La noche que encendimos Nueva York 5
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Alexander

¿Qué hace Eden en mi terraza?

No tendría que estar aquí. Tendría que estar tomándose algo con Val y Ted en la ciudad, esperando a que Mellow salga del trabajo.

No la estoy evitando. Simplemente, después de lo del taxi, creí que lo mejor para los dos sería que nos diésemos un par de días para que las cosas se calmaran.

Ha debido de pensar en la noche del sábado un millón de veces. Quiero ponérselo más fácil... y, francamente, quiero ponérmelo más fácil a mí.

No he podido sacarme a Eden de la cabeza en todo el fin de semana y empieza a ser frustrante.

Es como si tuviera dos malditos bandos en guerra dentro: el que no para de repetirme que es una cría, que le saco seis años, que es la pequeña Lockhart y me llama continuamente al orden, y el que recuerda demasiado bien su increíble cuerpo en ese vestido rojo, rozándose contra mí en ese puto taxi y quiere hacerle de todo.

Es imposible que la toque, así que tengo claro cuál va a ganar.

—¿Por qué no estás con Val? —pregunto.

Ella me mantiene la mirada un segundo más justo antes de sonreír y poner los ojos en blanco, riéndose claramente de mí.

—Voy a apuntarte a uno de esos cursos de «Aprende a ser amable en treinta días». Definitivamente, lo necesitas.

—Contéstame —le ordeno dando un paso hacia ella.

Si ha venido hasta aquí porque cree que puede intentar convencerme de que lo de la otra noche significó que podemos tener una oportunidad, debo cortar esas fantasías de raíz. Tengo que protegerla.

—Tu madre me ha llamado. Necesita que la ayude con el jardín.

Llevo mi vista a su espalda, donde mi madre está hablando con los jardineros señalando varios puntos de la arboleda.

Tiene sentido. Eden posee una visión artística brutal. Y mi madre la adora; bueno, todos en esta casa lo hacen.

Siento una oleada de alivio, pero, también, inexplicablemente, me siento decepcionado porque esté aquí por mi madre y no por mí, ¡lo que no tiene ningún tipo de sentido, joder! ¡No quiero que esté aquí por mí!

—¿Y tú por qué no estás con Val? —pregunta sacándome de mi ensoñación.

La pregunta me deja fuera de juego, pero lo disimulo a tiempo.

—Trabajo —respondo mecánico.

Ella asiente un par de veces.

—Es un poco raro —comenta perspicaz.

Suelto un resoplido breve e irritado (y frustrado), entremezclado con una sonrisa irónica y aún más fugaz.

—¿Es raro que trabaje?

Ella niega con la cabeza con toda esa insolente seguridad.

—Es raro que no saques un rato para estar con tus amigos.

Tiene razón. Trabajo más horas de las que puedo contar, ya sea en la oficina o en casa, y no me pesa, pero también saco tiempo para divertirme y desahogarme un poco o ya habría muerto.

—A veces se puede y a veces no, mocosa. —El apelativo me sabe a ceniza, pero me esfuerzo en pronunciarlo.

—Y a veces se quiere y a veces no —me replica encogiéndose de hombros—. Ese es el verdadero matiz de las cosas, Alexander Vandervilt.

Me quedo mirándola, debatiéndome entre el hecho de que me gusta que me plante cara, siempre me ha gustado, y el que me ponga de los nervios. A veces se comporta como si fuera una especie de hadita mágica y listilla que cree que me conoce mejor que yo mismo. Se equivoca.

—Cuando seas adulta, entenderás cómo funcionan de verdad las cosas.

Mi comentario la saca de quicio y yo me siento estúpidamente orgulloso.

—Ya soy una adulta —me recuerda—. Tengo...

—Veinticuatro años —termino la frase por ella, sin esforzarme ni un poco en no sonar condescendiente, fastidiándola todavía más—.

Sí, lo sé y, ¿sabes qué? —añado dando un cadencioso paso hacia delante, con las manos en los bolsillos, ladeando la cabeza sin levantar los ojos de ella.

Soy arrogante, pero con Eden lo soy un poco más y es ella quien me hace serlo, como si me alimentara, joder—. Que no cambia absolutamente nada.

Aprieta sus labios en una fina línea. El movimiento me obliga a centrar mis ojos en ellos. No me había dado cuenta de lo jodidamente sexis que son hasta ahora.

—No soy ninguna cría —sentencia avanzando hasta colocarse definitivamente frente a mí—, pero preferiría serlo a que mi corazón fuese el paraíso del hielo, como, lamentablemente, es tu caso.

Esbozo una sonrisa maliciosa.

—¿Ya no me quieres, mocosa? —replico fingiéndome desolado—. Creo que voy a ponerme muy triste.

—Deberías. Nunca vas a encontrar a una mujer como yo.

—Una niña —le recuerdo impasible.

—Una mujer —contesta sin dudar—. Y, si no estuvieras tan ciego, ya te habrías dado cuenta de la diferencia.

