La noche que encendimos Nueva York Epílogo
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Epílogo

Alexander

—Llevas inquieto todo el día. ¿Vas a decirme ya qué te pasa? —me pregunta Eden divertida a punto de echarse a reír.

Nos conocemos demasiado bien, así que, sí, se ha dado cuenta de que estoy escondiendo algo. Tendría que haberme inventado alguna excusa para que no nos viéramos hasta la cena, pero, honestamente, ¿quién se la habría creído?

Llevamos cinco meses viviendo juntos y sigue viniendo a mi despacho para que comamos juntos, sigo recogiéndola todos los días y seguimos peleando por qué peli ver: de detectives, profesionales o no, con un cuestionable sentido del humor, o thrillers donde siempre hay un hermano gemelo malvado intentando usurpar una vida, o, en su defecto, la hija de una familia adinerada que ansía robarle la vida y el marido a la hija de un jardinero que perdió la memoria y, en realidad, es el heredero perdido de la familia. Lifetime, gracias por esa.

—Y encima ahora estás de mal humor porque hemos tenido que volver a la oficina.

Es verdad. Lo estoy. Porque las cosas no están saliendo para nada como las había planeado.

Voy hasta mi escritorio y rebusco entre los prospectos de inversiones tratando de encontrar el que, aparentemente, alguien del departamento olvidó enviarme por e-mail.

—Ted tiene razón, tengo que replantearme la política de recursos humanos de la empresa y despedirlos a todos, empezando por los de recursos humanos. Son todos unos...

—¡Espera! —me pide Eden frenándome en seco y haciéndome levantar la mirada—.

Estoy usando mis poderes —continúa con voz de ultratumba, el índice en la sien y la otra mano estirada hacia delante, diría que como Eleven, pero paso porque se está riendo de mí y voy a decir como el prota de Jurassic World controlando dinosaurios—.

Voy a adivinar lo que piensas decir: tienes que despedirlos a todos porque son unos...

—cierra los ojos apretándolos con fuerza, como si la última palabra del mensaje fuera terriblemente complicada de encontrar.

La miro mal, ni se inmuta— incompetentes —suelta al fin fingiendo recuperar el aire.

Yo tuerzo los labios con la mirada sobre ella y Eden sonríe encantada y muy satisfecha con su propia broma.

—Te lo pasas bien a mi costa, ¿verdad?

Se encoje de hombros jodidamente insolente.

—Hago lo que puedo.

Esta mujer va a acabar conmigo.

Gira sobre sus talones y comienza a pasear por mi despacho.

Yo vuelvo con las carpetas. ¿Dónde coño está el maldito prospecto? Resoplo aún más irritado. Tenía un puto plan y me lo han fastidiado.

Levanto la cabeza demasiado molesto para encontrar nada ahora mismo y, simplemente, pasa, la busco por la habitación, como cada vez que entro en una, y la encuentro junto a los ventanales, de espaldas a mí, con la mirada perdida en los edificios que ha dibujado mil veces, estoy seguro de que recordando lo que han significado cada vez, lo que significan para nosotros, y entiendo algo tan simple que casi asusta de lo fácil que es.

—A la mierda —farfullo determinado y echo a andar hacia ella.

Ella se da cuenta de que algo ha cambiado, como si una voz le dijese que debe girarse, y lo hace justo a tiempo de verme detenerme a unos pasos. Ella sonríe y camina hacia mí.

—Te estoy dando tiempo para que se te pase el mal humor, pero te aviso de que no pienso esperar mucho más antes de saltar encima de ti y convencerte de que eres un gruñón que debe tomarse un descanso. Utilizaré cualquier método que se me ocurra —me advierte.

Entrecierro los ojos.

—¿Debería sentirme amenazado?

Ella avanza un poco más.

—Muchísimo —casi susurra, como si de pronto estuviésemos en una peli de espías—. Soy una mujer peligrosa.

Una media sonrisa tira de la comisura de mi boca.

—Ni que lo digas.

Y ya no quiero esperar más, no quiero llegar al restaurante, ni el plan. No lo necesito. Solo la necesito a ella.

Tomo una bocanada de aire y, sin más, clavo una rodilla en el suelo.

Al verme, los ojos de Eden se abren más, igual que sus labios.

Yo sonrío porque estoy nervioso, acelerado, porque por un momento pienso en bromear y me callo justo a tiempo, porque tengo demasiadas ganas de hacer esto, pero, sobre todo, por esa expresión, por la sonrisa que despacio está apareciéndose en sus labios y que ilumina toda Manhattan antes de que se lleve las palmas a la boca emocionada.

—Alex —susurra.

—Lo había planeado todo —le explico—. Había reservado en tu restaurante favorito, en la mesa que te gusta junto a la ventana y... bueno... más cosas, pero es que me he dado cuenta de que no quiero esperar. No quiero algo perfecto. Quiero algo nuestro.

Y esto lo es y también es íntimo, pequeño y muy grande a la vez. Se parece a lo que somos nosotros, todos los días.

—Te conozco desde siempre, literalmente, y hemos pasado por muchas cosas. Algunas buenas, otras no tanto y las que han sido alucinantes, y yo solo quiero sumar una más.

Me meto la mano en el bolsillo de los pantalones, saco una cajita y la abro. En cuanto lo ve, Eden sabe lo que es y también que no es un anillo cualquiera, tampoco el más caro de la joyería más cara.

—Es el cristal con forma de corazón —murmura asombrada, levantando los ojos de la sortija y llevándolos hasta los míos.

Sonrío. Sabía que se daría cuenta solo con verlo.

Asiento.

—Tenía que hacer algo con él, Ted me vio guárdamelo.

Los dos sonreímos, reímos. La miro. Ha llegado el momento.

—Eden Marie Lockhart, te quiero como un auténtico idiota. ¿Quieres casarte conmigo?

Si me dice que no está lista, la esperaré todo el tiempo que necesite y, si me dice que no quiere cambiar lo que tenemos, me vale también.

Eden no aparta sus preciosos ojos marrones de los míos y camina despacio hasta mí. Tengo que levantar la cabeza, que queda a la altura de su estómago, para seguir mirándola. Hunde las manos en mi pelo y yo inclino la cabeza un poco más hacia atrás, siguiendo su caricia.

Nueva York, al otro lado del ventanal, brilla.

—Sí, acepto —dice con la sonrisa más bonita del mundo en los labios.

Yo también sonrío, me levanto y, antes de que el pensamiento cristalice en mi mente, la cojo en brazos; ella reacciona en la misma milésima de segundo, rodea mi cintura con sus piernas, mi cuello con sus brazos. Estamos exactamente donde tenemos que estar.

—La mejor decisión que podías tomar —le digo. Sí, creo que es un gran momento para fastidiarla un poco.

—Qué presuntuoso —replica.

Niego con la cabeza sin dejar de sonreír, seguro, divertido y engreído. Su sonrisa favorita por mucho que lo niegue.

—Es determinación absoluta —sentencio.

—¿De qué?

—De que quiero hacerte feliz el resto de nuestras vidas.

No hay ni una sola duda.

Ella vuelve a sonreír, más pequeño esta vez, pero más nuestro. Me acaricia la nuca, el final de mi pelo.

—¿Ves? —dice con la voz más dulce, insolente. Sexy y adorable. Mi combinación preferida—. La mejor decisión la tomé cuando tenía diez años.

Sonrío. Pienso en lo que contesté entonces. En lo que quiero contestar ahora. Siempre.

—Te quiero, mocosa.

Eden inclina su cabeza sobre la mía.

—Gran respuesta.

Y me besa.