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Alma y Eric llevaban dos meses viviendo juntos, y todo iba de maravilla.
Todas las noches se atiborraban de palomitas en el sofá, turnándose para elegir qué ver en Netflix.
Hacían el amor a todas horas, sin importar el cansancio ni el reloj.
Aún no habían llegado a ese punto en que la convivencia consume el deseo.
Y, sinceramente, no creían que fuera a llegar nunca.
Eric seguía volcado en el restaurante. Ya contaban con todos los permisos y habían comenzado con el diseño y la reforma del local. Gabriel tenía contactos por todo el mundo, así que las cosas avanzaban más rápido de lo esperado.
Cada mañana, al despertarse, le dejaba una notita a Alma en la almohada, diciéndole que la quería y prometiéndole que regresaría pronto.
Ella, por su parte, había vuelto a escribir.
Pasaba mucho tiempo sola, así que aprovechaba para plasmar pequeñas ideas y bocetos que tenía en mente.
Eran apenas borradores, frases sueltas por aquí y por allá.
Las dudas surgían con frecuencia, haciéndole cuestionarse si realmente valía para esa profesión, y si alguien querría volver a publicar un libro suyo después del escándalo en el que se había visto envuelta.
Pero, si no escribía, se sentía incompleta.
Un «ser reventado», como dijo en una ocasión Alejandra Pizarnik.
Cuando Eric volvía a casa por las noches, cenaba con Alma mientras ella le leía lo que había escrito y le pedía su opinión. Aunque normalmente odiaba que alguien hurgara en su escritura —porque era como un viaje a lo más profundo de su alma, y eso podía asustar un poco—, con él era diferente.
Disfrutaban del hogar que estaban construyendo juntos.
—¿Me pasas el cuchillo? —pidió ella, rebuscando sin éxito entre los cajones.
—Aquí tienes, chef. —Eric se lo entregó con una pequeña reverencia.
—Gracias, pinche. —Le sonrió antes de ponerse con las patatas.
Eric cogió una —cruda— y se la llevó a la boca. Alma puso una expresión de asco.
—Por Dios..., tienes que dejar de hacer eso.
—Perdona, pero eres tú la que ha decidido hacer macarrones con patatas como acompañamiento. No estás como para ponerte tiquismiquis.
—Las patatas sirven como acompañamiento para todo.
Eric no pudo evitar reír.
—Lo dicho: más rara que un perro verde.
De pronto, el móvil de Alma vibró sobre la encimera de mármol.
Era un número desconocido. Alma odiaba hablar por teléfono con extraños.
En realidad, odiaba hablar por teléfono con cualquiera.
Debía de ser algún tipo de ansiedad generacional, porque a Emma le pasaba lo mismo.
Pero sabía que podía tratarse de algo importante.
—¿Diga?
—Hola, ¿es Alma Ferrer? —respondió una voz femenina al otro lado.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Me presento: mi nombre es Ainhoa Núñez, y soy editora en Marea Ediciones. ¿Cómo te encuentras?
Alma sintió que le faltaba el aire. Conocía Marea Ediciones. Una de las editoriales más prestigiosas del país, con sedes por todo el continente, y su sueño desde que era niña. Tuvo que apoyarse en la encimera para no caerse.
—¿Hola? ¿Sigues ahí?
—Eh..., sí, sí, perdona. Es solo que me ha pillado desprevenida esta llamada.
Le pareció que Ainhoa sonreía al otro lado de la línea. Ese simple gesto la hizo sentirse más cómoda.
—No te preocupes; iré al grano. La razón de mi llamada es que hemos estado siguiendo tu trabajo con mucho interés y queríamos hablar contigo sobre la posibilidad de trabajar juntos.
Hemos leído Sol de medianoche y estamos realmente impresionados con la calidad de tu escritura y la sensibilidad con que abordas ciertos temas. Nos parece que tienes un gran talento.
Alma sintió que iba a desmayarse y, por un momento, se preguntó si no sería alguna broma de mal gusto. Lo único que fue capaz de articular fue un débil agradecimiento, pero no supo si su interlocutora había llegado a oírlo.
—Lo que queremos proponerte es una colaboración para publicar tu próximo libro con nosotros.
Nos gustaría saber más sobre tus proyectos actuales y hablar sobre cómo podríamos ayudarte a llevarlos al siguiente nivel.
Como sabes, Marea Ediciones tiene una amplia experiencia en literatura romántica, y creemos que tu obra tiene mucho potencial para llegar a un público más amplio.
Dime: ¿estás trabajando en algo ahora mismo?
—Pues..., bueno, más o menos. He estado trabajando en un par de proyectos durante el último mes, pero aún me siento un poco indecisa. No sé si será lo que estáis buscando.
—No te preocupes; es completamente normal tener dudas.
En Marea Ediciones entendemos que los procesos creativos no son lineales y llevan su tiempo, así que tómate todo el que necesites hasta encontrar algo que creas que merece la pena ser contado.
Nos gustaría hablar contigo más a fondo sobre los términos, las condiciones y cualquier otra duda que tengas.
No tiene por qué ser ahora; puedes pensártelo y devolvernos la llamada cuando estés lista.
—¡No! —exclamó Alma—. No tengo nada que pensar; estoy más que lista. Me encantaría concertar una reunión con vosotros.
—Genial. Te comento: estamos ubicados en Barcelona. ¿Qué te parece si vienes unos días la próxima semana y concretamos los detalles? Puedes estar tranquila; los gastos corren a cargo de la editorial.
—Me parece perfecto.
—Estupendo. Te enviaré en los próximos días un correo con los billetes de avión y toda la información que necesites. Estamos encantados de poder contar contigo, Alma.
—Muchas gracias, Ainhoa. No os arrepentiréis. Nos vemos la próxima semana.
—Gracias a ti. Hasta la próxima semana.
Cuando colgó, Alma saltó a los brazos de Eric, que había estado escuchándolo todo con atención. Ambos sonreían de oreja a oreja.
—¡Me parece que alguien va a dejar de ser una escritora en paro!
—Lo sabía, amor —declaró Eric, dándole un dulce beso en el cuello sin dejar de abrazarla—. Solo era cuestión de tiempo. Venga, que les den a los macarrones de mierda que estábamos haciendo. Te invito a cenar fuera para celebrarlo.
Fueron a cenar al Mad Vegan, en Lavapiés. Era uno de los restaurantes favoritos de Alma, el mismo al que habían ido en su primera cita. Al final, tenían razón esos que dicen que siempre acabas volviendo a los lugares donde fuiste feliz.
Se sentaron a la misma mesa y pidieron lo mismo que aquella noche. El lugar no había cambiado casi nada. Y ellos, en el fondo, tampoco. Seguían siendo jóvenes, seguían estando enamorados y seguían manteniendo la esperanza y la ilusión por el prometedor futuro que los esperaba.
—Hoy celebramos que lo hemos logrado juntos. —Eric entrechocó su copa con la de Alma.
Porque, cuando eres feliz, no piensas en las mil cosas que se pueden torcer ni en todo lo que puede llegar a salir mal.
Solo piensas en que la vida, después de todo, quizá no sea tan jodida.