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Todos los medios se hicieron eco del nuevo restaurante que Gabriel Acosta, junto con su socio ejecutivo, Eric Acevedo, iba a inaugurar en el barrio de Chamberí.
Salieron en prácticamente todas las revistas y periódicos del país.
Eric aún no se acostumbraba a ir por la calle y ver su cara en las marquesinas de la ciudad.
Gabriel, en cambio, parecía moverse con más soltura en ese terreno.
Eric se preguntó si así se sentiría Alma, teniendo una legión de fans que la seguiría allá donde fuera. Habían pasado cuatro meses y, aunque intentaba pensar en ella lo menos posible, a veces seguía estando muy presente.
Estuvo tentado de escribirle, de contarle los avances del restaurante y decirle que le gustaría verla el día de la inauguración. Pero sabía que sería un error.
A esas alturas, Alma ya debía de estar enterada. Y, si quería ir, lo haría.
Eric esperaba que lo hiciera.
Tal y como habían previsto, el restaurante abrió sus puertas tres semanas después.
Y se llenó de prensa local, influencers gastronómicos, críticos culinarios y potenciales clientes.
También fueron sus amigos de la universidad.
Todos perfectamente vestidos de etiqueta, como si estuvieran asistiendo al evento social más importante del año.
Hasta el puto Víctor Morales asomó sus narices por allí.
Cuando Eric lo vio acercarse con esa sonrisa de estúpido egocéntrico, sintió que le hervía la sangre.
—Eric Acevedo —dijo al llegar, dándole una palmadita en el hombro, como si fueran viejos amigos—. Esto es más de lo que me esperaba.
—Bueno, conviene decir que no es mío todo el mérito. Gabriel ha hecho un gran trabajo.
—Sí, pero me han contado que tú has estado a cargo del menú. Y, por el momento, lo que he probado es espectacular.
—Me alegra que lo estés disfrutando, Víctor. Gracias por venir.
Víctor se llevó la copa a los labios y lo miró por encima del borde.
—He oído que Alma y tú ya no estáis juntos... —comentó—. Dime una cosa: ahora que está soltera, ¿crees que podrías pasarme su número?
Eric apretó los puños con fuerza, intentando controlarse. Pero Morales ya había conseguido lo que quería: descolocarlo.
—¿Por qué no te metes en tus propios asuntos?
Víctor dejó escapar una carcajada amarga y pedante.
—Sí, supongo que lo personal y lo profesional no deben mezclarse. Y hoy vengo únicamente en calidad de crítico.
—Y yo, en calidad de anfitrión, te digo que te vayas a la mierda.
Víctor soltó otra risa forzada mientras lo taladraba con la mirada. Eric terminó de exasperarse. No estaba dispuesto a que le arruinara la noche, así que ni siquiera esperó a que contestara. Se recolocó la chaqueta y se alejó de allí, saludando a una pareja que acababa de entrar.
—¿Ese era el tal Víctor? —le preguntó Mario, acercándose por detrás.
—El mismo.
—Ahora entiendo a qué te referías cuando dijiste que era un pedante insoportable.
—Me quedé corto; créeme.
—Recuerda que estos y yo estaremos encantados de sacarlo de una patada en el culo si se pone en plan plasta.
Eric rio ante la ocurrencia.
—Por cierto, el tiramisú me ha robado el corazón —añadió Mario.
—Ha sido un honor, amigo mío —respondió Eric con una sonrisa. Sabía que era su postre favorito.
Más personas se acercaron a hablar con él. Todo fueron felicitaciones, apretones de mano y muestras de cortesía que lo hacían sentirse como pez fuera del agua. Todo el mundo estaba allí, pero él, ajeno a todo aquel protocolo, no hacía más que buscar con la mirada a una persona en concreto.
—Eric, he oído maravillas sobre ti —le dijo un señor de mediana edad al que no reconoció.
—No se lo crea. Es todo mentira —le dijo sonriendo.
—Soy Elías Delgado —se presentó el hombre, extendiendo la mano hacia él—. Y, dime, ¿de quién surgió la idea de hacer algo tan innovador?
—Me gustaría decir que de mí, pero mucho me temo que Gabriel siempre ha sido la cabeza pensante.
—Ese Gabriel... cuando estudiábamos juntos en la universidad ya era un revolucionario.
—Lo sigue siendo; créame.
—Pero no te quites méritos. Por algo contó contigo para este proyecto. Hazme caso cuando te digo que Gabriel no trabaja con cualquiera; él es muy selectivo.
