La noche en que ardió el Guernica 62
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Correr.

Eso era lo único en lo que Eric pensaba mientras se dirigía al hospital.

Su madre lo había llamado en mitad de la inauguración para decirle que su padre había sufrido una crisis y se lo habían llevado en ambulancia.

A juzgar por el tono apagado de la voz de Consuelo, esta vez parecía grave.

Puede que Alfredo nunca se hubiera portado bien con ellos. Especialmente con su madre. Pero, al fin y al cabo, seguían siendo familia.

Entró en la habitación como un resorte.

Ambos se giraron a mirarlo en silencio. No habían hablado desde el incidente en casa de sus padres, y la tensión era palpable. Él se acercó sin hacer ruido. Su padre estaba consciente y le echó un rápido vistazo a su mujer antes de hablar con voz débil:

—Consuelo, déjanos a solas, ¿quieres?

Ella asintió con la cabeza y salió de la habitación sin apartar la mirada del suelo.

—Siéntate —murmuró Alfredo, dirigiéndose a Eric.

Este ocupó el asiento donde un momento antes había estado sentada su madre.

—Lamento no haber sido el padre que querías —dijo sin titubear.

Eric apretó la mandíbula, tratando de disimular el impacto que le habían provocado sus palabras. Pero, cuando lo miró a los ojos, no vio al Alfredo de siempre. Solo vio a un hombre roto.

—La vida es corta; y pedir perdón, muy complicado. Yo no quería irme de este mundo sin intentarlo. Lo siento, Eric. De todo corazón. Ojalá algún día puedas perdonarme.

Eric sintió el peso de lo que acababa de decir.

Sabía lo que eso significaba. Y, a pesar de todo, no sabía si estaba dispuesto a dejarlo ir.

No porque hubiera sido un buen padre. Ambos sabían que no.

Pero él representaba una parte de su vida.

Era todos los golpes que lo habían hecho crecer.

Era las lecciones, las miradas reprobatorias, los «hazte un hombre» que jamás terminaron de calar en él.

Pero también era los veranos en Alsacia, las meriendas después de clase, antes de que Alfredo enfermara. Los buenos momentos.

Despedirse de él era despedirse de su infancia y de su adolescencia. Y nadie te prepara nunca para hacerte adulto.

—No quería que fueras perfecto —susurró, con la voz tensa—. Solo que estuvieras.

—Lo sé. No creas que no lo intenté. Pero siempre fui mucho más cobarde que tú.

Eric lo miró, sorprendido por la sinceridad.

Alfredo fue interrumpido por un súbito ataque de tos. Eric se incorporó ligeramente, con el gesto contraído en una mueca de preocupación, pero Alfredo levantó una mano con suavidad para calmarlo. No quería dejarse nada por decir.

—Siempre admiré que, a pesar de que te estuvieras haciendo un hombre, siguieras teniendo el espíritu de un niño.

Perseguías tus sueños sin importar lo imposibles que parecieran.

Jamás te vi rendirte. Ni una sola vez. Y lo odiaba, porque tú eras todo lo que me habría gustado ser a tu edad, y no pude.

—¿Por qué no?

—Porque crecí con un padre igual que el que tú tuviste.

La diferencia es que tú nunca te dejaste avasallar por mí.

Eras rebelde, Eric. Tenías carácter. Eso no ha cambiado.

Siempre me dije que, si algún día tenía hijos, jamás haría con ellos lo que mi padre había hecho conmigo.

Y al final me terminé equivocando de todos modos.

Por suerte, fuiste listo y te marchaste en cuanto pudiste.

No te juzgo. Tenía la esperanza de que, al menos, tu hermana se quedara... , pero ella también terminó yéndose.

—Tú no fuiste el causante de que yo me fuera. Solo... necesitaba alejarme de todo un tiempo.

—Y ese tiempo terminó convirtiéndose en diez años.

—Papá...

—No es un reproche. Hiciste bien en marcharte. Yo habría hecho lo mismo en tu lugar.

Él asintió en silencio, sintiendo que todas las capas de orgullo acumuladas entre ellos comenzaban a resquebrajarse.

—¿Por qué me dices todo esto?

—Porque quiero que sigas siendo así: valiente. ¿Quieres a esa chica, a Alma? Pues ve a por ella. No dudes. Y, sobre todo, no pierdas el tiempo. Porque puedo asegurarte que ya no vuelve.

Eric miró a su padre. Y él le devolvió la mirada con los ojos más claros que recordaba haberle visto jamás.

—¿Ya no piensas que mi deber es casarme con Laura?

Alfredo rio apenas sin fuerzas.

—Tu deber es ser feliz. Y Alma te hace muy feliz.

—Mucho, papá. Ojalá supieras cuánto.

—Lo sé. Os vi. Vi cómo te miraba, pero lo más importante: vi cómo tú la mirabas a ella. El amor, el de verdad, es como algunos trenes: solo pasa una vez y nunca más. Sería una pena que dejaras marchar este por no sentirte digno de él.

Eric notó que se le empañaba la mirada.

—Ella ya no quiere saber nada de mí...

—¿Eso te lo ha dicho Alma?

—No. No hemos vuelto a tener contacto.

—Entonces espabila. No te rindas hasta que sea ella misma quien te diga que lo hagas.

Esta vez fue Eric quien rio con sinceridad.

—Nunca te había oído hablar así.

—Nunca había sentido la necesidad de hacerlo.

—¿Y por qué ahora sí?

—Ya sabes por qué.

Lo sabía.

Claro que lo sabía.

Se secó una lágrima con el dorso de la mano mientras, con la otra, sostenía la de su padre, ahora débil y arrugada, pero que, a pesar de todo, conservaba la misma fortaleza que había tenido antaño.

—Perdóname, hijo. Y, por favor, procura no odiarme demasiado.

—No te odio, papá. Y te perdono.

Esta vez, él también lloró. Eric no lo había visto llorar nunca. Supuso que esa era la demostración de que, contra todo pronóstico, él también era humano.

Como si hubiera estado esperando aquellas palabras, cerró los ojos, no sin antes murmurar un sutil «gracias» que provocó que a Eric se le encogiera el corazón.

Alfredo murió con su hijo sosteniéndole la mano. El hijo al que había llegado a odiar, pero también al que había aprendido a querer. Murió con su perdón, sintiendo ese amor desmedido del que siempre había renegado, pero que ahora era ya inquebrantable. Y, con esa certeza, se fue en paz.

Eric no sabía si existía el cielo o el infierno, ni si, de existir, su padre iría a alguno de los dos o se quedaría flotando en el limbo.

Pero esperaba que la eternidad fuera piadosa con él y que, a pesar de todas las cosas horribles que había hecho, allá donde fuera encontrara la paz que tanto había ansiado en vida.