64
Arrastrar un pie y luego el otro.
Caminar era fácil. Lo realmente difícil era mantenerse en pie.
Alma daba cada día un pasito más y, poco a poco, se fue alejando.
Un día, cuando miró atrás, vio que había recorrido varios metros.
Aún le quedaba un largo trecho para llegar a la meta, pero al menos ya no estaba en la línea de salida. Y eso, aunque mínimo, era un avance.
Aquel día amaneció soleado. Eso también era una novedad.
Últimamente, tenía varios días así: luminosos, tranquilos.
Quería creer que formaba parte de la esperanza.
Que los días en los que se sentía en paz era porque Eric estaba pensando en ella, planteándose volver, agarrando el móvil con dedos temblorosos para escribirle.
Quién sabía si eso era cierto o no, pero, por el momento, era lo único que tenía.
Se puso lo primero que encontró en el armario, le mandó un mensaje rápido a Emma para asegurarse de que su amiga también estuviera bien y salió de casa.
No iba a ningún sitio en concreto, solo quería pasar un rato consigo misma, a solas, reconciliarse con la libertad y los cielos despejados.
Y conocía el sitio ideal para eso.
Apenas cruzó la puerta de la tienda de esoterismo que solía frecuentar, una mezcla de incienso, misterio y calma la envolvió por completo. El ambiente y la familiaridad que se respiraba la reconfortaron de inmediato.
Se evadió del mundo exterior y paseó entre los estantes, sintiendo cómo, poco a poco, volvía a recargarse de energía.
Sostuvo entre sus manos las piedrecitas mágicas, admiró las nuevas barajas de tarot y probó los péndulos de turmalina. Incluso pensó en llevarse un par de velas a casa. Quizá así lograría mantener a raya las pesadillas.
Estaba tan absorta que no oyó la puerta abrirse a sus espaldas.
No percibió los pasos que resonaban por la estancia.
No sintió nada... hasta que fue a coger una baraja de tarot y su mano chocó con otra que se dirigía al mismo lugar.
— Perdona — se apresuró a decir.
— No pasa nada. Tú la has visto primero.
Al girarse, se encontró con una sonrisa radiante, de dientes blanquísimos y perfectos.
—¿Conoces la baraja de Rider-Waite?
A Alma le llevó unos segundos reaccionar. No sabía si se estaba dirigiendo a ella, pero allí no había nadie más.
—Sí. Es la única que sé leer, de momento.
—Es la mejor para empezar.
—Me gustaría intentarlo con la de Marsella, pero siento que se me haría muy cuesta arriba.
—Esa es la segunda mejor —respondió él con una sonrisa.
Alma le sonrió de vuelta y sus ojos se encontraron en ese instante, como suspendidos en el tiempo.
—Lo malo del tarot es que es un viaje solo de ida. Créeme: no pararás hasta que sepas leer del derecho y del revés cualquier baraja.
—Bueno, eso es lo que quiero.
—Te he visto con los péndulos antes; ¿también los manejas?
—Sí. Tengo uno, aunque no es tan bueno como estos. Pero de momento me sirve para practicar. Tarot, péndulo, oráculo...; no le pongo pegas a nada.
—¿Y cómo empezaste?
—¿Cómo?
—Con todo esto... ¿Qué te motivó para empezar?
—Ah, pues... —Alma se mordió el carrillo por dentro, planteándose si mentirle o decirle la verdad—. Me rompieron el corazón.
Él rio. Y a ella le gustó aquel sonido.
—Un clásico, ¿eh?
—¿Y tú?
—Yo soy un poco reservado con estos temas... No se lo cuento a cualquiera.
Alma pareció decepcionada.
—Oh. Entiendo; perdona.
—Pero, quizá, si aceptas ir a tomar algo conmigo..., me lo piense.
Solo entonces lo miró directamente a los ojos. Miles de cosas pasaron por su mente en ese momento. Una de ellas, con demasiada fuerza. Pero ese día había amanecido soleado, ese día se sentía tranquila, ese día solo quería ser una chica que empieza de nuevo.
Le sonrió antes de asentir con la cabeza y decir:
—Me llamo Alma.
—Bonito nombre, Alma. Yo soy Dani.
Aprender a quererlo fue fácil.
En realidad, todo con él era demasiado fácil.
Y Alma no estaba acostumbrada a eso. Ella solo había conocido el amor que duele.
El que no te contesta los mensajes, el que te deja a las dos semanas.
Había conocido los «no estoy preparado para algo serio», que en realidad querían decir que no estaban preparados para algo serio con ella, y los «no he superado a mi ex».
Pero nunca había conocido el amor de verdad.
Ese que te recoge con el coche, te deja en la puerta de casa, te invita a cenar, te lleva flores sin que sea febrero y quiere conocer a tu familia.
Con Dani tenía todo eso y mucho más.
