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La noche que encendimos Nueva York

La noche que encendimos Nueva York

Por Cristina Prada

© inepub.com

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Eden

El aire de Nueva York a las dos de la mañana es el humo de un Marlboro, perfume caro y sonrisas transformadas en respiraciones entrecortadas junto al callejón de un bar.

Salimos del club con la música todavía vibrándome en el pecho y el sabor de un spritz en los labios. Adoro la perfecta sensación de haberme reído muchísimo.

Mi hermana Val entrelaza su brazo izquierdo con el mío. El derecho ya lo lleva unido al de nuestra amiga Mellow. Precisamente, ella dice algo y las tres volvemos a romper a reír.

—Cuidado con los adoquines.

Alexander Vandervilt.

Ha pronunciado esa frase con la voz ronca, seria, casi condescendiente.

Exactamente como es él. El gran CEO del Vandervilt Group.

El hombre más poderoso de la Gran Manzana con tan solo treinta años; bueno, en realidad lleva siéndolo desde que asumió la presidencia del coloso empresarial a los veintiséis.

Aunque para mí es solo Alex. Lo conozco desde... siempre. Los Vandervilt y mi familia, los Lockhart, llevan manteniendo una estrecha relación desde generaciones. Mis padres y sus padres son muy buenos amigos, igual que nuestros abuelos lo eran.

—No te resbales, mocosa —añade.

Porque así es exactamente cómo me ve, también desde siempre. Da igual que ya tenga veinticuatro años, para él sigo siendo la cría de doce que llevaba trenzas y lo seguía a todas partes como un cachorrito.

Odio que me llame así. Él lo sabe de sobra. Soy una adulta funcional y no hay ningún motivo para que continúe tratándome como a una niña.

Silencio culpable.

Bueno, puede que haya uno. Algo minúsculo e insignificante, una nota a pie de página sin ninguna importancia...

Llevo enamorada de él, básicamente, desde que entendí que podías enamorarte de alguien.

Que quede claro, no van a hacerme una serie en Netflix.

No soy una acosadora ni tampoco una heroína romántica de las de Jane Austen.

Es solo una realidad más sobre mí. Llevo colada por Alex más de una década.

Gira suavemente la cabeza y sus ojos gris acero me buscan por encima de su hombro.

Parecen fríos, a veces los son, pero solo tienes que fijarte un poco para encontrar esa chispa de calidez, esa sensación de que son instinto puro, porque el poderoso Alexander Vandervilt esconde un animal salvaje en su interior.

Mis ojos color chocolate se dejan atrapar y por un momento nos miramos.

Él, asegurándose de que estoy entera; yo, disfrutando de lo guapísimo que es.

En la escala «Hombres alucinantes» está en el nivel supremo, superando ampliamente los escalones de portada de revista Squire , anuncio de colonia cara y potencial modelo de bóxers en fotos en blanco y negro.

El pelo castaño oscuro, una cara de ensueño y ese cuerpo cincelado para el placer y el pecado, siempre envuelto en trajes de corte italiano y a medida porque los Vandervilt no tienen dinero, son el dinero.

Alexander devuelve su vista al frente y continúa charlando con otro miembro de nuestra pequeña e indisoluble pandilla, Ted, pero yo tardo un instante más, observando lo mezquinamente bien que le queda el traje negro y la camisa del mismo color, sin corbata, con los primeros botones desabrochados.

—Deja de mirarlo así —me riñe divertida mi hermana en un susurro, conteniéndose por no sonreír.

—Así, ¿cómo? —me hago la inocente.

—Como si estuvieras a punto de tatuarte «Propiedad de los Vandervilt» en el culo —responde Mellow, que claramente ha bebido un par de gin tonics de más.

La miro mal, pero también estoy a punto de sonreír. La verdad es que la broma ha tenido gracia. Así que pierdo un poco de autoridad.

—Déjala en paz —interviene Val.

—Sé lo que quiero —contesto encogiéndome de hombros—. ¿Qué hay de malo en eso?

Que estoy un pelín enamorada no es precisamente un secreto.

Valerie y Mellow lo saben y Ted también...

y Alexander... ¡Es complicado! Con diez años pensaba que todo lo que tenías que hacer para tener un novio era ir hasta el chico en cuestión y decirle que te parecía muy mono y que querías ser su novia.

El Alexander de dieciséis años me miró y respondió: «Piérdete, mocosa».

Estamos a unos pasos del cruce de la 14 con Irving Place cuando Ted se baja de la acera para cruzar; todos lo seguimos.

Sin embargo, por mi mala suerte, o quizá por el destino cruel e infame que no hace que Ryan Gosling venga a buscarme para que nos fuguemos a una isla desierta, cuando pongo el pie en el asfalto, un taxi aparece no sé de dónde y da un frenazo a punto de atropellarme.

El conductor tarda algo así como una milésima de segundo en asomar la cabeza por la ventanilla y empezar a gritar cosas en checo.

— Dávej si pozor, kam jdes —«Mira por dónde vas»—. Pokud nemuzte jít pesky, vezmete si taxi —«Si no sabes caminar, píllate un taxi.»

Yo lo miro muy mal.

