La noche en que ardió el Guernica 63
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El entierro fue dos días después.

No acudió mucha gente. Solo un reducido grupo de personas. Eric no dejó de mirar a su alrededor, esperando ver a su hermana. Pero ella no apareció.

No podía juzgarla.

Y sabía que su padre, estuviera donde estuviese, tampoco lo haría.

La que sí fue —y no se apartó de su lado ni un minuto— fue Laura. Eric lo agradeció, aunque no era ella la persona a la que le habría gustado tener cerca en ese momento.

Consuelo no lloró. Ya había llorado lo suficiente en su vida. Ahora solo sabía abrazar y aguantar firme. Como hacen las madres cuando los hijos se rompen.

Todos los periódicos se hicieron eco de la noticia.

Ya no hablaban de él como «la pareja de la exitosa escritora Alma Ferrer», sino como Eric Acevedo, el prestigioso chef que estaba revolucionando la gastronomía española.

Y, por si alguien se lo pregunta, ella también fue.

Observó la ceremonia desde lejos, desde un lugar donde no pudiera ser vista por los demás. Donde no pudiera ser vista por Eric.

Lloró cuando él lo hizo y reprimió las ganas de gritar al ver a Laura acariciándole la nuca. Igual que el día de la inauguración, tuvo que contenerse para no acercarse, abrazarlo y, esta vez, decirle que lo sentía, que todo estaría bien. Que las cosas mejorarían, aunque fuera lejos de ella.

Porque siempre mejoran.

No se movió hasta que el entierro terminó y la gente comenzó a dispersarse.

Eric quiso quedarse a solas un rato, en el lugar donde ahora yacía su padre.

Y ella quiso correr hacia él.

Estuvo a punto de hacerlo.

Dio un paso.

Y otro.

Y otro más.

Sintió cómo la hierba del cementerio crujía bajo sus pies.

Eric la presintió antes de verla.

Una brisa de viento compartida les revolvió el pelo.

Algo en su interior le gritó que se diera la vuelta.

Y algo en el interior de Alma le susurró que no se moviera de donde estaba.

Eric dudó.

Un segundo.

No fue más que un segundo.

Pero, cuando se giró, ella ya no estaba.

Muchas cosas pasaron en los meses que siguieron.

La primera y más importante: Laura dio a luz a una niña preciosa que había heredado los ojos de Eric. Decidieron llamarla Irene, en honor a aquel primer amor truncado de su adolescencia, y él aceptó encantado.

Eric se enamoró nada más verla. Le recordaba al día en que nació su hermana. El mismo miedo de sostenerla en brazos. Parecía tan frágil e indefensa que les aterrorizaba hacerle daño.

Aunque poco a poco se fueron acostumbrando, la paternidad no fue fácil.

Y la maternidad, aún menos.

Aun así, ninguno de los dos se quejaba.

Bueno, eso no es del todo cierto. En realidad, se quejaban un montón. Pero, cuando la miraban a los ojos, se les olvidaban las noches sin dormir.

Decidieron tener la custodia compartida, de modo que Irene pasaba unas temporadas en Berlín y otras en Madrid. Cuando tuviera edad para empezar el colegio, ya decidirían qué hacer. Por el momento, querían disfrutar de ella todo el tiempo que pudieran.

Laura tomó las riendas de su vida y habló con sus padres. Esperaba que, en todos esos años, hubieran cambiado. Pero vio en ellos la misma mirada reprobatoria que el día en que la pillaron en su cuarto besándose con otra mujer, cuando tenía quince años.

Esta vez, ya no le importó. Se fue de su casa en silencio y nunca más volvió a entrar por aquella puerta.

Y, aunque con Sarah ya no pudo ser —aunque se dio cuenta tarde de que, una vez más, había tenido el amor delante de sus narices y lo había dejado ir—, terminó encontrando a alguien especial.

Una mujer guapa e inteligente, que la aceptaba tal y como era y que quiso a la pequeña Irene nada más conocerla.

Alma se convirtió en una estrella. Sol de medianoche se estrenó en abril, y fue la película más taquillera de los últimos años. Y ella brilló con luz propia.

Eric acudió al estreno, por supuesto, y no dejó de sonreír durante las dos horas que duró la película. Si como escritora era buena, como actriz era cojonuda.

Le esperaba una larga carrera por delante.

Y, respecto a él..., siguió amando en silencio, esperando incansablemente, paseando por los lugares donde solían ir, con la esperanza de encontrársela en algún rincón perdido de Madrid. Total, Alma lo había esperado a él diez años. Él podía esperarla un poco más. Toda la vida, si era necesario.

Un día, sin apenas darse cuenta, llegó al Palacio Real y se acomodó en el mismo sitio en el que, hacía una década, le había dicho que estaba comenzando a enamorarse de ella, mientras planeaban un futuro que nunca llegaría.

Recordaba las palabras exactas: «Sé que es pronto, pero estoy empezando a quererte».

Otra en su lugar habría salido espantada. Apenas se conocían. Alma, en cambio, esbozó una sonrisa tímida y escondió la cabeza en su cuello para que él no viera cómo se ruborizaba al responderle: «Yo también».

Ese día hicieron una especie de contrato con requisitos que no podían faltar en su relación. Cada uno escribió una cosa; empezó Alma:

«Mimos!!!».

«Respeto».

«Confianza».

«Amor».

Llegados a ese punto, ella quiso escribir dos seguidos:

«Comunicación.

»Humor».

Eric contraatacó con otros dos:

«Pasión.

»Comprensión (empatía)».

Y Alma lo remató con una sonrisa traviesa:

«Sexo desenfrenado ».

La lista terminaba ahí. Eric pensó que decía mucho de Alma el hecho de que hubiera elegido mimos, confianza, comunicación y humor, mientras que él se había decantado por respeto, amor, pasión, comprensión y empatía.

Como si fuera un aviso anticipado de las carencias que ambos habían tenido en relaciones anteriores y que querían llenar en esa.

Casi podía sentir su fantasma allí, a su lado, compartiendo el mismo recuerdo. El viento lo devolvía a aquel día y le traía de nuevo su perfume y su risa contagiosa.

Sus días transcurrían así.

Iba a cenar a los mismos sitios, pedía las mismas botellas de vino, elegía las mismas butacas de cine. Siempre dos. Aunque fuera él solo.

No volvió a tocar a ninguna mujer.

No le interesaba.

Recordaba también las palabras de su padre a menudo: «¿Quieres a esa chica? Pues ve a por ella».

«Ojalá fuera tan fácil, papá».

Nada parecía dispuesto a cambiar, hasta que, un día, el destino se puso de su parte.

Un cartel, iluminado por las luces de la marquesina del autobús, anunciaba el nuevo libro de Alma. La cubierta mostraba a una pareja besándose en primer plano y, al fondo, un cuadro que conocía bien, en llamas.

Fue consciente del título antes de verlo: La noche en que ardió el Guernica .

Entró en la primera librería que encontró y se perdió entre las estanterías hasta dar con él. Lo sostuvo entre las manos. Sus dedos recorrieron la tinta impresa con un temblor apenas perceptible.

Recordó, entonces, la dedicatoria que Alma le había puesto en Sol de medianoche : «Si algún día no me encuentras, búscame en el Guernica . Allí siempre te estaré esperando».

Ella siempre había creído en las señales, y Eric comprendió, instantáneamente, que aquella era la suya.

Cerró los ojos por un instante y, cuando los abrió, supo que tenía que ir al Reina Sofía.