La noche que encendimos Nueva York 2
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Alexander

¿Qué coño me pasa?

Es Eden.

No puede pasarme esto con Eden. Es una cría impulsiva, visceral, sensible...

¡Es Eden, joder! Vuelve a moverse, otra vez sin darse cuenta, y yo tengo que contenerme para no echar la cabeza hacia atrás, cerrar los ojos y aullar.

¿Por qué se siente tan jodidamente bien si es un error tan jodidamente grande?

Es culpa del vestido. Sí, eso es. Ese estúpido vestido rojo que le queda por la mitad del muslo dejando sus largas piernas al descubierto, y que tendría que haberle obligado a cambiarse tal como pensé porque sabía que haría que me pasara la noche apartándole a los moscones de encima.

Se mueve de nuevo. Mi polla late contra mis pantalones, contra su culo. Su olor me sacude, a flores, no sé a qué puta flor. Mi imaginación me juega una mala pasada y me regala una imagen muy vívida de lo que podría hacer justo ahora.

Apretar la mano un poco más, asegurarme de que mis dedos se quedan marcados en su piel. Subir exactamente hasta donde quiero, moverme exactamente como quiero.

Me ato en corto. Nada de eso va a pasar, campeón, así que deja de fantasear con ella.

—No te muevas —le ordeno en un susurro inclinándome sobre ella.

Mis labios casi rozan su oreja. Ese olor a flores vuelve y tengo que contenerme para no olerlo directamente de su cuello. En serio, ¿qué demonios me pasa?

Es como una ola de deseo que no puedo controlar, como si las ganas que normalmente sentiría por una mujer se hubiesen multiplicado por un puto millón.

Pero es que no puede ser. Es una niña. No soy gilipollas.

Sé que no lo es en el sentido estricto de la palabra, que tiene veinticuatro años, pero es que yo tengo treinta.

No solo eso. La conozco desde siempre. Me subía a la silla de la cocina para coger las galletas que su madre le escondía en el mueble más alto. Fui a su graduación.

Se mueve de nuevo con esa mezcla de curiosidad y expectación con la que lo hace todo, siempre deseando averiguar qué descubrirá. Sería una científica cojonuda, con una de esas gafas de pasta y nada debajo de la bata de laboratorio...

¡Vandervilt, joder!

—Alex... —me llama en un murmullo y su voz suena trémula, mandando una chispa de deseo a cada rincón de mi cuerpo.

Apoya las palmas de las manos en mis muslos. Se recoloca.

—No —gruño.

Aprieto mis dedos en su piel, para mantenerla quieta... para demostrarle que es mía.

¿De dónde coño ha salido eso?

—No te muevas —ordeno y es para ella y para mí.

La noto respirar cada vez más acelerada. Miro a mi alrededor como un halcón. Gracias a Dios, ninguno nos presta atención.

Mi respiración también es un maldito caos. Vuelve a moverse. Más rápido. Más corto esta vez. Dejo caer mi frente contra su nuca. Solo un segundo. Nadie se da cuenta. Nosotros, sí.

Vuelve a recolocarse.

—Eden.

No mocosa. Eden. Su nombre. Y de pronto quiero saber cómo sería oírle gemir el mío.

Pero no va a pasar.

Esto no está bien.

Es una cría y lleva enamorada de mí desde siempre. Sé que no es real, que es solo un capricho adolescente que se ha alargado en el tiempo y un día se dará cuenta de que no soy como cree que soy y que estar conmigo no sería como ha imaginado que sería.

Si hago lo que quiero hacer ahora, solo me estaría aprovechando de ella.

Recupera el control. Piensa las cosas con frialdad.

Es la pequeña Lockhart.

Es una cría.

Repítelo.

Cría.

Solo está sentada encima de mí. Solo es mi cuerpo reaccionando antes que mi cabeza. Mi mano en su cadera no significa nada. Solo la estoy sosteniendo. Es lo que siempre hago. No significa nada. Nunca ha significado nada.

