54
Alma se fue una semana después. A Eric le habría encantado acompañarla, pero el proyecto del restaurante le ocupaba todo el tiempo. Poco a poco, aquel sueño iba cobrando forma. Aunque aún les quedaba un largo camino por delante, le parecía increíble que estuvieran tan cerca de la recta final.
Una mañana, mientras se duchaba para salir pitando a ultimar los detalles, sonó el timbre de la puerta.
Se preguntó quién sería, ya que pocas personas tenían su dirección actual.
Por un momento, incluso se emocionó al pensar que podía tratarse de Alma, que ya llevaba tres días fuera.
Aunque había hablado con ella la noche anterior y no le había comentado nada sobre volver a Madrid. Tal vez quisiera darle una sorpresa.
Al abrir, el corazón le dio un vuelco. No era Alma.
Ni siquiera era alguien a quien estuviese esperando.
Un parpadeo de incredulidad cruzó su mente antes de que pudiera reaccionar.
La conmoción le bloqueó momentáneamente la garganta y la voz; aunque intentó sonar firme, fue apenas un susurro tembloroso.
—¿Qué haces aquí?
—Hola a ti también —dijo Laura—. ¿Puedo pasar?
—¿Cómo has conseguido mi dirección?
—¿Qué importa eso? ¿Puedo pasar o me vas a tener aquí todo el día?
Eric vaciló antes de dar un paso atrás y permitir que entrara. Cerró la puerta tras ella y se quedó mirando cómo recorría el lugar con la misma actitud fría de siempre. Sin embargo, había algo diferente en su comportamiento. Algo que lo inquietó hasta el extremo.
—No está nada mal —observó, paseando la mirada por la estancia—. ¿Lo habéis comprado o estáis de alquiler?
Lo último que necesitaba Eric era que se anduviera por las ramas.
—¿Qué quieres, Laura?
—Mantener una conversación con el guapo de mi ex; ¿acaso no puedo?
—No creo que hayas venido desde Alemania solo para mantener una conversación conmigo.
El silencio se instaló entre los dos. Eric esperaba que ella dijera algo, pero Laura simplemente lo observaba con una calma perturbadora. No había duda de que, a diferencia de él, tenía la situación bajo control.
Pero él la conocía lo suficiente como para saber que aquel carácter no era más que una coraza. Una barrera para que nadie pudiera entrar en ella. Como si intentara ocultar un sufrimiento latente.
Finalmente, Laura suspiró, se quitó con excesiva lentitud el abrigo de ante y lo dejó sobre el respaldo del sofá.
Eric tuvo que parpadear varias veces al reparar en su barriga incipiente. Posó la mirada en la curva suave de su abdomen, sin terminar de comprender la situación.
—¿Estás...? —intentó decir, pero la palabra se quedó atascada en su garganta—. ¿Estás embarazada?
—Eso espero, porque, si no, me he puesto gorda como una mula —bromeó.
—Pero... ¿cómo? ¿Y de quién?
—El «cómo» creo que ya eres mayorcito para que te lo explique. Y sobre el «quién»...
Laura le lanzó una mirada inquisitiva. Eric seguía sin apartar la vista de su abdomen.
De pronto, sintió que el mundo se detenía.
Las ideas parecieron alinearse en su mente, aunque sin llegar a encajar del todo.
Se quedó allí, quieto, tragándose el nudo de la garganta y rezando a todos los dioses que conocía por que aquello no fuera más que otra de sus pesadillas.
—No puede ser —murmuró—. No puede ser, Laura. Es imposible.
Ella se dejó caer en el sofá con un suspiro.
—Bueno, imposible no es. Te recuerdo que tú y yo solíamos follar bastante. Y se nos daba muy bien, además.
Eric ignoró su comentario.
—¿Cómo ha podido pasar esto?
—Joder, Eric, ¿en serio tengo que refrescarte la memoria con eso?
Se pasó las manos por el pelo con desesperación.
—Me refiero a que nosotros siempre usábamos precauciones. Y, además, hace mucho que tú y yo no...
—No tanto, créeme —lo interrumpió Laura antes de que la conversación se volviera incómoda.
—¿De cuánto estás?
—Diecisiete semanas.
Eric hizo rápidamente un cálculo mental, pero su cabeza era un caos. En ese momento, no habría sido siquiera capaz de sumar dos más dos.
No podía ser.
