La noche en que ardió el Guernica 58
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En cuanto Consuelo abrió la puerta de casa, Eric enterró la cabeza en su cuello y comenzó a llorar. Ella no lo había visto así nunca. Ni siquiera aquella vez que se peleó con Mario en el colegio y estuvieron un mes sin hablarse.

No podía hacer otra cosa más que balbucear palabras sin sentido en un idioma ininteligible. Se sentía un niño perdido. Y no le importó mostrarse vulnerable. Hacía tiempo que había destruido todo tipo de masculinidad absurda.

—Cariño, por favor, ¿qué te pasa? Mírame, Eric. ¿Qué ha pasado? —lo interrogó Consuelo con desesperación, tratando de alejarlo lo justo para asegurarse de que no había sufrido ningún daño físico.

—La he perdido, mamá. La he perdido por estúpido —respondió entre sollozos—. No puedo vivir sin ella.

Entonces Consuelo comprendió que el daño no era físico.

Pero eso no le restó preocupación, porque el peor dolor es el que no se ve.

Eric se estaba desangrando por dentro, y ella, sencillamente, no podía hacer nada por detener la hemorragia.

Así que, en su lugar, hizo lo que siempre hacen las madres: abrazarlo con más fuerza.

Cuando logró calmarlo, le preparó un té y, con suavidad, le pidió que le contara lo que había pasado. Él se lo relató con todo lujo de detalles, al menos hasta donde podía sin verse desbordado por el llanto. Cada palabra salía cargada de dolor y culpa.

Su padre, sentado en el sofá de al lado, bufaba cada pocos segundos. De vez en cuando, se cruzaba de brazos y resoplaba con evidente fastidio, como si ver a su hijo derrumbarse por una mujer fuera algo insoportable.

Eric prefirió ignorarlo y se centró únicamente en su madre.

—Cariño..., dale tiempo. Lo que ha vivido esa pobre chica es algo difícil de sobrellevar; ponte en su lugar.

—¿Cuánto tiempo más necesita, mamá? Han pasado ya tres semanas, y ni siquiera me coge las llamadas.

—¿Y no te has planteado que... quizá sea momento de decirle adiós? —Eligió las palabras con sumo cuidado. Lo último que quería era que se rompiera de nuevo.

Él abrió los ojos como platos y la miró encolerizado. Los lagrimales parecían a punto de estallarle.

—¡No! Este no es nuestro final.

—Y, sin embargo..., para ella parece que sí.

—Solo está enfadada... —murmuró Eric, sin creérselo demasiado—. Se le pasará... Se le tiene que pasar.

—Quizá deberías seguir con tu vida y olvidarte de ella...

—¡No pienso hacer eso! —exclamó, levantándose de golpe.

—¡No le levantes la voz a tu madre! —intervino Alfredo—. ¿Quieres comportarte como un hombre de una puta vez?

Eric se giró a mirarlo con los puños apretados.

—Asume las consecuencias de tus actos. Has dejado embarazada a esa chica. Deja de dar vueltas como un pollo sin cabeza y hazte cargo de tus responsabilidades.

—¿Qué coño quieres decir?

—¡Que te cases con ella y te olvides de la escritora! Ya te lo dije: ese tipo de mujeres no traen nunca nada bueno.

—¡Alfredo! —exclamó su madre—. ¿Cómo puedes aconsejarle algo así? No es esa la educación que me he esforzado en darle.

—Ya no es un niño, Consuelo. Lo que tiene que hacer es cumplir con su deber y punto.

—¡Está enamorado!

—¿Y adónde lo ha llevado el amor? ¡Míralo! No le ha traído más que sufrimiento. Laura es un buen partido. Que se casen, traigan al mundo un par de críos y se olvide de todas esas gilipolleces que le has inculcado. Los hombres no hemos sido diseñados para desear el amor.

—Por Dios, no me puedo creer lo que estoy oyendo... —susurró Consuelo para sí.

—¿Tú te escuchas, papá? ¿De verdad crees que es eso lo que quiero para mi vida? ¿Una condena disfrazada de familia?

Consuelo dio un paso hacia Eric y le habló con dulzura, sin dejar de mirar a Alfredo de reojo.

—Intenta tranquilizarte, hijo. Si Alma es para ti, volverá. Solo tenéis que dejar que se enfríen un poco las cosas...

Alfredo se puso en pie de golpe.

—¡Todo esto no es más que una sarta de gilipolleces! ¡No estaría así si hubiera pensado con la cabeza en lugar de con la polla!

El silencio cayó como una losa sobre los tres. Eric se quedó paralizado. Ni siquiera parpadeó. Consuelo se cubrió la boca con la mano.

—Vete a la mierda —bramó Eric, al borde del colapso—. Tú no sabes nada sobre mi vida.

—Sé lo suficiente. Sé que te has dejado enredar por una cría que te ha llenado la cabeza de pájaros.

—¡Ni se te ocurra nombrarla! —espetó Eric, con voz temblorosa—. ¡Límpiate la boca antes de hablar de ella!

—¡Pues ahora vas a escucharme, quieras o no! Por eso le dije a Laura dónde vivías. Para que viniera a ponerte los pies en la tierra. ¡Alguien tenía que hacerlo!

El mundo se detuvo.

—¿Qué has dicho? —murmuró Eric, avanzando un paso.

—Lo que has oído. ¿O crees que apareció allí por arte de magia?

Eric tardó una décima de segundo en reaccionar. La sangre le hervía. Y, antes de poder pensarlo, su puño ya había impactado contra la mandíbula de su padre.

Alfredo cayó hacia atrás con un gruñido seco. Consuelo gritó, llevándose las manos a la cara.

Eric lo miró desde arriba, con el pecho agitado y los ojos inundados de lágrimas.

—Para mí estás muerto.

A continuación, se giró decidido y cruzó el salón en silencio, sin mirar atrás ni una sola vez. Al salir, cerró con un portazo cargado de rabia que retumbó en toda la casa.