La noche que encendimos Nueva York 1 #2
2%

1 #2

También podría ser una chica y yo también podría decir que odio a muerte esa posibilidad, pero me he acostumbrado a vivir con la idea.

No me queda otra. Nosotros no estamos juntos.

No somos nada. Y él tiene pinta de saber follar como para servir de inspiración a unas diez canciones de The Weeknd.

Sería un poco absurdo esperar que se entregase al celibato.

Así que digamos que, como con mi realidad de chica enamorada, estoy en paz con su realidad de ser un hombre activo sexualmente.

—Voy a buscarnos unas copas. Necesito gasolina —comenta Ted dirigiéndose a la barra—. ¡Nos vemos en el reservado, señoritas! —grita para hacerse oír por encima de la música.

—Baño —me avisa Val cogiéndome del antebrazo para llamar mi atención.

—Yo también —añade Mellow moviendo las caderas rápido de lado indicando claramente su imperiosidad necesidad de hacer un pis.

—¿Vienes? —me pregunta mi hermana.

No tengo ganas. Y con la cantidad de gente que hay en el local, la cola para usar el baño promete ser épica.

—No. Nos vemos en el reservado.

Ellas asienten y en cuestión de segundos desaparecen entre los centenares de personas que abarrotan la pista de baile.

Miro a mi alrededor. Está claro que yo también voy a tener que cruzarla si quiero llegar a donde hemos quedado.

Solo he estado una vez en este club, pero recuerdo que están al fondo.

Doy los primeros pasos. Where Is My Husband!

, de Raye, suena a todo volumen y la gente está entregadísima, cantando a pleno pulmón y bailando.

Avanzar un metro resulta un mundo. Es divertido, incluso sonrío, pero a la vez es un poco frustrante.

Puede que tenga que quedarme a vivir aquí.

Por suerte me sé casi todas las canciones de moda y no se me da mal mover el esqueleto. Un metro más. ¿En serio? ¿Solo uno?

Pero entonces lo siento.

Unos dedos rodear mi muñeca. Una mano grande y fuerte deslizarse contra la mía.

No necesito girarme porque lo veo pasar, a Alex, junto a mí, sin dudar.

Tira suavemente de mí haciéndonos caminar.

Sé que parece una locura, pero es como si la gente lo sintiese y le abriese paso.

Ni siquiera lo entiendo, pero es que no necesito hacerlo porque lo estoy viviendo.

Me muerdo el labio inferior con una sonrisa sin poder evitarlo y bajo la cabeza porque me encanta esta postura, con él caminando un poco más adelantado, tirando de mí, con nuestras manos entrelazadas.

Adoro la sensación de su palma, mucho más grande, contra la mía; la calidez que irradia, las chispas que siento.

Nos reunimos todos de nuevo y seguimos con la fiesta. Más canciones. Más copas. Más risas.

—Un spritz, por favor —le pido a la camarera cuando se acerca al reservado.

—Macallan, solo. Y una botella de agua para la señorita —cambia mi orden Alexander.

Yo voy a protestar, pero la mujer está embelesada con mi enemigo número uno, a pesar de que él ya no le está prestando ninguna atención, y no me hace ni caso.

—Alex —me quejo girándome hacia él en el mullido y comodísimo sofá negro—, quiero una copa.

—Llevas cuatro spritz, mocosa —replica—. Eso es más que suficiente. No quiero tener que llevarte en brazos hasta casa.

—Me estoy divirtiendo —contesto— y no tengo por qué darte explicaciones acerca de lo que bebo o no.

¿Por qué se ha quedado anclado en algún punto de hace diez años? ¡No soy ninguna niña!

—La última vez me pediste que te llevara a caballito —me recuerda.

Vale. Mi teoría tiene algún que otro agujero.

—Estaba cansada, no tuvo nada que ver con que hubiese bebido —me defiendo, pero no puedo evitar sonreír. Estábamos en Turtle Bay y cargó conmigo durante más de quince manzanas—, y tú lo hiciste.

—Por eso ahora puedo opinar.

Lo miro con ojitos tristes y el inicio de un puchero en los labios. Es mi superpoder. Sin embargo, Alexander me mantiene la mirada inamovible. Con él nunca parece funcionar.

Niego con la cabeza y me olvido de la triquiñuela.

—Soy una mujer adulta. —A veces tengo la sensación de que con él no dejo de repetir esa frase—. Puedo hacer lo que quiera.

Alexander me mantiene la mirada y finalmente resopla sin levantar los ojos de mí justo después de humedecerse los labios.

—Tómate la botella de agua y yo mismo te pediré un spritz después, ¿de acuerdo?

No aparto la mirada, pero no contesto. Hacerlo sería darle la razón o, lo que es peor, una carta blanca para que siga tratándome como una niña. No obstante, cuando llega el agua, le doy un sorbo.

