La noche que encendimos Nueva York 4
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Eden

Me paso el domingo en casa.

Primero con Val y mis padres; comemos juntos, vemos una peli y nos lo pasamos genial. Creo que me río casi tanto como ayer.

Después me encierro en mi dormitorio a trabajar en mi proyecto de fin de máster. Me gradué cum laude en la Universidad de Columbia hace dos años y conseguí una de las diez plazas del máster que ofrece el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Han sido dos años muy duros, pero estoy a punto de terminar y todo mi esfuerzo está empezando a dar sus frutos.

Aún no lo sabe nadie, pero han ofertado un puesto de trabajo en la revista ARTNews , una de las más importantes del sector y la más antigua, para su equipo de edición, y estoy pensando en presentarme como candidata.

Trabajaría en lo que me gusta, con un sueldo bastante decente y, aunque no fuera mucho, tendría tiempo para mis dibujos, que es mi auténtico sueño. Poder vivir de ellos.

Levanto la cabeza a la vez que me froto la nuca y muevo el cuello a los lados tratando de estirarlo. Miro el reloj de mi mesa. Son casi las siete. Sonrío. El tiempo se me pasa volando siempre que estoy dibujando.

Bajo la vista al lápiz que tengo entre los dedos y lo aprieto suavemente, lo justo para sentir la madera contra las yemas. Es el rojo cereza de la caja de cuarenta colores de Caran d’Ache Luminance 6901, la mejor marca de lápices de colores del mercado.

Me la regaló Alex cuando me aceptaron en el máster. No la de setenta y seis colores, no la de cien en estuche de lujo. Esta. Porque dijo que era la preferida de los artistas profesionales y que yo muy pronto sería uno de ellos.

Sonrío casi sin darme cuenta. No sé cómo lo hace. Es condescendiente, mandón, irritante, pero siempre consigue que confíe un poco más en mí, que me sienta orgullosa del futuro que quiero.

Y hablando de Alexander Vandervilt... Sé que no tengo mucha credibilidad, pero no me he pasado todo el día pensando en lo que ocurrió en el taxi anoche ni en la conversación que mantuvimos después. Bueno... le he dado unas... cuantas... vueltas... nada demasiado desesperado.

Hay hechos. Estoy enamorada de él. Alex piensa que lo nuestro sería un error. Da igual cuánto me enfade o todo lo que sienta cada vez que él está cerca, ninguna de esas dos cosas va a cambiar. Lo conozco lo suficiente como para saber que, una vez que toma una decisión, es inamovible.

Y en cuanto a mí, ¿he fantaseado más veces de las que puedo recordar con que estemos juntos? Sí. ¿Sería alucinante que él nos diera esa oportunidad? Sí, también.

Tomo una bocanada de aire y por un segundo simplemente me quedo mirando al frente. No soy tonta. Sé que lo del taxi fue diferente.

—Maldita sea, fue increíble —murmuro a la vez que me muerdo el labio inferior para contener una sonrisa.

Y sé que podría insistir, pelear para que él lo entendiera... pero no voy a hacerlo. Porque, si tengo que convencer a alguien de que me quiera, ya no me vale. Yo quiero que una persona quiera estar conmigo, lo sienta en cada parte de su cuerpo, queme el mundo por mí.

Quiero saber que soy eso en lo que no puede dejar de pensar.

Y si de verdad lo sientes, no necesitas que nadie, ni siquiera la chica objeto de tus afectos, como dirían en Los Bridgerton , te convenza.

***

El lunes me levanto inhumanamente temprano, mi despertador y yo no somos buenos amigos, y me paso el día entre clase y el museo.

El malhumor por tener que haberme despertado cuando técnicamente era de noche se esfuma cuando llegamos a la sala de la exposición que, como alumnos del máster, estamos ayudando a preparar y veo Los girasoles, de Van Gogh.

Sin cordón de terciopelo rojo, sin cristal de metacrilato.

Una sonrisa de pura felicidad y de no poder creérmelo se me escapa a la vez que muy despacio alzo la mano y acaricio el marco con la punta de los dedos, solo un segundo, solo un centímetro; jamás me atrevería a tocar la pintura, es demasiado importante.

