La noche en que ardió el Guernica 59
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Eric se pasó todo el mes sin salir de aquella casa que había compartido con Alma.

Todo le recordaba a ella. Se negaba a cambiar las sábanas porque aún conservaban el olor de su cuerpo.

Los libros y las figuritas que tanto le gustaban seguían acumulando polvo en las estanterías.

Entraba en la cocina y se acordaba de la vez que le hizo el amor sobre la encimera.

Incluso dejó de usar el ascensor, porque ya no estaba ella para devorarlo a besos durante los veinte segundos que tardaban en subir o bajar.

Comía siempre cosas precocinadas o pedía algo a domicilio. Bajó de peso, se dejó crecer la barba y volvió a fumar. Vagaba por la casa como una brújula que había perdido el norte.

Poco a poco, los mensajes se fueron espaciando, hasta que comprendió que Alma no iba a responder. Le envió un último mensaje de despedida, diciéndole que podía pasar cuando quisiera a recoger sus cosas, y no volvió a escribir.

Con Laura, en cambio, hablaba casi todos los días, siempre de temas relacionados con el embarazo.

Cuando sentía que la conversación comenzaba a desviarse, cambiaba de rumbo.

No quería oír sus disculpas ni sus arrepentimientos.

No le guardaba rencor. Todos actuamos, alguna vez, guiados por nuestros propios intereses.

Y Laura, en su inmenso egoísmo, creyó que, si conseguía que Eric y Alma lo dejaran, él aceptaría casarse con ella.

Pero, cuando vio que eso no iba a suceder, no tuvo más opción que resignarse y ordenar su vida sin incluir a Eric en la ecuación.

Por eso él no quería ni oír hablar de nada que no fuera el bebé.

Viajaba cada dos semanas a Alemania para acompañarla a las citas médicas y comprobar cómo iba todo. La barriga seguía creciendo sin medida. A veces ponía las manos sobre su vientre y entonces sentía cada patada, cada movimiento, cada signo de vida.

Poco a poco, Alma fue quedando atrás.

Laura lo recibía siempre con una sonrisa, cada vez más cansada.

Su cuerpo había cambiado, pero su manera de mirarlo seguía intacta.

No había amor. Ahora sabía que, en el fondo, nunca lo había habido.

Al menos, no por parte de ella. Eric dudaba incluso de que alguna vez hubiera llegado a desearlo.

Pero habían compartido su vida, habían hecho planes de futuro y ahora estaban unidos por algo mucho más importante.

Así que, de algún modo, aquel sentimiento seguía ahí. Aunque hubiera cambiado de forma.

Y, con el paso del tiempo, en ella también encontró a una amiga. Se convirtió en un consuelo en los días tristes. Un lugar en el que refugiarse.

En uno de esos viajes, después de una ecografía, Laura insistió en que fueran a cenar. Él aceptó, quizá por cortesía. Quizá porque, de pronto, ya no le parecía tan mala idea estar cerca de ella.

Hablaron del bebé, de nombres y de los preparativos para el parto. Y Eric, entre copa y copa, empezó a planteárselo todo. Incluso las cosas de las que más seguro estaba.

—Oye... —empezó a decir Laura, en tono de broma—. Entonces, lo de la boda... ya hemos dicho que ni de coña, ¿no?

Eric se quedó callado. No dijo que sí, pero tampoco que no.

Dio un trago de vino y fijó la mirada en un punto lejano, al fondo del restaurante.

Se acordó de la primera vez que había visto a Alma después de todos aquellos años separados.

Recordó sus mejillas encendidas por el alcohol y lo mucho que le costaba mantenerse en pie.

En ese momento, Alma debió de pensar que Eric lo tenía todo bajo control.

Pero se equivocaba. Estaba tan nervioso como ella.

Apartó todos esos pensamientos y volvió a llenarse la copa hasta el borde. Solo quería olvidar.

Al salir del restaurante, Laura se agarró a su brazo. Era tarde y hacía frío, así que ella le propuso ir a su apartamento a seguir charlando.

Él aceptó.

Esa noche hablaron hasta tarde. Recordaron los viejos tiempos, lo que habían sido, lo mucho que se divertían juntos. Y, por un momento, ambos creyeron que quizá podrían volver a empezar.

—En la cama funcionábamos bastante bien —recordó ella—. No sé qué nos pasó.

—Si te soy sincero, yo tampoco lo sé.

Se quedaron callados unos segundos.

—¿No te has planteado... que volvamos a intentarlo?

Eric se giró a mirarla, sin terminar de entender.

—¿El qué?

—Ya sabes... —murmuró, acercándose un poco más—. Nos iba bien. Así que ¿por qué no? Quizá así logremos darle una familia mejor de la que tuvimos nosotros...

Eric entendió al instante a qué se refería.

—¿Una familia en la que los padres no se quieren? —inquirió, arqueando una ceja—. Eso sería peor que tenernos separados.