Pero su piel irradia calor. Y su cuerpo encaja demasiado bien contra el mío.

¡No!

Y no la separo. No la aparto. No dejo de olerla.

Cierro los ojos.

Eden se lleva la palma de la mano a la boca, sofocando un gemido, pero yo lo oigo, creo que podría oírlo en un estadio lleno de gente, y el deseo alcanza el rango de legendario.

—Eden.

Un ruido. La puerta abriéndose.

Los dos nos quedamos congelados y sentimos cómo la burbuja estalla a la vez. Aparto de inmediato la mano, como si acabara de quemarme. Ella se mueve hasta el borde de mis piernas como si quien estuviese ardiendo fuese yo.

Miro aturdido y cabreado en una mezcla imposible hacia la calle.

—Ya hemos llegado —anuncia Ted.

Es quien ha abierto la puerta.

Al darse cuenta de que tardamos un segundo de más en movernos, frunce el ceño observándonos.

—¿Estáis bien?

Ella sale del trance asintiendo y, despacio, sale del coche.

—Estoy cansada —pone como excusa. Dada la hora que es, cuela sin problemas.

Aprovecho que Eden obstaculiza la visión del interior del taxi y me recoloco la polla dura en los pantalones. Está como una puta piedra.

Dios, voy a ir al infierno por esto.

Desde que ponemos un pie en la acera, no volvemos a hablar ni a mirarnos. En el reservado de la discoteca mantenemos las distancias. Es complicado... es raro, pero más lo es lo que ha pasado en ese taxi.

—¿Qué te pasa? —me pregunta Ted, creo que por tercera vez. La verdad es que no le estoy prestando demasiada atención.

Yo dejo de mirar la pared de botellas de detrás de la barra y llevo mi vista hacia él. Las chicas están a unos metros, charlando y riendo acomodadas en los sillones.

—Nada —contesto haciendo girar el vaso de Macallan entre mis dedos—. Estoy dándole vueltas a lo que tengo que hacer mañana en la oficina—miento.

Ted resopla.

—Tienes que dejar de pensar en el trabajo o te vas a convertir en uno de esos ejecutivos de peli de los ochenta con tirantes y el pelo engominado hacia atrás.

—Michael Douglas marcó una época con esa película —replico refiriéndome a Wall Street .

—Michael Douglas marcó una época por protagonizar pelis en las que siempre acababa en líos enormes por meterla donde no debía —contraoferta él refiriéndose... bueno, al resto de su filmografía.

Se me escapa una sonrisa y me bebo la copa de un trago.

Qué apropiado.

—Me largo —anuncio sin ceremonia dejando el vaso de vuelta sobre la barra.

Ted frunce el ceño.

—¿Vas a irte? —plantea—. ¿Así?

Ahora es mi turno de mirarlo confuso.

¿Qué coño pasa?

Al ver que no voy a explicarme, decide hacerlo él.

—¿Vas a irte y vas a dejar a Eden aquí?

Yo me contengo para no poner los ojos en blanco.

Sé por qué lo dice. Nunca me voy y dejo a Eden en el club, el bar o donde sea.

No lo haría tampoco con Val o con Mellow si estuvieran solas ni tampoco con Ted, pero con Eden es diferente.

Necesita supervisión constante para no acabar metida en un lío más grande que ella y yo no quiero morir de una angina de pecho a los treinta cuando me llamen de madrugada para que vaya a recogerla a comisaría.

Así que, sí, normalmente, si yo me voy, ella se viene y la dejo en la mansión Lockhart, aunque también pasa al revés.

Se acerca, me dice que está cansada con la voz más dulce del mundo y me termino la copa de un trago y la llevo a casa.

Esta noche, el marcharnos juntos suena a idea terrible.

Y sin embargo...

—Eden —la llamo caminando hasta ella, que está acomodada junto a su hermana—, nos vamos.

Voy a ir al puto infierno de cabeza.