Aun así, sería hipócrita decir que Eric había dejado de dar vueltas por su mente.
En realidad, seguía presente. En cada noche de luna llena, en cada hora espejo, en cada día 13.
No desapareció por completo. Solo lo aparcó.
Pensando que, si se daba una oportunidad con Dani, terminaría por borrarlo por completo.
Pero eso nunca sucedió.
Por más perfecto que fuera, por más que le diera, por más que la quisiera.
Y la quería. Joder, cómo la quería.
Y ella lo quería a él, pero no como se merecía.
¿Era egoísta? Habrá quien piense que sí. Habrá quien diga que se convirtió justamente en lo que le hicieron a ella.
Pero es muy complicado quitarse de la cabeza a alguien que te tocó el corazón antes de tocarte la piel.
Al poco tiempo de conocer a Dani, decidió hacer dos cosas.
La primera fue aquella que pensó que jamás se atrevería a hacer: dejarlo marchar.
Así que, un día, cogió papel y boli y escribió una última carta.
La de la despedida:
No hay persona a la que no le hable de ti que no se enamore de nuestra historia.
El otro día le decía a Emma que me gusta ir dejando pistas por aquí y por allá para que sepas que siempre tendrás un lugar al que volver.
Ella me respondió que no conocía un mejor concepto del amor.
Y yo me quedé pensando en que ojalá algún día encuentre a alguien que me ame de la manera en la que yo amo.
Hace poco vi tu nombre en un libro. Luego lo oí en un par de películas.
Después lo volví a ver en otro libro. Tu nombre no es muy común.
Más tarde, una pareja decía en un programa que se habían conocido el mismo día en que lo hicimos nosotros.
Me quedé pensando si será cierto eso que cuentan de que todos tenemos una persona destinada por los astros y toda esa movida acerca de las señales del universo.
No sé si creo en el destino, pero, de existir, debe de estar descojonándose mientras bebe vino con las estrellas.
Dice Gloria, en uno de sus poemas, que tu pena y mi pena se suicidaron juntas el día de nuestro encuentro. Y creo que un poco de eso hay. Pero no te imaginas cuánto lamento que tus heridas hayan sangrado sobre mí, cuando no fui yo quien te cortó.
La dobló, la guardó junto a todas las demás e hizo lo siguiente.
El último paso que le quedaba para poder empezar de cero: ir a visitar por última vez a Lola.
Ella la recibió con una sonrisa, igual que siempre. Supo que era amor lo que iluminaba sus ojos incluso antes de que Alma hablara.
—Debe de ser muy especial.
—Lo es. Es la persona más especial que he conocido.
—¿La más especial? ¿Estás segura de eso?
Alma supo exactamente a qué se refería. O, mejor dicho, a quién.
Agachó la cabeza antes de responder, como si no quisiera mirarla a los ojos en ese instante por miedo a ver algo en ellos que la mantuviera aferrada a la esperanza.
—Justamente a eso venía. Creo que va siendo hora de dejarlo atrás; ¿no crees?
—Como siempre te digo, lo que yo crea no importa. ¿Qué te parece si vemos por última vez lo que dicen las cartas?
Quiso decir que no.
Quiso dar media vuelta y salir corriendo.
Gritarle que no le interesaba nada de todo aquello.
Pero no pudo.
Fue como si algo la empujara a sentarse en su lugar de siempre. Aunque, en esta ocasión, se sentía algo más incómoda. Nerviosa.
Cada poro de su piel sabía lo que estaba por venir.
Y no quería enfrentarse a ello, porque significaría enfrentarse a la posibilidad. Y hacía mucho que se había olvidado de ella.
Había borrado por completo todas las posibilidades.
Antes de que se diera cuenta, Lola ya había barajado las cartas y había dispuesto unas cuantas sobre la mesa.
—Vas a tener una buena relación con ese chico. Va a hacerte muy feliz.
Alma sonrió. Eso sí quería oírlo.
—Pero...
Ahí estaba.
«No, no, no, por favor. Cállate. Cállate, Lola. No sigas. No quiero saberlo».
Su semblante cambió en una décima de segundo, mientras intentaba prepararse para lo que le tuvieran deparadas las cartas.
Pero jamás estaría preparada para eso.
—Tu corazón no le pertenecerá nunca por completo. Lo sabes.
Extrañamente, respiró tranquila. Si solo era eso, podía soportarlo.
Pero sabía que había más.
—Siempre te digo que hay conexiones que nunca mueren. Pero lo que nunca te he dicho es que también hay personas que se atraen como un imán. Personas que siempre encuentran el camino de vuelta, pase lo que pase. Es inevitable.
—Por favor, Lola, ve al grano —suplicó Alma, sintiendo el corazón latirle con fuerza en la garganta.
—Cariño, Eric y tú no tenéis solo una conexión indestructible. Tenéis una conexión magnética. Y, antes o después, el universo se encargará de volver a juntaros.