El taxi explota delante de mí y mi cuerpo lo recuerda todo otra vez, como si se hubiese convertido en el puto bucle de mi existencia. El vestido rojo, mi mano en su cadera, cómo gimió.

—¡Alexander! —me llama mi madre—. ¡Ven con nosotras, estamos haciendo cambios en el jardín!

—¡Alex no puede, señora Vandervilt! —responde Eden por mí sin levantar su mirada de la mía, provocándome—. ¡Tiene mucho trabajo!

Sonríe cuando pronuncia la última frase, como si supiese que es mentira, y yo siento mi mandíbula tensarse.

—Una pena —comenta mi madre justo antes de centrarse de nuevo en los jardineros.

—Diviértete —se despide Eden dándose la vuelta para dirigirse a las escaleras y bajar para encontrarse con mi madre.

Y sé que la conversación tendría que terminar aquí, pero algo dentro de mí sencillamente no puede dejarlo estar. Doy un paso hacia ella, la agarro de la muñeca y la obligo a girarse. Ella no se sorprende y de alguna manera eso me frustra aún más.

—El verano que pasaste con tu tía Lydia en la casa que vuestra abuela tiene en los Hamptons, ¿recuerdas cómo te encerraste en tu habitación llorando porque querías ver los fuegos artificiales del 4 de Julio en la playa y tu padre dijo que no?

Eden frunce el ceño, pero sé que conecta con el recuerdo al instante. Me humedezco el labio inferior con una mezcla de arrogancia y el dejarle claro que, aquí, los desafíos, los planteo yo.

—Yo sí los vi—continúo sin una pizca de arrepentimiento— porque, a diferencia de la niña de catorce años que estaba encerrada en su cuarto, en un par de meses iba a empezar mi penúltimo año de universidad. Diviértete con el jardín.

No digo nada más, la suelto y me dirijo de regreso a la casa con el paso decidido.

Mi cuerpo está en guardia, pero también tengo algo rugiendo dentro, algo que se ha relamido cuando la he cogido de la muñeca y también cuando le he dejado las cosas claras, como si le pusiese esa especie de jueguecito.

Resoplo.

Estoy perdiendo la maldita cabeza.

Me encierro en mi estudio, que, por suerte o por desgracia, da al jardín trasero.

Me deshago de la chaqueta y de la corbata.

Me desabrocho los primeros botones de la camisa blanca y me la remango.

Intento trabajar, lo juro por Dios, pero estoy demasiado distraído y acabo acercándome a las puertas acristaladas, aunque sé que no debería, apoyando el costado en el marco y, otra vez con las manos en los bolsillos, observo la escena con expresión seria.

Eden y mi madre siguen sobre el césped hablando y riendo.

Mi madre dice cosas como que quiere que el jardín sea una explosión de color, que se respire vida, y Eden, con paciencia, va guiando la idea: qué colores usar para que sea un espacio vivo sin resultar apabullante, dónde aumentar o disminuir las alturas para crear profundidad...

Antes de que me dé cuenta, una suave sonrisa se cuela en mis labios, nada de una mordaz, engreída o solo para fastidiarla.

Es un gesto pequeño, pero también es de verdad.

Esto es el mundo de Eden. Los colores. Crear cosas increíbles con ellos, dibujar, transmitir sensaciones ya sea en un papel, en una tablet o en un jardín.

Mi madre dice algo, no logro oír el qué, y Eden rompe a reír.

El sonido me calienta los huesos, joder, y sin darme permiso la recorro de arriba abajo.

Veo cómo las puntas de su pelo castaño y ondulado se levantan ligeramente con la brisa caliente que recorre el jardín.

Sigo bajando y no debería, pero lo hago.

Su cintura, sus caderas, sus piernas. Las imagino bajo el vestido y las contemplo hasta llegar a sus pies.

Se ha quitado los tacones que llevaba y está descalza en mi puto jardín y no es ni de broma la primera vez que lo hace, pero ahora parece significar algo completamente distinto.

Y tengo que acabar con ello YA .

Giro sobre mis talones y me adentro unos metros en mi estudio a la vez que me saco el teléfono del bolsillo de los pantalones, deslizo un par de veces el dedo por la pantalla y me lo llevo a la oreja. Contestan al segundo tono.

—¿Diga?

—Nos vemos esta noche. A las once en el Plaza.

—No sé si esta noche estoy libre —coquetea al otro lado de la línea, pero solo se está haciendo la interesante y yo no tengo tiempo para juegos. Si no es ella, será otra.

—Como quieras.

Voy a colgar cuando oigo su voz llamarme tres veces en dos segundos. Vuelvo a llevarme el teléfono a la oreja, pero no digo nada.

—A las once en el Plaza —repite con voz edulcorada—. Lo estoy deseando.

Cuelgo.

—Alex.

Con lo que no contaba es con que Eden escuchara mi conversación.