Es algo casi efímero, pero creo que la siento directamente en el corazón.

—Hasta mañana, Eden —se despide Abbie, una de mis compañeras, cuando pasamos las puertas de cristal del museo y salimos a la 53 Oeste.

Mi móvil empieza a sonar.

—Nos vemos mañana —respondo deteniéndome mientras ella acelera el paso hacia el cruce con la Quinta.

Miro la pantalla y sonrío.

—Hola —respondo.

—Eden, cariño, ¿dónde estás?

Es la señora Vandervilt, la madre de Alex.

—Acabo de salir del museo.

— Timing perfecto —comenta y mi sonrisa se ensancha solo con imaginar la suya—. ¿Por qué no te vienes a casa y charlamos? Necesito tu ayuda.

Mi primer impulso es decir que sí. La señora Vandervilt me cae muy bien y no tiene nada que ver con Alex.

Lleva siendo amiga de mi madre toda la vida, así que la conozco desde siempre.

Es amable, simpática y se le ocurren unas ideas fantásticas que a menudo son una auténtica locura, pero te garantizan que el día no va a acabar siendo uno cualquiera.

Sin embargo, hoy dudo; contaba con, al menos, cuarenta y ocho horas antes de tener que ver a Alex cara a cara, aunque, teniendo en cuenta que son solo las cinco, todavía le quedan tres horas más en la oficina mínimo.

Además, Val me llamó para que nos tomásemos algo con Ted y hacer tiempo hasta que saliesen Mellow y Alex más tarde.

No hay peligro.

—Cuente conmigo.

—Buena respuesta.

Voy hasta el parking y saco mi coche. Conduzco un Mercedes AMG Clase A de color rojo.

Alexander y mi padre estuvieron una semana entera discutiendo cuál era el coche más seguro para mí.

Me molestó muchísimo que yo no estuviese involucrada en esas conversaciones —al fin y al cabo, hablaban de mi coche—, y por un momento temí que me hiciesen conducir un todoterreno de esos enormes porque es lo más parecido a un tanque, pero, el sábado por la mañana de aquella semana, Alex me hizo salir a la entrada de mi casa.

Yo había jurado no volver a hablarle por haber dicho «que las crías no tienen ni voz ni voto» y si bajé fue para recordárselo en persona, pero entonces vi un turismo compacto, respetuoso con el medio ambiente, sin ostentaciones y rojo, del color que siempre había dicho que sería mi coche, y no tuve más remedio que perdonarlo.

—Buenas tardes, señorita Lockhart —me saluda el ama de llaves de los Vandervilt.

—Buenas tardes, señora Hoover —le devuelvo el saludo con una sonrisa.

—Muchas gracias por ayudar a mi nieto con su trabajo de arte —continúa ahora con una sonrisa y las manos juntas—. La señorita Mills le ha puesto un nueve y medio. Ha sido la nota más alta de todo tercer grado.

Vuelvo a sonreír. Su nieto tiene nueve años y debía dibujar un paisaje con acuarelas.

—Me alegro muchísimo, aunque, si alguien tiene que dar las gracias, soy yo. Me lo pasé genial.

La señora Hoover asiente y su sonrisa se hace más grande.

—La señora Vandervilt la espera en el jardín trasero.

—Gracias.

Atravieso la planta baja y llego a las enormes puertas de cristal y madera blanca. Val y yo nos conocemos este lugar como la palma de nuestra mano.

—Hola, señora Vandervilt —la saludo tras cruzar la majestuosa terraza, apoyarme en la balaustrada de piedra que la rodea y buscarla con la mirada.

Está a unos pasos, en el césped minuciosamente cuidado, hablando con uno de los jardineros.

—Qué bien que ya estés aquí, cariño. Ven —me llama—. A ti se te da fenomenal todo lo visual y necesito tu opinión.

Asiento y me giro para llegar a los dos peldaños que separan la terraza del jardín, pero, por un momento, no doy un paso más.

Alex está al otro lado de la terraza. Frente a mí. Mirándome.