La noche que encendimos Nueva York 3
4%

3

Eden

Levanto la cabeza y nuestras miradas se encuentran. Siempre ha sido así. Alex siempre se asegura de que vuelva a casa con él. A veces es él quien quiere marcharse, a veces soy yo, pero Alex nunca me deja sola.

Sin embargo, no pensé que esa regla fuera a cumplirse hoy, o quizá sí y era exactamente lo que estaba esperando. No lo sé. Todo es un poco confuso.

Cuando me levanto siento como si las piernas me temblasen.

Lo del taxi ha sido demasiado real, demasiado alucinante.

Lo he sentido cerca, no hablo de físicamente, Alex y yo nos hemos abrazado mil veces, pero esta vez ha sido completamente distinto.

Su mano en mi cadera, las chispas, la electricidad, lo rápido que me latía el corazón.

Seguíamos siendo Alex y yo y al mismo tiempo éramos una versión completamente diferente, en un universo completamente diferente, y ha sido genial.

La disposición de este club hace que llegar a la salida desde los reservados sea mucho más sencillo, así que no tiene que cogerme de la mano ni nada parecido.

Pero, cuando estamos a unos pasos de la puerta y uno de los porteros la abre para que podamos salir, Alexander coloca su mano en mi cintura y la sensación sencillamente me roba el aliento.

Ni siquiera es piel con piel, la tela de mi vestido se interpone, pero a quién le importa.

Siento su calor, su firmeza, otra vez esas chispas iluminando todo Manhattan.

Y sé que él también lo siente.

El portero para un taxi para nosotros y nos deslizamos en la parte trasera. Al principio el silencio es ley. Estamos prudentemente separados. Yo, absorta en la ventanilla; él, con la mirada al frente y la mandíbula tensa.

—Lo que ha pasado antes, ha sido un error.

Su voz impacta de lleno contra mí mientras cruzamos el puente de Brooklyn. No era lo que quería escuchar, pero no soy ninguna idiota, esperaba hacerlo... ¡En realidad, no! ¡No tiene por qué ser un error!

—Eso es lo que piensas tú, ni siquiera sabes si lo sería —replico.

Él niega con la cabeza.

—Sí lo sé.

¡Solo son sus prejuicios! ¡Y esa estúpida idea de que sigo siendo una niña!

—¿Por qué? —contraataco molesta, girando mi cuerpo para tenerlo de frente—. ¿De pronto has desarrollado la capacidad de ver el futuro?

Alex también se gira hacia mí.

—¿Y tú qué coño quieres, que nos acostemos y después todo nos estalle en la cara? No puedes ser tan inconsciente.

—Ni tú tan cuadriculado.

No sé cómo ha pasado, pero de pronto estamos muy cerca y el brazo que tiene estirado a lo largo del respaldo está a peligrosos milímetros de mi hombro desnudo.

Alex me mantiene la mirada. El juego de luces que crean las farolas dentro del coche hace que sus ojos gris oscuro, todo él, parezca más peligroso, más sexy, y mi corazón empieza a latir muy rápido.

—¿Te gustó? —pregunto.

Y me envalentono y sigo mirándolo a los ojos y quiero una respuesta.

Hay algo en él, no sé qué es, pero me atrae sin que nada más importe. Soy la nueva versión de Ícaro, joven, con un pelo ondulado del que me siento muy orgullosa y una innata capacidad para aprender idiomas de países diminutos, y Alexander Vandervilt es mi sol.

—No voy a contestarte a eso —su voz suena más ronca, más baja, y él tampoco deja de mirarme.

—Eso es un sí, Vandervilt.

—Eso es un «No seas tan cría» —sentencia sin dudar.

Se separa, enderezándose en el asiento, y yo siento como si de repente fuese invierno.

El barrio de Glen Cove, con sus mansiones y arboledas infinitas, toma el ambiente y poco después el taxi se detiene suavemente frente a la entrada principal de mi casa.

Le doy las gracias al chófer y bajo. Apenas he alcanzado el último escalón del porche cuando oigo otra puerta, pasos y me giro justo a tiempo de ver a Alex detenerse un par de peldaños más abajo, dejándonos a la misma altura.

—No quiero que te enfades por esto —dice.

Tras oír eso me tomo un segundo para mí.

—No estoy enfadada. Estoy... —balanceo suavemente la cabeza tratando de encontrar la palabra adecuada— decepcionada. Siempre pensé que el gran Alexander Vandervilt era un hombre valiente —añado ocultando el inicio de una sonrisa en los labios.

Es verdad, no estoy enfadada, no tengo por qué, cada uno es libre de tomar las decisiones que quiera, en asuntos sentimentales mucho más; pero sí pienso que se está comportando como un cobarde, cerrando una puerta antes siquiera de saber lo que puede haber dentro.

Él deja asomar una sonrisa irónica y fugaz entremezclada con un resoplido para justo después humedecerse el labio inferior.

—Hay una diferencia entre ser un valiente y ser un temerario —me recuerda.

—Cuando importa, no.

Seguimos mirándonos a los ojos, otra vez el corazón latiéndome como un loco. Bajo la cabeza pensando muchas cosas muy rápido, muevo el pie, el impulso para descender un peldaño, para estar más cerca de él, pero, tomándome por sorpresa, Alex lo sube por mí.

Sin la ventaja de las escaleras tengo que levantar la cabeza para poder seguir mirándolo a los ojos. Noto su respiración acelerada acompasarse con la mía. Siento el calor que irradia su cuerpo, cómo despierta al mío; es como en el coche, pero mejor.

Alex cierra la mano, apretando el puño, y sé que se está conteniendo para no volver a hundirla en mi cadera.

Estamos muy cerca. Muy muy cerca.

—Buenas noches, Eden —se despide.

Lleva su vista a la puerta a mi espalda, y luego vuelve a atrapar mis ojos marrones, una clara orden silenciosa de que entre.

Doy un profundo suspiro sin levantar la vista de él.

Lo conozco demasiado bien y sé que, cuando toma una decisión, es imposible sacarlo de ahí y yo no pienso quedarme suplicándole que dé una oportunidad a lo que sea que haya sido esto.

Nuestro viaje en taxi termina aquí.

—Buenas noches —respondo.

Giro sobre mis talones y entro en casa.

Cuando la puerta se cierra a mi espalda, no puedo evitar quedarme apoyada en ella un segundo tratando de recuperar el ritmo normal de mi respiración. Alex lleva afectándome más de diez años, pero nunca lo había hecho con esta intensidad.