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Alma se había preguntado muchas veces qué sentiría cuando volviera al Reina Sofía.
No había tenido el valor de poner un pie en aquel museo desde hacía diez años, por miedo a encontrarse con los fantasmas del pasado.
Pero si algo le había enseñado la vida era que, para que estos desaparecieran, tenía que enfrentarse a ellos.
Así que ahí estaba, frente al Guernica , tratando de hacer caso omiso del escalofrío que recorría su columna.
Los recuerdos la golpearon sin avisar. Los fantasmas estaban por todas partes. Por un momento, volvió a sentirse como aquella niña enamorada que estaba repleta de ilusiones y aún creía en los «para siempre».
Había pasado más de una década, pero ese cuadro aún conseguía hacerla temblar.
Cuando era pequeña, solía visitar el Reina Sofía con su abuela.
Recordaba que podía pasarse horas admirando el Guernica , tratando de descifrar lo que había querido transmitir Picasso al pintarlo: el sufrimiento humano, el horror de la violencia, la brutalidad del fascismo...
Todo eso y, aun así, lograba que no pudieras apartar los ojos de él.
Aunque la pintura era mayormente en blanco y negro, en el centro había una pequeña bombilla.
Alma había visto el cuadro mil veces, pero jamás se había fijado en ese detalle hasta entonces.
Posó la vista allí, en ese diminuto haz de luz.
En ese —casi imperceptible— rayito de esperanza en medio de todo el caos.
Se preguntó si eso era lo que pasaba con la vida: que, cuando crees que todo está acabado, resulta que solo es el principio.
Y entonces percibió su presencia.
Sintió cómo se movía a su alrededor, sigiloso, igual que un felino. Cómo se pasaba la lengua por los labios y clavaba la mirada en su nuca. Casi podía advertir su aliento, cálido y reconfortante.
Todos sus sentidos se activaron.
Eric estaba ahí.
Se situó a su lado e irguió los hombros. Alma, en lugar de tensarse, pareció relajarse por completo, como si de pronto liberara toda la energía contenida.
—Es precioso, ¿verdad? —susurró él, citando las mismas palabras que ella le había dicho el primer día.
Alma mantuvo los ojos clavados en el cuadro.
Pero Eric ya solo tenía ojos para ella.
—Tan hermoso como la primera vez que lo vi... —continuó, sin dejar de contemplarla.
Ella se armó de valor antes de devolverle la mirada. No sabía si estaba preparada para encontrarse de nuevo con sus ojos. Temía que el dolor volviera a azotarla como un látigo.
Recordó entonces la famosa anécdota del Guernica , cuando un oficial nazi le preguntó a Picasso si había hecho él el cuadro, y el artista le respondió: «No. Lo han hecho ustedes».
Pensó que algo así pasaba con su arte, con su tristeza y con su amor por Eric.
Pero, cuando lo miró, se olvidó de todo.
Olvidó los motivos que la habían hecho mantenerse alejada de él todo aquel tiempo.
Los años en los que la pena había encontrado un rinconcito en su cuerpo donde quedarse a vivir.
Olvidó el adiós y la ausencia, el orgullo y toda la maldita guerra interna en la que se había visto envuelta por intentar mantener vivo un amor que parecía empeñado en morir una y otra vez.
Y, sin embargo, allí estaban.
Su amor no moriría esa noche, ni ninguna de las noches que vinieran. Porque, al igual que el arte, era imperecedero. Inmune al paso del tiempo.
—¿Cómo sabías que estaría aquí?
—No lo sabía. He estado viniendo todos los días.
—¿Desde hace mucho?
—Lo he sentido como un siglo.
Siguieron admirando el cuadro en silencio.
Sintió los dedos de Eric entrelazándose con los suyos, recorriendo su muñeca con el pulgar, acercándose a ella hasta no dejar espacio entre sus cuerpos. Contuvo la respiración.
—Te he estado esperando —murmuró él.
Alma esbozó una pequeña sonrisa.
—Bueno, yo lo hice antes.
—No lo creo. Porque yo he estado esperándote toda mi vida.
—¿Y ha merecido la pena?
—Volveré a esperarte en la siguiente. Y en la siguiente, y en la siguiente, y en la siguiente...
Fue bajando la voz a medida que se giraba y se inclinaba sobre ella. Le retiró un mechón de pelo de la cara, y observó que la piel de Alma se erizaba con el contacto.
—Así que, a tu pregunta, sí. Ha merecido la pena. Porque volvería a esperarte en mil vidas más.
—¿Y si no funciona?
—Seguiré esperando. Tengo toda la eternidad para dedicártela.
Aún sonreían cuando sus labios se encontraron.
Fue un beso lento, apenas un roce. Un beso que supo a primeras veces, a juventud, a inexperiencia.
A todo lo que habían intentado olvidar cuando todavía desconocían que hay cosas que jamás se olvidan, que, a pesar de todo, siguen latiendo con fuerza en el pecho.
Eric se separó un segundo. Lo justo para susurrar contra sus labios:
—Me das paz.
Alma sonrió y volvió a besarlo, esta vez con más vehemencia, con desesperación. Se besaron hasta sentir que la vida acababa de empezar.
Porque, ese día, el Guernica fue testigo de que lo único capaz de salvarnos de la guerra es el amor.