55
Eric apenas pudo dormir esa noche, pensando en que Laura estaba en la habitación de al lado y en lo que pasaría si a Alma se le ocurría regresar antes de tiempo.
Le había pedido a Gabriel un par de días libres, sin entrar en detalles, y él había aceptado de buena gana.
A fin de cuentas, el restaurante avanzaba a pasos de gigante y Eric trabajaba más duro que nadie.
No supo en qué momento de la noche se quedó dormido.
Laura, por su parte, se removía inquieta.
Le costaba dormir en una cama que no fuera la suya desde que se había quedado embarazada, y más aún encontrar una postura cómoda.
Apenas había logrado pegar ojo cuando empezaron a vislumbrarse las primeras luces del amanecer a través de las rendijas de la persiana.
El ruido de una cerradura la hizo sobresaltarse. Automáticamente, se levantó y se dirigió hacia la puerta de la entrada. Sin pararse a pensar si lo que estaba haciendo era lícito, abrió.
Al otro lado, Alma forcejeaba con el juego de llaves mientras intentaba mantener erguida la maleta, que se caía por su propio peso. Al cruzar su mirada con la de Laura, se le heló la sangre.
Ella, en cambio, esbozó una sonrisa forzada y fingió normalidad.
—Hola. Eres Alma, ¿verdad?
Por un momento, Alma deseó con todas sus fuerzas haberse confundido de puerta. Habría dado media vuelta si no hubiera sido porque, justo entonces, reconoció las estanterías con sus libros, las que ella y Eric habían montado —no sin dificultad— un mes antes.
No. No se había equivocado de puerta.
—Soy Laura. Me parece que no nos han presentado.
La reconoció al instante. Era difícil olvidar un rostro como aquel. Aún recordaba el día en que la vio dando en la tele una entrevista sobre su relación con Eric. Parecía que había pasado una eternidad.
La mirada de Alma se detuvo en su vientre abultado.
—¿Qué coño haces en mi casa? —fue lo único que pudo decir.
—Vine a tratar unos asuntillos con Eric y me invitó a que me quedase a dormir.
Alma intentó aparentar normalidad, pero sentía que la situación se le escapaba de las manos. El mundo empezó a dar vueltas a su alrededor. Deseó que se abriera un agujero en la tierra y la tragara.
—Estupendo. ¿Puedes hacerte a un lado? Quiero hablar con él.
Laura se interpuso, impidiéndole el paso.
—Está durmiendo. Ayer llegó cansadísimo. Ya sabes: todo lo del restaurante... lo tiene bastante agobiado.
La realidad era que Laura apenas había hablado con Eric el día anterior, a pesar de que ninguno de los dos se había movido de casa. La poca información que tenía la había captado de una conversación telefónica que él había mantenido con Gabriel.
—Apártate —dijo Alma con lentitud, saboreando cada sílaba.
—Lo siento mucho, pero no creo que sea buena idea. No nos conviene a ninguno de los dos llevarnos sobresaltos.
—¿Qué quieres decir?
«Eric, perdóname por lo que estoy a punto de hacer, pero no me queda otra opción».
—Bueno, supongo que habrás reparado en mi estado. Vamos a ser padres. Vine a darle la noticia y..., ya ves, nos reconciliamos. Hemos retomado los planes de boda.
Alma sintió que se mareaba y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta. Pestañeó un par de veces, tratando de enfocar la vista.
—¿Retomado?
—Íbamos a casarnos. ¿Nunca te lo dijo?
—Me gustaría hablar con él.
Laura le cerró aún más el paso.
—Verás, Alma..., no te lo he dicho para no hacerte daño, pero la verdad es que no quiere verte. Puedes venir a recoger tus cosas cuando nosotros volvamos a Alemania. Por favor, no hagas esto más difícil.
Alma se tragó el nudo que tenía en la garganta. No le daría la satisfacción de verla llorar.
—Bueno, ha sido un placer —sentenció Laura, antes de darle con la puerta en la cara.
Cuando cerró, apoyó la frente sobre la madera fría, sintiéndose el ser más despreciable del planeta.
La voz de Eric sonó a sus espaldas.
—¿Quién era?
Ella se giró a mirarlo, con los ojos empañados en lágrimas.
—Lo siento.
No hizo falta más. El rostro de Eric se tornó en una expresión confusa y desgarradora.
—¿Qué has hecho?
Sin darle tiempo a responder, la esquivó y bajó corriendo las escaleras, llamando a gritos a Alma. La alcanzó en el portal.
—¡Alma, espera!
Ella se dio la vuelta despacio. Eric se quedó paralizado al ver las lágrimas resbalar por su rostro, dejando surcos y restos de maquillaje en sus mejillas. Así era como se veía un corazón roto.
—¿Qué es lo que te ha dicho?
—¿Eres el padre? —Su voz se quebró levemente.
Eric era incapaz de mirarla en ese momento.
—Sí.
Alma cerró los ojos, sintiendo que se desmoronaba por dentro.