—Sí nos queremos.

—Pero no de esa manera.

—¿Y si probamos?

—Laura, yo ni siquiera te atraigo de ese modo...

—El sexo solo es sexo.

Eric pareció pensárselo durante un segundo. ¿Tenía sentido? ¿Podía funcionar? No lo sabía. Pero, cuando ella se acercó y lo besó, él no se apartó.

Respondió al beso. Permitió que sus manos vagaran por el cuerpo de Laura. No era deseo. Era soledad. Necesidad. Como si buscara en su piel el alivio que ya no encontraba en sí mismo. Un intento torpe de aferrarse a algo que, aunque ya no era amor, se le parecía bastante.

Pero, en cuanto cerró los ojos, lo único que vio fue a Alma.

Se separó de golpe, como si le hubieran dado una bofetada.

—Perdona —dijo, alejándose—. Joder, no sé qué mierda estoy haciendo.

Laura no dijo nada. Solo lo miró.

Él cogió su abrigo y se marchó sin decir adiós.

Después de aquello, se distanció de Laura y se volcó únicamente en el trabajo. Era lo único que conseguía despejar su mente durante un rato. El restaurante ya estaba casi terminado, y era perfecto. Poseía el estilo minimalista y sofisticado que habían tenido en mente desde el primer día.

Gabriel, siempre tan seguro de sí mismo, coordinaba al personal y dirigía las finanzas, mientras que Eric se centraba en los detalles finales.

También había sido el encargado de elaborar el menú.

Probó una y otra vez los platos, ajustó las cantidades, el tiempo de cocción y el equilibrio de sabores.

Siempre había creído que la cocina es un arte, como la danza o la pintura, y quería que cada comensal que probara su comida experimentara el síndrome de Stendhal, esa intensa reacción emocional ante la belleza artística.

Por eso, para crear el menú, se inspiró en su obra maestra más grande, la que superaba cualquier otra forma de arte: en cada plato reflejó una parte de Alma.

En algunos quiso capturar su frescura, su risa desmedida y el brillo de sus ojos.

Otros eran una representación de su pasión, de su forma de ver el mundo, siempre desde los ojos del amor, que es la única forma válida de verlo.

Se inspiró en su primer beso, en su primer «te quiero», en su primera vez.

Así consiguió una explosión de sabores que combinaban a la perfección con esa chispa que Alma siempre llevaba consigo y que nunca se apagaba.

Porque ella era así: vibrante, emocional, auténtica.

Se inspiró también en el dolor de la pérdida, en sus dudas y contradicciones, en esos pequeños detalles que la hacían humana y que Eric encontraba irresistibles.

Los postres evocaban a la perfección su dulzura y la calma que sentía entre sus brazos, pero también su temperamento decidido, la fuerza de su carácter, la intensidad con la que habían llegado a amarse. Era la combinación perfecta entre lo profundo y lo efímero. Tal y como habían sido ellos.

Y, por supuesto, también creó un segundo menú completamente vegano en su honor.

De esta forma, quiso acercar a Alma a la gente a través del gusto, porque así era como él se había enamorado de ella: degustándola poco a poco, descubriendo cada una de sus capas, saboreando la fusión de matices que vivía en ella. Y esperaba que los demás pudieran amarla de la misma manera.

Cada plato era una forma de rendir homenaje a lo que habían sido, a ese vacío que Eric no conseguiría llenar con nadie más. Todo en el menú era un intento de mantenerla viva. Cada plato era un pedazo de Alma que él había dejado escapar, pero que, de alguna manera, seguía presente en cada bocado.

Eric, junto con Gabriel, recorría el local en silencio, observando los últimos ajustes.

Los proveedores habían entregado la vajilla y ahora solo quedaba decidir qué elementos se quedarían y cuáles no encajaban con la visión que tenían para el lugar.

A lo lejos, el equipo de decoración ultimaba detalles con plantas colgantes, lámparas estratégicamente ubicadas y una pared llena de cuadros que daban un toque personal y acogedor.

—Ya sé que esto no va a devolvértela. —Gabriel le apoyó una mano con suavidad en el hombro—. Pero, si este sitio te ayuda a respirar un poco, entonces habrá valido la pena.

Eric tuvo que reprimir las ganas de echarse a llorar.

—¿Cuándo crees que podremos abrir?

—Yo diría que para el mes que viene ya estará todo listo. Quizá incluso antes. Ahora viene lo más importante: la promoción. Que todo el mundo se entere, y que quien cruce esa puerta se vaya con la sensación de haber vivido una experiencia culinaria única. Yo me encargo de mover hilos.

—Falta el nombre —añadió Eric.

—Encárgate. Pero tómate tu tiempo. Que sea un nombre con fuerza, que respire autenticidad. Este restaurante tiene alma, chico.

«Alma».

Por primera vez desde que ella se había ido, una sonrisa iluminó su rostro.