Y sin embargo...
Intentó serenarse y, con un suspiro, se sentó a su lado. Solo podía pensar en Alma y en cómo le daría la noticia, ahora que estaban mejor que nunca. La felicidad siempre parecía escaparse de sus manos cuando estaban a un paso de alcanzarla.
—¿Estás segura de que es mío?
—Completamente.
—Joder —maldijo—. Está bien. Me haré cargo, si eso es lo que te preocupa.
—Lo sé. Pero no. No es eso lo que me preocupa.
—Por favor, no me digas que hay más.
—Tienes que casarte conmigo —soltó a bocajarro.
Eric pensó que había entendido mal.
—¿Cómo dices?
—Lo que has oído. Cásate conmigo. No tienes por qué dejar a Alma; ni siquiera tenemos que vivir juntos. Tú podrás seguir con tu vida y yo me quedaré en Alemania. No te pido que te hagas cargo del bebé; solo que firmes un papel. No cambiará nada para ti.
Eric soltó una carcajada incrédula antes de levantarse de un salto.
—¿Te has vuelto completamente loca?
—Sabía que dirías algo así.
—¿Y qué esperabas?
—Sé que es una locura, pero, si no te casas conmigo, mis padres me matarán.
Eso captó su atención. Se cruzó de brazos y frunció el ceño. Sabía que los padres de Laura eran... conservadores, pero no entendía qué tenía que ver eso con él.
—¿A qué te refieres?
—¿Madre soltera? ¿Un hijo fuera del matrimonio? Casi preferirían que me uniera a una secta satánica.
—Laura, estamos en el siglo XXI .
—Ya lo sé. Pero sabes cómo son, Eric. Nunca lo aceptarán —sollozó, levantándose del sofá y aproximándose a él.
Eric dio un paso atrás.
—Ellos siempre han sabido de mis... preferencias.
Nunca les ha sentado bien. Ni siquiera saben que ya no estamos juntos; eso levantaría sospechas.
Solo les he dicho que hemos aplazado la boda, y ahora...
embarazada. Desde que empecé a salir contigo, han estado tranquilos, pensando que me había olvidado de las mujeres.
Preferirían verme muerta antes que con una mujer.
Una sombra pareció empañar su mirada. Ahí estaba: la Laura que él conocía. La mujer insegura que habría hecho cualquier cosa con tal de salirse con la suya, solo para no tener que mostrarse al mundo como realmente era.
—No digas eso. Son tus padres —argumentó.
—Es la verdad. Tú no los conoces como yo.
Eric suspiró.
—Lo siento, Laura. Me gustaría poder ayudarte, de verdad, pero esa no es mi guerra.
Yo ya tengo mi vida hecha. Y me gustaría casarme algún día, sí, pero con Alma.
Me haré cargo de lo que venga en camino, te ayudaré económicamente, le compraré pañales y ropa y estaré presente en su vida hasta que ya no me necesite. Pero no me casaré contigo.
Laura agachó la cabeza decepcionada.
—¿No hay nada que pueda hacer para que cambies de opinión?
—No, Laura. No voy a volver a joder mi relación con Alma. Ya lo hice una vez.
—Ella es la culpable de todo, ¿verdad? Si no fuera por ella, tú y yo seríamos marido y mujer desde hace mucho.
—¿A costa de qué? ¿A costa de tu propia felicidad? Habrías vivido una mentira, y lo peor es que me habrías hecho vivir una mentira a mí.
—Lo nuestro no era una mentira, Eric. Había amor.
—No por tu parte, y lo sabes.
—Aprendí a quererte con el tiempo. Y habría sido muy feliz contigo, aunque no lo creas.
Laura dejó escapar un suspiro de resignación. Estaba claro que aquello no estaba funcionando.
—Está bien, tenía que intentarlo —murmuró—. Al menos, ¿puedo quedarme aquí hasta mañana? He venido de improviso y no tengo dinero para un hotel. Mi vuelo sale mañana a mediodía.
Eric dudó. No le parecía buena idea, pero tampoco podía dejarla tirada.
—Está bien. Puedes quedarte esta noche, pero te vas por la mañana. No quiero problemas con Alma. Te prepararé una habitación.
—Gracias, Eric.
Cuando ya se estaba dando la vuelta, la voz de Laura lo detuvo.
—Es una niña.
Él asintió y, sin más, la dejó a solas en el salón.