me lo está advirtiendo—.
Tengámosla —añade dando un paso hacia mí.
La tensión sube al mismo tiempo que algo caliente, húmedo, sensual, va tomando el ambiente.
—¿Quieres saber qué haría si te viera con otro tío? —Da otro paso en mi dirección y todo mi cuerpo se revoluciona, como si el suyo lo llamase, lo rindiese sin condiciones centímetro a centímetro—. ¿Si un gilipollas intentara ponerte las manos encima?
Está furioso, como si la mísera posibilidad de que pasase lo cabrease, y eso está alimentándome, hechizándome, excitándome.
Trago saliva.
—Sí.
—Lo apartaría de ti con mis propias manos.
—Otro paso más. Mi respiración se acelera, pero yo ya no necesito oxígeno.
Alex observa mi reacción—. Lo tumbaría en el suelo de un puñetazo, te cargaría sobre mi hombro y te sacaría del puto lugar en el que estuviéramos para llevarte a uno donde estuviéramos solos tú y yo.
Tomándome por sorpresa, me coge de las caderas y me sienta en su escritorio. Al notar sus manos en mi piel, suelto un gemido. Alex se cuela entre mis piernas.
Despacio, torturándome, se inclina sobre mí.
—Y tendríamos una charla muy interesante —continúa tan cerca de mí que duele, con sus ojos grises como el acero sobre los míos, con las palmas de las manos apoyadas en la madera, flanqueando mis caderas— sobre que no puedes reírte con otro tío ni dejar que respiren el mismo aire que tú.
Alex es dominante, siempre lo he sabido, nunca lo he dudado, pero ahora es como si todo hubiese subido un escalón, como si, a esa mezcla brutal que es él, arrogante, poderoso, implacable, hubiese que añadirle territorialidad, instinto, un animal salvaje, y estuviese a punto de tomar el control.
—¿Y si te respondiera que haré lo que me dé la gana? —lo reto con la voz baja, casi entrecortada por todo el placer anticipado, pero con ganas de seguir provocándolo para ver las llamas arder.
Alex se humedece el labio inferior con el inicio de una sexy sonrisa en los labios y ese gesto tiene un eco directo entre mis piernas. Por Dios, creo que el corazón nunca me había latido tan deprisa.
Mueve una de sus manos lentamente, sin separarse.
—Yo no comparto lo que es mío, Eden. —Su índice está a punto de acariciarme la piel de los mulos, cada centímetro se derrite por la idea, pero, en lugar de eso, su dedo se desliza por el borde de mi vestido, con la mirada siguiendo el movimiento, demostrándome que es el dueño de la situación.
Tengo que tragar saliva otra vez. Tengo que luchar por no apretar los muslos.
Levanta la cabeza y sus ojos vuelven a atrapar los míos.
—¿Y qué... y qué... pasaría después?
—Que te follaría como te mueres de ganas de que lo haga.
Sí, por favor.
—Alex. —No soy capaz de decir nada más. Estoy a punto de gemir, con todo mi cuerpo temblando suavemente.
Él no deja de mirarme. Se inclina un poco más.
—Mírate —susurra con sus labios casi tocando el lóbulo de mi oreja—, solo puedes decir mi nombre y yo no siento absolutamente nada. ¿Has entendido de una puta vez que no estoy celoso por ti y nunca lo estaré?
La burbuja estalla.
De golpe.
El calor sigue pegado a mi piel, quemándome por dentro, pero ya no es lo mismo. Ahora es incómodo. Demasiado expuesto.
Demasiado evidente.
Alzo la mirada hacia él. Está exactamente igual. Controlado. Arrogante. Intocable. Creo que eso es lo que más duele. No lo que ha dicho, aunque también, sino el hecho innegable de que no le ha costado hacerlo.
Asiento varias veces, gestos pequeños y rápidos. No para él. Para mí. Porque acabo de comprenderlo. Todo esto no ha sido más que un teatro. Subirme. Dejarme caer. Demostrarme que solo yo me he dejado llevar.
Antes de que pueda controlarlo vuelvo a estar enfadada por sentirme así, por cómo me he sentido antes y por esta estúpida demostración.
—Mensaje captado —digo, y mi voz sale más firme de lo que me siento.
Gracias por eso, universo, Taylor Swift o quien esté al cargo de esta movida.
Me bajo de un salto del escritorio. Durante un segundo temo que las piernas no me respondan, pero lo hacen. Claro que sí. No pienso darle eso.
—Gracias por comportarte como un capullo —añado sin mirarlo.
—Te están esperando —me recuerda como si no hubiese pasado nada, como si no acabara de... joder.
Yo no le respondo y simplemente me largo de su estúpido despacho.