6
Eden
No sé cómo me siento. Bueno, sí lo sé, pero soy consciente de que no debería sentirme así, que es un error y una estupidez porque obviamente el taxi no significó nada para él, ¡y no va a dejar de quedar con chicas para acostarse con ellas en hoteles icónicos de Manhattan!
Estoy enfadada... No, no, estoy cabreada... Muy cabreada.
Estoy celosa.
Resoplido interno. Sentirme así es una pésima idea y es peligroso por los motivos obvios y por los que no lo son tanto pero son igual de temerarios.
«Corazón, cálmate ya, ¿me oyes? Tenemos la situación bajo control.»
—El Plaza, todo un clásico, Vandervilt —comento ladeando la cabeza.
Alex frunce el ceño, pero rápidamente disimula el gesto. Creo que no he respondido como esperaba.
—Funciona —sentencia sin levantar los ojos de mí, como si estuviese evaluando mi reacción.
—Por eso es un clásico. ¿Y puedo preguntar quién es? —continúo tratando de que siga sin notárseme el cabreo que va serpenteando por mi cuerpo de lado a lado como si un hindú muy perspicaz lo hiciese bailar.
—Lindsey.
Lindsey Herrera, la conozco. Es una de esas chicas de la alta sociedad a las que les han inculcado la idea de que lo mejor que pueden hacer es casarse con un hombre rico y poderoso, y, para ese tipo de mujer, Alex es el premio gordo de la lotería.
Siempre le ha dejado bastante claro, y no de una manera demasiado sutil, que aparecerá solícita con una sonrisa cada vez que él chasquee los dedos.
Genial, ahora estoy de peor humor porque cualquier conveniente idea de que solo cenarían en el Plaza, se darían la mano y se marcharían cada uno por su lado ha explotado por los aires.
Curvo los labios hacia arriba mirando en cualquier dirección, tratando de controlar cómo me siento.
—Lindsey es muy... —busco la palabra adecuada— simpática —me rindo con una mentira piadosa. No tengo nada bueno que decir de ella. Siempre intenta acaparar a Alex, da igual que esté hablando con alguien y, lo que es peor, ni siquiera se preocupa en fingir que ese alguien existe.
Una media sonrisa arrogante se cuela en los labios de Alex.
—¿Te molesta? —plantea.
«Sí.»
—¿Por qué tendría que hacerlo? —replico manteniéndole la mirada, bordando una seguridad que no siento.
—Porque he quedado con ella.
—Si que quedases con otras mujeres me molestase, viviría molesta.
Como ahora.
Habría empezado, básicamente, cuando él estaba en el instituto porque ya entonces tenía pinta de haber salido de la portada de una revista y la misma apabullante seguridad.
Si no, que se lo pregunten a la señorita Mortimer, la profe de matemáticas.
Tenía veinticuatro años, él diecisiete, y la señora Vandervilt casi se desmaya cuando el director la llamó para decirle que los había pillado en el aula de castigo.
—No sé —continúa caminando despacio hacia mí, cadencioso, masculino, acariciando la mesa con la punta de los dedos—, hoy tengo la sensación de que te ha afectado un poco más.
¿Y por qué yo la tengo de que está disfrutando de que haya sido así?
—Te equivocas —sentencio encogiéndome de hombros con ese aire insolente marca de la casa—. Espero que te lo pases genial en tu habitación del Plaza.
— Suite —me corrige el muy bastardo, porque sí que está disfrutando de que esté celosa.
—¿Perdona? —finjo no entender a qué se refiere.
—Nos veremos en una suite .
—Además de clásico, con estilo.
—Ese soy yo.
Nos miramos a los ojos.
«¿Estás jugando conmigo, Vandervilt? Perfecto, porque a ese juego podemos jugar los dos.»
—Oye, Alex, ¿y a ti te molestaría? —le pregunto.
Él se toma un segundo para observarme y yo dejo que lo haga porque esos ojos gris acero siempre han sido mi lugar favorito en el mundo.