— Aby? Takse jsi uvnitr, kdyz nekoho prejedes? —«¿Para qué? ¿Para estar dentro cuando atropelles a alguien?», respondo.

Sí, sé hablar checo. ¿A que molo?

El chófer me mira aún peor.

— Nevis, jak ridit —«No sabes conducir», sentencio.

Y entonces lo siento, aunque no llegue a verlo.

A Alexander Vandervilt, parado a mi espalda.

Me giro para certificarlo. Tiene las manos en las caderas, haciendo que la chaqueta se le abra de esa manera tan amenazante y atractiva, y se humedece el labio inferior con la mirada sobre mí, en esa pose de profesor cabreado que, para mi desgracia, es aún más sexy que el hecho de la chaqueta en sí.

—¿Qué? —protesto—. Ha empezado él.

Alex le hace un gesto de cabeza al taxista para que se largue, que naturalmente obedece y me hace poner, un poquito, los ojos en blanco porque todo el mundo obedece a Alexander y no tiene nada que ver con que sea un Vandervilt ni con el dinero o el poder, es esa aura que siempre lo envuelve.

Él no ordena, él comanda legiones enteras.

Vuelve a mirarme un segundo antes de hacerlo a ambos lados de la calle para asegurarse de que es seguro cambiar de acera.

—Mueve el culo, mocosa —me ordena.

Lo fulmino con la mirada.

—Tengo veinticuatro años —le recuerdo cruzándome de brazos sin moverme un centímetro—. No te necesito para atravesar la calle.

—Y, sin embargo, aquí estoy —replica mordaz, engreído y obscenamente seguro de sí mismo. Es una mezcla muy irritante—, teniendo que hacer de niñero por ti.

—Nadie te lo ha pedido —replico insolente.

Le encanta quejarse de que siempre tiene que cuidar de mí, pero lo cierto es que nadie le ha dicho nunca que lo haga, porque mis padres, mi hermana, el estado de Nueva York, entienden que soy una persona adulta y no lo necesito.

—Lo haces porque eres un obseso del control.

Total y absolutamente.

—Tengo que hacerlo —me recuerda dando un paso hacia mí y clavando esos espectaculares ojos gris oscuro en los míos. Dios, es como un CEO todopoderoso con un Kayce Dutton dentro— porque eres una cría incapaz de cuidar de sí misma.

Odio que me llame cría, que me vea así.

—Tengo veinticuatro años —repito.

—Lo he oído, igual que las trescientas veces anteriores, y eso no cambia nada.

—¿Todo el mundo que cumple treinta se vuelve un gruñón insoportable como tú? —pregunto fingiendo una genuina curiosidad científica—. Ah, no —añado como si cayese en la cuenta de algo—, pero si tú llevas siéndolo toda la vida.

La comisura de sus labios se eleva casi imperceptiblemente en el inicio de una sonrisa. Siempre me ha dado la sensación de que le gusta fastidiarme, aunque obviamente eso es imposible.

—Todos los puestos de incansables rayos de sol incapaces de velar por su seguridad te los quedaste tú —contesta.

—Por supuesto, soy adorable —afirmo sin dudar, quedándome solo con la parte de la frase que me interesa—. Cuando quieras, puedo enseñarte un par de lecciones para no acabar siendo el viejo ermitaño que vive en la mansión de los Vandervilt. Vas a asustar a un montón de niños.

Un paso más. Se inclina sobre mí y el corazón empieza a latirme muy deprisa.

—¿Quién te ha dicho que ese no es mi plan dorado de jubilación?

Aprieto los dientes guardándome las ganas de asesinarlo y también de sonreír porque lo cierto es que su sentido del humor me hace gracia.

—No te preocupes. Prometo extender los primeros rumores.

He de reconocer que tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no quedarme mirándolo embobada, pero consigo empezar a andar, no porque él lo quiera, sino porque lo quiero yo.

No tardo en sentir sus pasos detrás de mí y mi cuerpo vuelve a revolucionarse.

Es su olor, la manera en la que me mira o incluso cómo camina, aunque ahora ni siquiera pueda verlo, porque puedo imaginarlo.

Lo hace como si fuera el dueño del mundo y al mismo tiempo estuviese preparado para meterse en cualquier pelea y ganarla.

No he conocido a un hombre más masculino jamás.

Apenas tardamos unos minutos, sin tener que volver a cruzar ninguna acera, en llegar al siguiente club completamente de moda. La cola se extiende a lo largo de dos manzanas y cada persona en ella está deseando entrar y darlo todo.

Nos acercamos a la entrada principal, uno de los porteros reconoce inmediatamente a Alexander y aparta el cordón negro para hacerse a un lado y abrirnos paso.

—Señor Vandervilt —lo saluda.

Él asiente en el mismo segundo en el que su teléfono empieza a sonar.

Todos entramos y lo dejamos atendiendo la llamada.

Son las dos de la mañana, pero la verdad es que no es raro.

El Vandervilt Group es un imponente conglomerado de empresas y, aunque su fuerza mayor está en los astilleros, toca muchos sectores y muchas de sus compañías están repartidas por los cinco continentes.

No es de extrañar que reciba llamadas de trabajo incluso de madrugada.