—Eso me halaga —respondió distraído, sin dejar de mirar a su alrededor.
—¿La buscas a ella?
Eso captó su atención.
—¿Qué?
—Te he estado observando toda la noche. No has dejado de mirar hacia la puerta, buscando a alguien. Y, además, me avalan años de experiencia. Sé reconocer el amor cuando lo pruebo.
Eric supo que se refería al menú que había diseñado, inspirado en Alma y en lo que ella le había hecho sentir.
No respondió de inmediato. Intentó descifrar a Elías con la mirada, dándole tiempo para continuar.
—¿El nombre del restaurante fue idea tuya?
—Sí —admitió en voz baja.
—Estoy impresionado, chaval. Puede que Gabriel haya llevado la voz cantante, pero tú has hecho lo más importante de todo: darle vida a este lugar. Enhorabuena.
No le dio tiempo a agradecerle sus palabras antes de que Elías se alejara.
Otras dos personas se acercaron a charlar con él, pero Eric ya no estaba allí.
Y, entonces, la vio.
Pestañeó varias veces, como si quisiera cerciorarse de que era ella. El corazón le latía con fuerza. Solo había sido un instante, pero lo suficiente como para ponerse en alerta. Todo en él le gritó que reaccionara.
—Disculpad —dijo apresuradamente a la pareja que le estaba comentando no sé qué sobre los detalles logísticos.
No le importó parecer descortés.
Su mirada se mantuvo fija en ella mientras se dirigía a través de la multitud con paso rápido, sorteando mesas, esquivando conversaciones y sonrisas que no le interesaban. La gente a su alrededor comenzó a desdibujarse.
Entonces ella le devolvió la mirada.
Y él apretó el paso. Sentía que, si no la alcanzaba lo antes posible, se desvanecería, como se había desvanecido la idea de volver a verla. Pero, cuanto más avanzaba en su dirección, más lejos la sentía.
Eric dio otro paso hacia delante, pero el flujo de gente lo frenó. Observó cómo lo miraba, con la misma chispa que nunca había desaparecido. Pero, antes de que pudiera acercarse más, alguien se interpuso en su camino y, cuando volvió a mirar en su dirección, ya no la veía.
Llegó al lugar en el que había estado tan solo unos momentos antes, pero ella ya no estaba allí.
Sus ojos recorrieron la sala frenéticamente mientras daba vueltas sobre sí mismo y la llamaba a gritos. Varias personas se giraron a mirarlo. Quizá pensaran que se había vuelto completamente loco, pero no le importó.
Alma no estaba.
Pero la había visto. Estaba convencido. Era ella. Habría sabido reconocerla entre un millón.
Era ella.
No dejaba de repetírselo mientras recorría el restaurante de un lado al otro. Su respiración se aceleró. Dio media vuelta y comenzó a buscarla con desesperación. Buscaba el color de su cabello entre el gentío, la forma de su cuerpo, su manera de moverse.
Salió del local al frío de la noche y se alejó unos metros, intentando vislumbrarla en la distancia.
Pero nada.
Todo lo que había era silencio.
Se detuvo en seco. Miró de un lado al otro.
Eric se quedó quieto, respirando con dificultad, tratando de calmarse. Miró a su alrededor una vez más, pero no la encontró. La confusión lo envolvía, como si todo lo que había visto hubiese sido un espejismo.
Puede que estuviera perdiendo la cabeza. Puede que ni siquiera fuera ella, sino solo alguien que se le parecía.
Y, con ese pensamiento en mente, se dejó caer al suelo, exhausto, y lloró.
Alma, unos metros más lejos, observaba la escena en silencio, con el corazón encogido.
Quiso ir y darle un abrazo, pedirle que volvieran a empezar.
Pero no podía. Ni siquiera debería haber ido a esa maldita inauguración.
Solo quería asegurarse de que él estuviera bien, ver con sus propios ojos el proyecto en el que tanto había trabajado.
Había volcado todo de sí mismo en aquel restaurante y el resultado había sido formidable.
Puede que nunca llegara a decírselo, pero podía sentirse muy orgulloso de lo que había conseguido.
Alma se secó una lágrima y le dirigió una última mirada, pero, antes de alejarse del lugar, echó un vistazo a la fachada del restaurante. Sus ojos se detuvieron en el nombre.
La garganta se le secó al leerlo y, por un momento, quiso grabárselo a fuego en su memoria para no olvidar nunca, pasara lo que pasase, que había llamado a su restaurante «Alma Mía».