—¿El qué?
—Que yo quedase con otro hombre.
De pronto la habitación parece cargarse de tensión, mitad por haberlo oído quedaba, por cómo he reaccionado antes, mitad por cómo está reaccionando él ahora, pero mitad también porque creo que nos acabamos de dar cuenta a la vez de que estamos solos en su estudio y, sí, sé que sobran mitades, pero la respiración me va demasiado rápido como para concentrarme en matemáticas sentimentales.
Alex no responde, pero sé que tengo toda su atención y sé que tengo que doblar la apuesta.
—Que me arreglase para él, vernos tomar una copa en la barra de un club repleto de gente a la que ni siquiera miraríamos, que me hiciese reír.
Alex tuerce los labios quitándole importancia, pero noto su cuerpo tensarse suavemente, como si se estuviese poniendo en guardia.
—No sentiría nada —contesta y algo me dice que es mentira.
—Mejor —respondo siguiéndole el juego—. Además, te quitaría trabajo porque esa noche no tendrías que acompañarme a casa. Lo haría él.
—Genial —responde, pero puedo ver cómo aprieta los puños hasta que los nudillos se le emblanquecen y eso hace que el corazón comience a latirme como un loco. ¿Está celoso? ¿Alex está celoso?
—Genial —repito obligándome a seguir en el papel.
Necesito pensar y para hacerlo con claridad necesito calmarme porque sigo enfadada, pero también confusa.
Si está celoso, entonces lo que pasó en el taxi le afectó, ¿no?
Pero, si le afectó, ¿por qué demonios ha quedado con Lindsey?
¡¿Por qué está celoso si ha quedado con otra chica esta misma noche? ! ¡Dios, ahora estoy aún más cabreada!
—Creo que la cena ya está lista —comentó dirigiéndome hacia la puerta—. No deberías hacerlos esperar.
Alex asiente.
—Eden —me llama cuando estoy a punto de salir.
No te pares. Márchate. Piensa. Es peligroso.
—¿Qué? —respondo deteniéndome y girándome hacia él.
Creo que, si es Alexander quien me llama, no sé fingir que no lo hace.
—¿Has conocido a alguien?
Otra vez sus ojos atrapan los míos. Y esa pregunta tiene mucho de orden, de poseer, y soy lo suficientemente lista para saber que tendría que mandarlo al infierno, y lo haré, con mi mortal actitud, pero lo cierto es que me gusta.
—¿Por qué lo preguntas?
—Contéstame.
La habitación se hace más pequeña, o quizá es que un nuevo camino se está construyendo entre nosotros, o quizá siempre estuvo ahí pero no habíamos sido capaces de verlo.
—¿Estás celoso?
Necesito saberlo.
Necesito que diga que sí.
—Contéstame —me ordena.
—Hazlo tú.
—Para sentir celos por ti, tendría que sentir algo por ti, mocosa. Y eso no pasará jamás.
No duda ni siquiera un poco, no le duele decirlo, mientras a mí el corazón me sigue latiendo desbocado, aunque, ahora, por un motivo completamente diferente. He volado demasiado alto y he caigo en picado. No sabía que las dos cosas podían pasar tan rápido.
—Pues, entonces, ¿qué demonios te importa a quién conozca? —suelto sin apartar mi mirada de la suya.
Salgo de su estudio. El sonido de la puerta encajando en el marco es leve y tranquilo, pero me atraviesa por dentro mientras me alejo unos pasos más por inercia.
El corazón me late con tanta fuerza que siento que va a escapárseme del pecho, mi respiración es un caos.
¡Maldita sea, sigo enfadada, sigo confusa! ¡Estoy abrumada y frustrada!
Sé que estaba celoso. No me lo he imaginado. Pero, entonces, ¿por qué ha fingido que no?
Antes de que la idea cristalice en mi mente, me doy la vuelta porque no es un pensamiento completo, es un impulso.
Volver a entrar.
Preguntarle.
Saber cómo se siente, de verdad.