60
El café humeaba en la taza de cerámica azul que su madre le había traído desde Dubái hacía años.
Alma lo removía con la cucharilla sin llegar a probarlo, absorta en el vaivén del líquido.
No había música ni televisión, solo el murmullo de la lluvia y el sonido leve de la aguja de su madre cosiendo en silencio.
—Mamá. —No se giró a mirarla cuando habló, con la voz más grave de lo habitual.
Su madre levantó la vista, intuyendo que algo pasaba.
—¿Sí?
Alma se humedeció los labios. Dudó. No sabía bien cómo decirlo, aunque lo había ensayado mentalmente mil veces.
—Me han llamado esta mañana de una productora —empezó—. Quieren comprar los derechos de Sol de medianoche . Les gustaría hacer una película.
La aguja se detuvo en el aire. Los ojos de su madre brillaron con una mezcla de orgullo y asombro. La abrazó de golpe.
—¡Eso es increíble, Alma!
—Sí... Lo es. Pero hay más.
Dejó la cucharilla sobre el plato y levantó la vista, buscando la reacción de su madre antes de decirlo.
—Quieren que la interprete yo. Dicen que es una historia demasiado íntima, que el público ya me conoce y muchos asocian a la protagonista conmigo. Y, a ver, es lógico; al fin y al cabo, está inspirada en mí.
La madre no pudo evitar emocionarse. Sabía cuánto había soñado Alma con algo así.
—¿Y tú qué piensas? —le preguntó.
—No lo sé. Una parte de mí quiere decir que sí sin pensarlo. Volver a actuar, volver a estar delante de una cámara. Pero otra parte... Me da vértigo exponerme de ese modo.
Su madre dejó el cojín sobre la mesa y se acercó a ella. Le tomó las manos con suavidad, como cuando era pequeña y tenía miedo por las noches.
—Alma, te has mostrado más desnuda en ese libro que en cualquier papel que hayas interpretado jamás. Entiendo tu miedo, pero esta es la oportunidad de tu vida.
—¿Y si la cago? —susurró.
—¿Y si no? —respondió su madre, con una firmeza inesperada—. Después de todo lo que has vivido, mereces dejar de esconderte entre todas esas letras y permitir que el mundo te vea como realmente eres. Porque te van a adorar.
Alma suspiró y por fin dio un sorbo a su café. Estaba frío, pero no le importó.
—Tengo que pensarlo —murmuró, más para sí misma que para su madre.
—Yo voy a estar ahí decidas lo que decidas. Pero recuerda algo —añadió, acariciándole el dorso de la mano—: no tienes que demostrarle nada a nadie. Solo asegúrate de no traicionarte a ti misma.
Alma asintió en silencio.
Y, por primera vez, se permitió imaginar su historia en la gran pantalla, siendo ella quien le diera voz. No como una ficción cualquiera, sino como una manera de cerrar un círculo. De rendir homenaje a todas las versiones de sí misma que habían sobrevivido hasta ese momento.