—Pero yo no lo sabía, amor. Se presentó ayer en casa; no supe qué hacer.
—¿Y creíste que invitarla a dormir era la mejor opción?
—Ya sé que no; fue un error...
Alma lo interrumpió antes de que pudiera seguir hablando.
—¿Vas a casarte con ella?
—¡Claro que no! ¡Está mintiendo! ¿Cómo puedes pensar eso?
—¿Y antes? ¿Ibais a casaros?
Eric sabía que se arriesgaba a perderla, pero no podía seguir mintiéndole.
—Sí.
El silencio llenó el espacio entre ellos, asfixiante y ahogado, consumiéndolo todo.
—Alma... —dio un paso en su dirección, estirando la mano para alcanzarla, pero ella lo esquivó.
—No me toques —susurró.
—No quiero perderte otra vez.
—Me parece que ya es un poco tarde.
—No digas eso...
La voz de Eric se quebró antes de terminar la frase. Alma ni siquiera lo oyó.
—Me has mentido, la has metido en nuestra casa, me has mirado a los ojos todo este tiempo mientras te reías en mi cara...
—No, Alma. Joder, las cosas no son así. Vamos arriba, ¿vale? Hablaremos los tres, aclararemos este asunto y la echaré ahora mismo.
—Yo no tengo nada que hablar con vosotros dos.
—Amor, por favor...
Alma lo interrumpió antes de que tuviera la oportunidad de seguir hablando. Temía que pronunciara una palabra, una sola, que la hiciera quedarse. Y sabía que terminaría cediendo.
—La primera vez que te fuiste, Eric, hace diez años...
, creía que el tiempo me ayudaría a olvidarte, ¿sabes?
—comenzó—. Al fin y al cabo, eso es lo que dicen, ¿no?
Que el tiempo cura todas las heridas. Pero no lo hizo.
Pasé meses enteros pensando que estaba perdiendo la cabeza, buscando alguna señal que me indicara que no era el fin.
Lo que fuera. Solo necesitaba algo a lo que aferrarme, y me aferraba a cualquier cosa, con desesperación.
Hizo una pausa, esperando que Eric dijera algo, pero él solo guardó silencio.
—Sin embargo, el tiempo no sanó una mierda.
Sentía que iba a desintegrarme de un momento a otro.
Sentía un vacío aquí —se llevó una mano al pecho, luchando contra las ganas de llorar— tan intenso, tan visceral, que creí que el mundo me engulliría.
Y ni siquiera me parecía tan mala idea. Porque un futuro sin ti no tenía sentido.
—Alma...
—Pero —lo interrumpió de nuevo— el mundo no me engulló.
Ni el tiempo murió entre tus brazos el día que te fuiste.
Ni mi vida se fue contigo. La realidad es que el mundo siguió girando, el tiempo avanzando, y mi vida...
, bueno, mi vida también empezó a acomodarse.
Al principio era extraño, ¿sabes? Yo me había quedado a vivir en aquel domingo.
Todavía podía verme frente a ti, en tu casa, mientras el corazón se me escurría entre los dedos.
Y, sin embargo, todo ahí fuera seguía su curso. Aunque yo no quisiera.
—¿Adónde quieres llegar?
—Quiero llegar a que el mundo seguirá girando en esta ocasión.
Porque es lo que siempre hace, queramos o no.
Puede que el tiempo no me ayude a olvidarte nunca, pero ahora, al menos, estoy preparada.
Porque ya sé lo que es decirte adiós. Y sabes que yo por ti me muero, Eric. Pero esta vez no voy a pelear.
—Hablemos mañana, ¿vale? Estaremos más tranquilos —suplicó, intentando salvar algo de lo que aún permanecía vivo entre ellos.
Pero Alma negó con la cabeza.
—No, Eric. No habrá un mañana para nosotros.
—Alma, por favor... —Dio un paso más hacia ella, pero volvió a alejarse antes de que la alcanzara.
Sintiéndose completamente abatida, dio media vuelta en dirección a la salida. Se giró a mirarlo una última vez, intentando controlar su respiración, esforzándose por que él no la viera flaquear. Otra vez no.
—Supongo que nunca será nuestro momento.
Dicho esto, se alejó de allí, dejándolo completamente paralizado.
Y, por primera vez, él también lloró.
Lloró por lo que estaba perdiendo, por su forma absurda e irracional de hacer las cosas, por volver a dañar a Alma una vez más. Lloró, sobre todo, porque ella ya lo daba todo por perdido.
Y lloró porque lo entendía.
Porque vio la rendición palpable en su rostro, como si ella fuera consciente de que no había nada que salvar. Al menos, nada que mereciera la pena.
La primera vez que la había dejado, vio en ella la expresión máxima del dolor. Ese dolor que te perfora las entrañas y te impide respirar. Creyó que se consumiría delante de sus propios ojos.
Ahora, sin embargo, no había ni siquiera eso.
Solo había silencio.
Y era ensordecedor.