***

—El último local —se lamenta Val—. Tengo los pies destrozados.

—Pero ganas de seguir bailando —apunto sabiamente.

Ella me mira y asiente con una sonrisa.

—Qué bien me conoces, hermanita.

Me encanta Valerie. Es divertida, inteligente, buena persona y, además, un espíritu libre.

Nada de relaciones serias. Nada que la tenga atada a ningún sentido.

Tiene claro lo que quiere: vivir, conocer el mundo de verdad y, cuando pasen los años necesarios y se asiente, sentir que ese es su lugar.

Así es exactamente como quiere ser, y nada ni nadie podría hacerla cambiar de opinión.

Supongo que la tozudez por lo que deseamos nos viene de familia.

Unos minutos después conseguimos parar un taxi. El siguiente club está demasiado lejos para ir andando.

—Sois seis —apunta sabiamente el conductor. Rhys, un amigo de los chicos, se nos ha unido en el último local—. Solo cuatro.

Nos miramos comprobando el comentario del taxista. Es nuestra defensa diré que es tarde y hemos bebido.

—Tendremos que parar otro taxi —comenta Mellow.

—En este barrio y a esta hora —responde Alexander—. Es un milagro que hayamos conseguido este.

Val asiente. Es una verdad irrefutable.

—Señor —llama Ted al conductor inclinándose para quedar a la altura de la ventanilla—, ¿qué tal si dobla la carrera y hace la vista gorda?

—¿A dónde vais? —plantea para saber si le trae a cuenta.

—Al Meatpacking.

Se lo piensa un segundo más.

—Si nos pilla la poli y hay multa, la pagáis vosotros.

Ted asiente con una sonrisa. Adoro a Ted.

—Trato hecho.

—¿Cómo lo hacemos? —pregunta Mellow.

—Detrás, dos tendréis que sentaros en el regazo de otro.

Rhys, Ted y Alexander son los más grandes, no tiene ningún sentido que vayan sentados en las rodillas de nadie, lo que nos deja a Valerie, a Mellow y a mí.

—¿Me haría el honor de sentarse encima de mí? —le pregunta Mellow a mi hermana haciendo una reverencia.

Ella estira su mano, ofreciéndosela para que se la bese a la vez que dice:

—Por supuesto, gentil caballero.

Mellow responde chocándosela y rompen a reír. Las dos se acomodan. Ted no pierde un instante y se escabulle hasta el asiento del copiloto.

—Entonces... —deja Rhys en el aire señalándome.

—Ven aquí —la voz de Alexander nos envuelve ronca, con ese deje salvaje imposible de ignorar.

Me giro hacia él. Está junto a la puerta trasera del taxi y está claro que no va a permitir que acabe sentada en el regazo de Rhys.

Camino hasta él. Rhys entra por el otro lado. Alexander se sienta primero. Una mano estirada a lo largo del respaldo, la otra, esperándome. No debería resultar un problema, pero yo siento cómo el corazón comienza a latirme con fuerza contra las costillas.

—Mocosa —me apremia—, son las cuatro de la mañana. No estoy de humor.

—Lo sé. Tú nunca estás de humor. Es trágico —replico.

Sin darle más vueltas, me siento en su regazo.

El espacio es mínimo. Tiene las piernas entreabiertas para darme un poco más de estabilidad.

Sus músculos están firmes. No sé por qué me da por pensar en las cintas de correr que hay en el gimnasio del Vandervilt Group; en las veces que lo he visto entrenar allí.

Me quedo en el borde, como si pudiese fingir que ahora mismo no estoy encima de él, pero es que es muy incómodo y siento que podría morir por fractura craneoencefálica contra el respaldo del taxista si frena demasiado brusco.

Trato de recolocarme.

Ted hace un chiste horrible. Mellow se ríe demasiado fuerte y contagia su risa a Rhys.

Me muevo de nuevo. Es imposible encontrar la postura... y entonces noto su mano, en mi cintura, estabilizándome. Grande. Firme. Caliente.

—Deja de moverte —susurra en mi oído.

—No me estoy moviendo. Solo intento encontrar la manera de sentarme.

New York pasa rápida al otro lado de la ventanilla, neones transformados en estrellas fugaces.

Me recoloco sin darme cuenta de que el coche gira y mi espalda acaba contra su pecho. La sensación de calor se multiplica como si estuviese tocando la fuente directamente con las manos. Siento los botones de su camisa contra la piel desnuda de mi espalda.

Su olor lo envuelve todo y me emborracha. Esa mezcla de la menta de su loción para después del afeitado y el olor a madera de su colonia.

Mi cuerpo se acelera, como mi respiración.

Pero es que su respiración también cambia, se hace más pesada.

Su mano aprieta posesiva mi cintura.

Yo me quedo muy quieta. Muy muy quieta.

Quiero respirar con normalidad, pero es que de verdad que no puedo.

Y lo noto.

Está duro.