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Alma nunca llegó a saber si lo que había vivido con Eric había sido real o solo producto de su imaginación. Si había idealizado aquella historia para convencerse de que ella también podía ser amada.
Nunca supo si él llegó a sentir por ella todo lo que dijo sentir o si, durante todo aquel tiempo, solo había estado buscando a otra en sus ojos.
Y eso era lo que más la atormentaba.
La incertidumbre. No saber dónde terminaba el sueño y empezaba la realidad. Las dudas sobre lo vivido:
«¿Él me recordará del mismo modo?
»¿Él me recordará, acaso?
»¿Fue todo una mentira o sucedió de verdad?».
Había días en los que se convencía de que sí.
De que lo suyo había sido real. De que ninguna mentira puede soportar esa forma de mirarse. De que nadie finge un amor así sin quebrarse por dentro.
Pero había otros —muchos— en los que todo parecía difuso, lejano, como una historia que se había contado mil veces para sobrevivir y había terminado por creerse.
Y entonces dudaba de todo.
Hasta de sí misma.
Pensaba en sus manos, en cómo la abrazaba para protegerla del frío. Pensaba en los silencios. En las ventanillas empañadas del coche mientras le prometía que no se iría, que no la dejaría.
¿Había sido real?
¿Había sido suficiente?
Y si lo había sido, ¿por qué se había marchado?
¿Por qué no había luchado por ella?
Puede que hubiera muchas cosas sobre las que Alma no tuviera ni idea, pero había una que siempre había tenido bien clara: quien te quiere no se va.
Quien te quiere lo intenta.
«Así que, al final, no te quiso. No te quiso ni un poquito».
Porque quien te quiere no te deja ardiendo sola entre los restos de lo que construisteis.